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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: La carretera

La noche había caído por completo cuando el automóvil de Gael incorporó a la autopista de regreso a la ciudad. Las luces de los postes se sucedían con regularidad a ambos lados de la calzada. Amelia tenía el maletín sujeto entre las rodillas, una mano apoyada sobre la cremallera. Dentro estaban la carta de su padre, los documentos originales y el archivo que acababan de recuperar de la notaría.

Gael conducía en silencio, pero su atención no estaba solo en la carretera. Cada cierto tiempo miraba el espejo retrovisor.

—Llevamos compañía desde hace casi quince minutos —dijo al fin.

Amelia giró ligeramente el rostro.

—¿Estás seguro?

—Un vehículo oscuro. Mantiene la misma distancia aunque yo cambie de velocidad.

Amelia sintió que el estómago se le contraía.

—¿Pueden ser de tu equipo?

—No. Los míos habrían avisado.

Gael redujo la velocidad de forma deliberada. El vehículo de atrás imitó el movimiento. Después aceleró. El otro hizo lo mismo.

—Apriétate el cinturón —ordenó.

Amelia obedeció. Gael tomó una salida secundaria sin señalizar con suficiente antelación. El automóvil se inclinó por la fuerza de la curva. Detrás, las luces del otro vehículo dudaron un segundo y después los siguieron.

La carretera secundaria era más estrecha y estaba peor iluminada. Gael aumentó la velocidad. Amelia miró por el espejo lateral y vio cómo el auto oscuro se acercaba.

—Quieren el archivo —dijo ella.

—Lo sé.

El vehículo de atrás aceleró de golpe e intentó ponerse a su altura. Gael giró el volante con precisión y cerró el espacio. El otro automóvil rozó la defensa trasera. El golpe no fue fuerte, pero suficiente para que el maletín se desplazara. Amelia lo sujetó con ambas manos.

Gael marcó un número en el sistema del automóvil.

—Gabriel. Nos siguen en la secundaria norte, kilómetro veintisiete. Necesito contención ahora.

La voz de Gabriel llegó tensa:

—Ya despacho dos unidades. Mantén el movimiento. No te detengas.

La llamada se cortó cuando el vehículo de atrás volvió a embestirlos, esta vez con más fuerza. El automóvil de Gael se desestabilizó un instante. Él recuperó el control, pero el rostro se le había endurecido.

—Van en serio.

Amelia abrió el maletín, sacó el dispositivo de almacenamiento y se lo guardó dentro de la chaqueta, pegado al cuerpo. Después cerró el maletín y lo dejó otra vez entre sus rodillas.

—Si logran detenernos, al menos el archivo no estará a la vista.

Gael asintió una sola vez.

El vehículo perseguidor intentó adelantarlos por la izquierda. Gael lo bloqueó de nuevo. Esta vez el otro automóvil bajó la ventanilla del acompañante. Amelia alcanzó a ver el cañón oscuro de un arma.

—¡Gael!

Él ya había visto. Frenó de golpe y después aceleró hacia una curva cerrada. El disparo se escuchó seco. El proyectil impactó en el pilar trasero del automóvil, a escasos centímetros de la cabeza de Amelia.

Ella no gritó. Solo apretó más el maletín.

Gael tomó una desviación de tierra que apenas se distinguía en la oscuridad. El automóvil vibró con violencia sobre el camino irregular. Detrás, las luces del otro vehículo los siguieron durante unos segundos y después se detuvieron. Parecía que el conductor dudaba en entrar al camino de tierra.

Gael no redujo la velocidad. Continuó avanzando entre los árboles hasta que las luces de la carretera principal desaparecieron por completo. Solo entonces detuvo el automóvil detrás de una ladera.

Apagó el motor y las luces.

El silencio se volvió absoluto.

Amelia escuchaba su propia respiración. Gael tenía una mano todavía en el volante y la otra cerca de la guantera.

—¿Estás herida? —preguntó en voz baja.

—No.

—¿El archivo?

Ella tocó el bulto bajo la chaqueta.

—Conmigo.

Durante varios minutos no se movieron. Solo escuchaban. A lo lejos se oía el ruido de motores en la carretera principal, pero ninguno se acercó por el camino de tierra.

Gael sacó el teléfono. No había señal estable.

—Tenemos que salir de aquí caminando hasta recuperar cobertura —dijo—. El automóvil ya está marcado.

Amelia asintió. Abrió la puerta con cuidado y bajó. El aire nocturno olía a tierra húmeda y a vegetación. Gael sacó una linterna pequeña del bolsillo y la encendió apenas lo necesario. Tomó el maletín y se lo colgó al hombro.

—Quédate cerca de mí.

Caminaron entre los árboles en dirección opuesta a la carretera. El terreno era irregular. En más de una ocasión Amelia tuvo que sujetarse del brazo de Gael para no perder el equilibrio. Ninguno habló. Cada sonido del bosque los hacía detenerse unos segundos.

Después de casi veinte minutos, el teléfono de Gael recuperó una barra de señal. Marcó de inmediato.

—Gabriel. Abandonamos el vehículo. Estamos a pie, sector norte del desvío 27. Necesito extracción y que revisen si hay más unidades siguiéndonos.

La respuesta de Gabriel fue breve y profesional. En menos de doce minutos aparecieron dos vehículos negros del equipo de seguridad de Santoro. Uno de los hombres bajó con rapidez.

—Señor Santoro. El automóvil perseguidor se retiró hacia la ciudad cuando detectaron movimiento de nuestras unidades. No logramos interceptarlos.

Gael ayudó a Amelia a subir al vehículo intermedio.

—Quiero el automóvil abandonado revisado de inmediato. Y necesito que el archivo digital se duplique y se guarde en tres ubicaciones distintas esta misma noche.

—Entendido.

Durante el regreso, Amelia permaneció en silencio. Tenía el dispositivo todavía contra el pecho y una mano cerrada sobre la tela de la chaqueta. El disparo seguía resonando en su memoria. No por el miedo. Sino por la certeza de que Victoria Llorente ya no estaba jugando con abogados.

Estaba dispuesta a cruzar cualquier línea.

Cuando llegaron a la Torre Santoro, el equipo de seguridad ya había reforzado los accesos. Gabriel los esperaba en el estacionamiento privado.

—El juez confirmó la hora de la declaración —informó—. Mañana a las nueve. Nuestros abogados estarán allí. También preparamos un recurso adicional por intento de intimidación y riesgo real contra la integridad de la señora Santoro.

Gael miró a Amelia.

—¿Todavía quieres presentarte?

Ella bajó del vehículo con el maletín en la mano.

—Más que nunca.

Subieron juntos al piso residencial. Solo cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Amelia dejó escapar un largo suspiro y se apoyó un momento contra la pared.

Gael dejó el maletín sobre la mesa y se quitó la chaqueta. Había un corte superficial en el brazo, probablemente de cuando el vehículo había sido embestido.

Amelia lo notó.

—Estás herido.

—Es nada.

Ella no insistió. Caminó hasta la mesa, abrió el maletín y colocó el dispositivo junto a los documentos originales.

—Mañana no solo voy a declarar —dijo con voz tranquila—. Voy a presentar esto. Y voy a asegurarme de que el juez entienda que la única persona que ha destruido evidencia y amenazado a alguien… no soy yo.

Gael la observó en silencio durante unos segundos.

—Entonces necesitamos pasar la noche preparando cada documento. Porque si Victoria está dispuesta a ordenar un ataque en la carretera, también estará dispuesta a manipular lo que ocurra dentro de esa sala.

Amelia asintió.

Se sentaron uno frente al otro. Encendieron las pantallas. Comenzaron a organizar las pruebas en el orden exacto en que deberían ser presentadas.

Afuera, la ciudad seguía su ritmo nocturno.

Dentro de aquella habitación, dos personas que se habían casado por estrategia preparaban la primera batalla abierta de una guerra que ya no admitía marcha atrás.

Y en algún lugar de esa misma ciudad, Victoria Llorente recibía la confirmación de que el archivo había llegado intacto.

Su respuesta fue una sola frase, dicha con absoluta frialdad:

—Entonces mañana terminamos con ella dentro del juzgado.

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