Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 22
Cap 22 — La caída de la cama
Emiliano llegó a la Casona a las tres de la mañana.
No prendió las luces. No hizo ruido. Subió las escaleras como ladrón en su propia casa, abrió la puerta de la dormitorio, y se metió en la cama.
Isabel estaba dormida. O eso creía él.
Emiliano se acostó sobre las cobijas, pasó un brazo por debajo de Isabel, otro por encima, una pierna por el lado derecho y otra por el izquierdo. La envolvió entera. Como un pulpo abrazando una botella en el fondo del mar.
Isabel despertó sudando.
No podía moverse. No podía girar. No podía ni levantar el brazo. Estaba atrapada entre el cuerpo de su esposo y la cobija que él había enrollado a su alrededor como si fuera un tamal.
—Emi.
Emiliano no respondió. Tenía los ojos cerrados y la cara hundida en el cuello de Isabel. Su respiración era lenta. Demasiado lenta para estar despierta.
—Emi, me estás aplastando.
Nada. Solo un apretón más fuerte.
Isabel logró sacar una mano. Le tocó la frente. Estaba ardiendo.
—¿Tienes fiebre?
—Mmhm —murmuró Emiliano sin abrir los ojos, hundiendo la cara más profundo en su cuello.
Isabel se quedó quieta un momento. La luz de la luna entraba por la ventana. Podía ver la cara de Emiliano: ojeras profundas, la mandíbula tensa incluso dormido, una palidez que no era normal. Se veía cansado. Se veía roto. Se veía como un hombre que llevaba quince años sin dormir de verdad y que por fin había encontrado el único lugar donde podía descansar.
Algo se le aflojó adentro. Algo que no quería aflojarse. Porque seguía enojada con él. Seguía enojada por lo de Liliana. Seguía enojada por los quince años de secretos.
Pero tenerlo así, pegado a ella como si fuera lo único que lo mantenía entero, hacía difícil seguir enojada.
No. Espera. No te ablandes. Piensa.
Isabel pensó. Y entonces lo entendió.
Liliana le había mandado un mensaje esa tarde. Un mensaje "de cortesía" donde explicaba lo del teléfono y mencionaba —de pasada, como quien no quiere la cosa— que Emiliano ya se había curado de la fiebre antes de tomar el avión.
Ya se había curado.
Entonces por qué estaba ardiendo.
Isabel le tocó la frente otra vez. Después le tocó el cuello. Después le olió el pelo.
Húmedo. El pelo estaba húmedo. No de sudor. De agua. Se había mojado la cabeza.
Este desgraciado se mojó el pelo y se puso bajo el aire acondicionado del avión para volver a enfermarse. A propósito. Para que yo lo cuidara.
Isabel cerró los ojos. Respiró profundo. Contó hasta diez.
—Emi.
—¿Mmhm?
—Ven.
Lo jaló hacia ella. Le pasó los dedos por el pelo. Emiliano soltó un suspiro que sonaba como si le hubieran quitado un peso de encima. Se acercó más. Le buscó la boca.
—Isa... —murmuró contra sus labios.
Isabel le pasó una mano por la mejilla. Después por el cuello. Después por el pecho. Emiliano tembló. No de fiebre.
—¿Me extrañaste? —susurró Emiliano.
—Mucho —dijo Isabel.
Y en el momento exacto en que Emiliano cerró los ojos y se inclinó para besarla, Isabel agarró la esquina de la cobija con las dos manos y tiró con toda su fuerza.
Emiliano salió rodando de la cama como un tronco cuesta abajo.
El golpe contra el piso sonó en toda la dormitorio.
—¡Emiliano Salazar, te mojaste el pelo para volver a enfermarte y que yo te cuidara!
Emiliano estaba tirado en el piso, boca arriba, con la pijama abierta y la cara de un hombre que acababa de descubrir que su plan perfecto tenía un defecto fatal.
—Isa, yo no...
—Liliana me mandó un mensaje diciendo que tu fiebre ya se había quitado antes de que subieras al avión. Si ya se te había quitado, ¿por qué traes treinta y nueve grados otra vez? ¿Por qué tienes el pelo mojado? ¿Te crees que soy tonta?
Emiliano abrió la boca para contestar. La cerró. Miró el techo. Miró a Isabel.
—Técnicamente no me mojé el pelo. Solo no me lo sequé después de lavarme la cara en el avión. Y la puerta del aire acondicionado estaba abierta. Fue más bien un accidente controlado.
—¡Fuera de mi cama!
—Isa...
—Al estudio. Con tu almohada. Y con tu cobija. Fuera.
—Pero tengo fiebre...
—¡Fiebre que te provocaste tú solo! ¡Llama al doctor para que te ponga una inyección y déjame dormir!
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Sol se despertó a las cuatro de la mañana porque tenía sed.
Salió de su cuarto arrastrando los pies, medio dormido, en calzones y con el pelo parado en cinco direcciones distintas. Caminó por el pasillo oscuro hacia las escaleras.
Y entonces lo vio.
Su padre. Emiliano Salazar. El hombre más poderoso de Ciudad Brisa. Arrastrándose por el pasillo con una almohada debajo del brazo y una cobija arrastrando por el piso. La pijama abierta. El pelo revuelto. Caminando con los hombros caídos hacia el estudio como un soldado derrotado regresando del frente.
Sol se pegó a la pared. No hizo ruido. Observó.
Emiliano entró al estudio. Cerró la puerta. Diez minutos después llegó el doctor de la familia, un hombre de sesenta años que había aprendido a no hacer preguntas. Le puso una inyección. Se fue.
Sol volvió a su cuarto. Se acostó. Miró el techo.
Papá fue víctima de violencia doméstica.
No durmió bien el resto de la noche.
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A la mañana siguiente, el desayuno fue un campo de batalla.
Isabel bajó primera. Se sentó a la mesa. El cocinero le trajo un plato de chilaquiles y le informó que Santiago había salido a correr temprano y le había traído unos tamales de una tienda que ella le había recomendado.
—El joven dijo que no los calentara en el microondas. Que usara el horno.
Isabel sonrió. Le tomó una foto a los tamales. Le mandó un mensaje a Santiago: "Gracias por los tamales, mi niño. Eres un sol."
Valentina bajó segunda. Se sentó. Miró los tamales.
—¿Quién trajo eso?
—Tu hermano Santiago.
Valentina hizo un sonido que estaba entre un gruñido y un suspiro. Tomó un tamal sin preguntar.
Sol bajó tercero. Se sentó. Miró a Isabel con una expresión indescifrable.
—¿Dormiste bien? —le preguntó Isabel.
Sol la miró. Miró la puerta del estudio. Miró a Isabel otra vez.
—Yo sí. ¿Tú?
—Como un ángel.
Sol tomó un vaso de jugo y no dijo nada más.
Emiliano apareció cinco minutos después. Se sentó frente a Isabel con la camisa arrugada y la cara de alguien que durmió en un sillón de cuero con una inyección en el brazo.
Nadie le ofreció tamales.
—¿Hay café? —preguntó Emiliano.
Don Refugio le sirvió una taza. Emiliano la tomó. Miró a Isabel. Isabel no lo miró.
Emiliano miró a Valentina. Valentina comía su tamal como si fuera la última comida de su vida.
—Valentina —dijo Emiliano.
Valentina levantó la vista.
—Ayer te transferí doscientos cincuenta dólares.
Valentina dejó de masticar. Sol levantó una ceja. Isabel siguió sin mirarlo.
—Se los di porque me mandó unas fotos de tu estudio —continuó Emiliano, mirando a Isabel—. De tus asistentes. Me pareció importante estar informado sobre las personas que trabajan cerca de mi esposa.
El silencio en la mesa fue denso.
Valentina procesó la información en tres segundos.
—¿Le pagaste a nuestra hija para que te espiara? —dijo Isabel antes de que Valentina pudiera hablar.
—No para que me espiara. Para que me mantuviera informado.
—Eso es espiar —dijo Valentina.
—Es supervisión paternal.
—Es espiar, papá.
Isabel lo miró con una expresión que podría haber derretido acero.
—Técnicamente le di dinero y ella voluntariamente me mandó fotos. No hubo contrato.
—Emi.
—¿Sí?
—El dinero que le transferiste se descuenta de su asignación mensual del próximo mes.
Valentina, que estaba a punto de defender a su padre por puro instinto de solidaridad familiar, cambió de bando inmediatamente.
—¡Eso no es justo! ¡Él me lo dio, yo no se lo pedí!
—Si él te da dinero para espiarme, ese dinero se descuenta. Fin de la discusión.
—¡No te estaba espiando a ti! ¡Solo le mandé fotos del estudio!
—Fotos donde casualmente salían mis asistentes.
Valentina apretó los labios. Sol, desde su silla, tomaba jugo con la expresión de alguien que ve un incendio desde la otra acera.
—Bien —dijo Valentina, poniéndose de pie con toda la dignidad que le quedaba—. Que me lo descuente. No me importa.
Se dio la vuelta. Caminó dos pasos. Regresó. Agarró el tamal que le quedaba a medio comer.
—Esto no es un tamal cualquiera —dijo mirando a Emiliano—. Es un tamal que Santiago compró para Isabel. Y me lo voy a llevar.
Se fue escaleras arriba.
Sol la miró irse. Después miró a Emiliano. Después miró a Isabel.
—¿Puedo decir algo? —dijo Sol.
—Dime —dijo Isabel.
—Papá durmió en el estudio anoche.
Isabel no cambió de expresión.
—Lo sé.
—¿Por qué?
—Porque está castigado.
—¿Por cuánto tiempo?
—Hasta que aprenda a no mojarse el pelo a propósito para enfermarse y que yo lo cuide.
Sol miró a su padre. Emiliano desvió la mirada.
—Papá —dijo Sol—, ¿te mojaste el pelo para enfermarte?
—Fue un accidente.
—No fue un accidente —dijo Isabel.
—Fue un accidente parcial.
Sol se levantó de la mesa.
—Ustedes dos están locos —dijo, y subió las escaleras.
En el pasillo se encontró a Valentina, que estaba sentada en el primer escalón, comiéndose el tamal y escuchando todo.
—Papá se mojó el pelo para enfermarse —le resumió Sol.
—Lo escuché.
—Isabel lo tiró de la cama.
—También lo escuché.
—Papá le pagó a tu hermana para que le mandara fotos.
—A mí no me metas en eso.
Sol se sentó junto a ella.
—¿Crees que están bien? —preguntó Sol.
—Creo que están completamente dementes. Pero creo que así son las parejas normales. No sé. No tengo referencia.
—Yo tampoco.
Se quedaron sentados en las escaleras un momento. Valentina le ofreció un pedazo de tamal. Sol lo aceptó.
Abajo, en el comedor, Emiliano le estaba explicando a Isabel que la próxima vez le iba a avisar antes de pagar a alguien por información. Isabel le contestó que la próxima vez que alguien durmiera en el estudio, iba a ser ella, porque al menos el sillón de ahí no roncaba.
—Yo no ronco.
—Roncas como oso.
—No ronco.
—Cuco, ¿ronca?
Don Refugio, que estaba recogiendo los platos, se quedó inmóvil un segundo. Miró a Emiliano. Miró a Isabel.
—El señor produce sonidos nocturnos moderados —dijo con diplomacia exquisita.
Emiliano lo miró con traición en los ojos. Don Refugio se fue a la cocina sin voltear.
Esa noche, Emiliano durmió otra vez en el estudio. Pero en lugar de dormir, pasó tres horas investigando en su computadora a los tres asistentes del estudio de Isabel.
Los tres eran solteros.
Los tres eran menores de treinta años.
Los tres eran, según las fotos de sus perfiles, irritantemente atractivos.
Emiliano cerró la computadora. Miró el techo del estudio. Miró el sillón donde iba a dormir por segunda noche consecutiva.
Necesito una estrategia nueva. La de enfermarse no funcionó. La de espiar con Valentina no funcionó. Y la de ser un marido dulce y arrepentido tampoco está funcionando porque Isa me conoce demasiado bien.
Se acostó en el sillón. Cerró los ojos. No durmió.
Arriba, en la dormitorio, Isabel estaba acostada mirando el techo con una sonrisa que nadie podía ver.
Dos noches en el estudio. Suficiente castigo. Mañana lo dejo volver.
Pero no se lo voy a decir hasta la noche. Que sufra un poco más.