Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Celos de magnate
Ceci cumplió seis años un domingo, y Cristóbal lo organizó como si fuera una boda chica: un salón de un restaurante con globos, un mago, un pastel de tres pisos con forma de piano.
—Exageré —admitió, cuando vio la cara de Valentina—. Lo sé. Es que el año pasado Ceci pasó su cumpleaños en un aeropuerto, esperando a su mamá que no llegó. —Se encogió de hombros, sin amargura, solo cansancio—. Este año me pasé para el otro lado. Uno aprende a compensar como puede.
Valentina llevó a Dulce, que se sintió la madrina de honor y no soltó a Ceci en toda la tarde. Y Cristóbal, sin aspavientos, se desvivió: le acercó a Valentina el mejor lugar, le sirvió él mismo, le guardó la primera rebanada de pastel, le compró a Dulce el mismo globo de conejo que le compró a su hija para que ninguna se sintiera menos. No fue empalagoso. Fue solo atento, de una manera tranquila que a Valentina, acostumbrada a pelear por cada cosa, le resultaba casi irreal.
En un momento, mientras el mago hacía desaparecer una paloma de hule y las dos niñas chillaban de emoción, Cristóbal se sentó a su lado con dos cafés.
—Le traje uno. Sin azúcar, ¿verdad? Me fijé el otro día. —Le pasó el vaso—. No se asuste, no soy adivino. Soy observador. Defecto de ingeniero.
—Gracias. —Valentina tomó el café, conmovida por la tontería de que alguien se fijara en cómo tomaba el suyo—. Ceci está feliz. Hizo usted bonito esto.
—Ella lo merece. —Cristóbal miró a su hija con una ternura que no actuaba—. ¿Sabe? Cuando me divorcié, lo único que me dio miedo de verdad fue eso: que Ceci creciera pensando que el amor es algo que se va. Así que me propuse que, pasara lo que pasara, ella siempre supiera que hay gente que se queda. —La miró un segundo de más—. Usted entiende de eso. Se le nota con Dulce.
Valentina no supo qué contestar. Era cierto. Y que un desconocido lo viera, lo nombrara así, sin pedirle nada a cambio, le apretó la garganta de una manera peligrosa. Hacía mucho que nadie le decía que lo estaba haciendo bien.
Pensó, sin querer, en otro hombre, en otra casa, en una pérgola y un contrato. Con Maximiliano todo era tormenta, deseo y herida. Con este hombre tranquilo del café sin azúcar, todo era simple. Y se odió un poquito por preguntarse, aunque fuera medio segundo, si lo simple no sería, después de tanto, lo que más necesitaba.
Lo que Valentina no sabía era que, a tres mesas de distancia, detrás de un periódico que no leía, Maximiliano Argüello llevaba media hora observándolo todo.
Había llegado con el pretexto de una comida de negocios que canceló en cuanto los vio entrar. Y ahí seguía, mirando cómo otro hombre le acomodaba la silla a Valentina, cómo Dulce —su Dulce, aunque no se atreviera todavía a pensarlo con esas palabras— se reía con la hija de otro, cómo se armaba delante de sus ojos la familia que él tenía a medias y por contrato. Cada risa de esa mesa le raspaba. Él tenía el dinero, la casa, el contrato, el cuerpo de ella por las noches. Pero no tenía eso: la risa fácil, la tarde sin filo, el lugar en una mesa de cumpleaños al que se entra sin pagar peaje. Eso lo tenía el otro. Y Maximiliano Argüello, que había reconstruido un imperio desde las cenizas, descubrió que había una cosa que el dinero no le compraba y que, encima, otro le estaba dando gratis a la mujer que él consideraba suya. La idea le supo a hierro.
—Ulises. —Habló bajo, sin bajar el periódico—. El coche del señor Cáceres. El que está afuera. Que amanezca con una llanta ponchada y algo en el motor que lo deje varado el resto del día. Sin que se note que fue a propósito.
—Señor… —Ulises titubeó, lo cual era raro en él—. ¿Está seguro?
—Y otra cosa. —Maximiliano ignoró la pregunta—. Llama a mi contacto en Monterrey. Que la familia Cáceres sepa que su heredero anda perdiendo el tiempo en la capital mientras la empresa lo necesita. Aprieta donde duela. Quiero a ese hombre de vuelta en Monterrey antes de fin de mes.
—¿Y si pregunta por qué?
—No va a preguntar. Los consejos de familia nunca preguntan por qué. Solo jalan.
Ulises guardó el teléfono. Se atrevió, por una vez, a decir lo que pensaba.
—Disculpe que me meta, señor. Pero el señor Cáceres no le ha hecho nada. Solo le da clases de piano a su hija.
Maximiliano dobló el periódico, por fin, y miró hacia la mesa de los globos, donde Valentina se reía de algo con la cabeza echada hacia atrás, libre, como hacía años que no se reía con él.
—Exacto —dijo, y la palabra le salió áspera—. No me ha hecho nada. Todavía.
Esa fue toda la explicación. Ulises entendió que no habría más.
La sabotaje fue limpio. Al día siguiente, cuando Cristóbal salió del edificio para llevar a Ceci a la escuela, el coche no encendió, y la llanta delantera amaneció lisa contra el cemento. Mientras esperaba la grúa en la banqueta, con Ceci de la mano y cara de no entender cómo un coche del año se descomponía así nada más, le entró una llamada de Monterrey.
Valentina, que pasaba por ahí camino al Estudio con Dulce, lo vio antes de que él la viera: parado junto a su coche muerto, el teléfono pegado a la oreja, la espalda cada vez más rígida. Se acercó a saludar. Alcanzó a oír el final de la llamada.
—…sí, abuela. Entiendo. No, sé que no puedo seguir aplazándolo. —Cristóbal cerró los ojos un segundo—. Esta semana arreglo lo de aquí y me regreso. Sí. Dígale al consejo que sí.
Colgó. Se quedó un momento mirando el teléfono, como si pesara mucho. Después levantó la vista y se topó con Valentina y con Dulce, ahí paradas en la banqueta, y la cara se le iluminó y se le ensombreció al mismo tiempo.
—Valentina. —Se guardó el teléfono. Abrió la boca. La volvió a cerrar. Tenía algo que decir y, de pronto, no encontraba cómo—. Yo… tengo que contarte una cosa.
di la verdad de una y ya....