Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 23 La Directora Voss
El despertar no fue como abrir los ojos. Fue como ser arrastrado de vuelta a la conciencia a través de un mar de plomo y niebla espesa.
Ali abrió los párpados con un esfuerzo inmenso, sintiendo que pesaban toneladas. Le dolía todo. Cada hueso, cada músculo, cada respiración era una puñalada lenta y profunda. Su cuerpo entero parecía haber sido aplastado, reconstruido y vuelto a romper. Intentó moverse y un dolor agudo le recorrió desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello, haciéndole gemir muy bajito. Estaba atado. Correas anchas y suaves le sujetaban las muñecas, los tobillos, el pecho y la frente a una camilla metálica, fría y lisa, que brillaba bajo una luz blanca y cegadora que venía de todas partes a la vez.
Parpadeó, intentando enfocar la vista.
Se encontraba en una habitación completamente blanca. Las paredes, el techo, el suelo, todo era del mismo color pálido y brillante, sin esquinas visibles, sin ventanas, sin puertas. El aire era frío y olía a desinfectante y a algo metálico, como sangre limpia. No se oía ningún ruido. Ningún zumbido de máquinas, ningún paso, ninguna voz. Un silencio absoluto, pesado, que le oprimía los oídos.
—Despertaste por fin.
La voz no vino de ningún lado en concreto. Pareció sonar dentro de su propia cabeza, suave, culta, femenina, sin rastro de emoción.
Ali giró la cabeza con dificultad.
A su lado, de pie junto a la camilla, había una mujer.
Era alta, esbelta, vestida con un traje entallado de color gris perla que parecía hecho de una sola pieza. Su cabello era blanco, liso y recogido en una trenza perfecta que le caía por el hombro derecho hasta la cintura. Tenía la piel pálida, casi transparente, y unos ojos de un gris tan claro que parecían sin color, como nubes de lluvia vistas desde muy arriba. No tenía arrugas. Parecía tener cuarenta años y a la vez cien. Y en su mirada no había miedo, ni curiosidad, ni crueldad. Solo una calma profunda, fría y absoluta.
—Me llamo Voss —dijo la mujer, caminando lentamente alrededor de la camilla, observándolo como se observa una pieza de museo—. Soy la Directora de esta instalación. Y tú eres el hallazgo más extraordinario que hemos tenido en décadas.
Ali intentó hablar. Su garganta estaba seca y áspera.
—¿Dónde está mi madre? —consiguió decir, con un hilo de voz que apenas reconoció como suya—. ¿La dejasteis ir como dijo Marcos?
Voss se detuvo a su altura. Inclinó levemente la cabeza. Una sonrisa tenue, sin llegar a los ojos, apareció en sus labios.
—Tu tío negoció tu entrega a cambio de que ella quedara libre. Y cumplimos nuestra parte. La dejamos en su casa. Sana y salva. Por ahora.
Ali sintió que el pecho se le aliviaba por un instante. Ella estaba bien. No le habían hecho daño. Podía respirar. Podía aguantar.
—Ahora déjame ir a ella —dijo Ali, intentando infundir firmeza a su voz a pesar del dolor—. Me tenéis a mí. Cumplisteis el trato. Dejadme volver.
Voss negó muy despacio.
—El trato era con tu tío. No contigo. Y tú… tú no eres una mercancía corriente, Ali. Tú eres algo mucho más grande. Mucho más valioso. Y no te dejaremos ir.
Se acercó más. Puso una mano sobre su frente, fría como el hielo. Ali sintió un cosquilleo extraño que le recorrió la cabeza entera, como si alguien estuviera pasando los dedos por dentro de su mente, apartando sus pensamientos para mirarlos de cerca.
—Eres una anomalía —continuó ella, su voz ahora resonando dentro de su cabeza con más fuerza—. Dos energías opuestas coexistiendo en un mismo cuerpo. Creación y destrucción. Vida y muerte. Nadie ha logrado algo así en la historia. Y quiero entenderlo. Quiero saber cómo funciona. Quiero saber qué puedes hacer.
—No… —susurró Ali, intentando apartar la cabeza, pero las correas no se lo permitían—. No quiero…
—No importa lo que quieras tú —dijo Voss con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Lo que tú quieres deja de importar desde este instante. Estás aquí para servir a un propósito mayor. Y te ayudaré a comprenderlo. Te ayudaré a ver las cosas como son realmente.
La mano de Voss se quedó apoyada en su frente. Y entonces, Ali sintió algo terrible.
Sintió que ella entraba en su mente.
No era como leer sus pensamientos. Era como si ella tomara el mando. Como si sus propios recuerdos, sus sentimientos, sus deseos, empezaran a volverse borrosos, a alejarse, mientras la voz de Voss se volvía cada vez más fuerte, más clara, más real que su propia conciencia.
—Relájate —le dijo ella, y Ali sintió que las palabras eran una orden que su cuerpo se apresuraba a obedecer a pesar suyo—. Deja de luchar. No tienes que pensar. No tienes que decidir. Yo lo haré por ti.
Ali intentó invocar la Esencia Carmesí. Intentó llamarla con todas sus fuerzas. Pero cuando buscó aquel calor familiar en su pecho… lo encontró apagado. Dormido. Como si alguien hubiera puesto un sello sobre su corazón. Y cuando intentó tocar la Sombra Violeta… la encontró inquieta, asustada, escondida en lo más profundo, sin atreverse a salir ante la presencia de aquella mujer.
—¿Qué me haces? —alcanzó a murmurar, sintiendo cómo sus propios pensamientos empezaban a mezclarse con los de ella, cómo su voluntad se volvía débil como hilo de seda.
—Te libero del peso de elegir —respondió Voss—. Te libero del dolor. Del miedo. De la culpa. Todo eso se acabó. Ahora solo hay obediencia. Claridad. Propósito.
Ali sintió lágrimas en los ojos. Quería resistir. Quería aferrarse al recuerdo de la cara de su madre, a la voz de Damián, a la promesa que se había hecho a sí mismo. Pero cada vez que intentaba sostener un pensamiento propio, la mano fría de Voss lo apartaba suavemente, lo reemplazaba por calma, por vacío, por una tranquilidad aterradora.
—Escúchame bien, Ali —dijo Voss, mirándole directamente a los ojos, y su voz ya no era solo voz, era una orden grabada en su mente para siempre—. Cuando te quite estas correas, harás exactamente lo que yo te diga. No dudarás. No cuestionarás. No usarás tu energía sin mi permiso. Tu voluntad es mía. Tus manos son mías. Tu poder… es mío. ¿Entendido?
Ali quería decir que no. Quería gritar. Quería morder y luchar y romper todo a su alrededor. Pero sus labios se movieron solos, y su voz respondió en un susurro ajeno, obediente:
—Entendido.
Voss retiró la mano de su frente. Sonrió, satisfecha.
—Excelente.
Chasqueó los dedos.
Las correas se soltaron. Cayeron a los lados de la camilla con un sonido metálico.
Ali se sentó despacio. Le dolía cada movimiento. Sentía el cuerpo pesado, torpe, como si no le perteneciera del todo. Se miró las manos. Estaban quietas. No temblaban. No sentía rabia. No sentía miedo. Solo una extraña calma. Una ausencia de todo lo que era él.
—Levántate —ordenó Voss.
Ali bajó de la camilla. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Obedeció sin dudar.
Voss señaló hacia una esquina de la habitación donde había una columna de metal grueso y sólido.
—Quiero que levantes tu mano —dijo ella—. Y que uses tu poder. Todo lo que tengas. Destrúyela.
Ali miró la columna. Miró sus propias manos. En su interior, algo se revolvió horrorizado. Algo gritaba que no lo hiciera, que no dejara salir el poder, que si empezaba no podría parar. Pero la orden de Voss resonaba en su cabeza más fuerte que cualquier pensamiento propio.
Levantó la mano.
Llamó a la Esencia Carmesí.
Acudió a su llamada.
Una llamarada roja ardiente brotó de su palma y golpeó la columna de metal con fuerza brutal. El metal se calentó al instante, se deformó, empezó a derretirse como cera bajo aquel fuego concentrado. Ali no sentía esfuerzo. No sentía emoción. Solo observaba cómo sus manos destruían aquello que ella le había ordenado destruir.
—Más —dijo Voss—. Todo.
Ali obedeció. Añadió fuerza. La energía roja se hizo más brillante, más caliente, hasta que la columna empezó a desmoronarse. Y entonces, sin quererlo, sin buscarlo, la Sombra Violeta se le mezcló entre los dedos, oscura y voraz, y la energía compuesta golpeó la columna con tal fuerza que la hizo añicos por completo. Fragmentos de metal derretido salieron volando en todas direcciones, chocando contra las paredes blancas sin dejarlas ni una sola marca.
Ali bajó la mano. Jadeaba levemente. Y se quedó esperando. Esperando la siguiente orden.
Voss lo miró con aquellos ojos grises sin fondo. Había visto lo que necesitaba ver. Había visto que podía controlarlo. Que podía obligarle a usar todo su poder sin que él se opusiera. Que aquel chico, con toda su fuerza devastadora, era ahora su herramienta.
—Perfecto —susurró ella—. Eres mucho más poderoso de lo que imaginábamos. Y ahora… eres perfectamente manejable.
Se acercó a él. Le puso una mano en el hombro. Ali no se apartó. No sintió asco ni rabia ni miedo. No sintió nada.
—Desde ahora —dijo Voss lentamente, grabando cada palabra en su mente—, no eres Ali. Ali se quedó fuera. Aquí dentro eres… una herramienta. Un instrumento. Tú no decides nada. Yo decido por ti. Tú no sientes nada. Yo te digo qué sentir. Y si alguna vez intentas recordar quién eras antes… sentirás un dolor insoportable que te obligará a olvidar. ¿Comprendido?
Ali quiso llorar. Quiso gritar que no era verdad, que él era Ali, que tenía una madre que le esperaba, que tenía un corazón y una voluntad propia. Pero cuando intentó pensar en ello, un dolor agudo y cegador le atravesó la cabeza, tan terrible que tuvo que doblarse hacia adelante, apretándose las sienes, olvidando al instante, perdiendo el recuerdo, obedeciendo.
—Comprendido —dijo, con voz plana y vacía.
Voss asintió.
—Bien. Ahora camina delante de mí. No te detengas. No mires atrás.
Ali empezó a caminar.
Atravesó una puerta que se abrió sola en la pared blanca, sin mirar dónde iba, sin preguntarse hacia dónde le llevaban. Detrás de él, Voss caminaba despacio, observándolo, satisfecha con su obra.
Ali caminaba por pasillos interminables y blancos, y mientras caminaba, sentía cómo poco a poco se iba perdiendo a sí mismo. Cada paso que daba alejándole de quien era, acercándole a ser lo que ella quería que fuera. No sentía rabia. No sentía dolor. No sentía amor. Solo quedaba el vacío. Y la voz de Voss en su cabeza, diciéndole qué hacer, cómo estar, cómo ser.
Y en lo más profundo de su mente, muy lejos, ahogado bajo capas y capas de órdenes y voluntad ajena, un pequeño y aterrorizado rincón de su verdadero ser lloraba en silencio, intentando recordar algo, un nombre, una cara, una luz… antes de que el dolor se lo borrara también.
Pero no podía.
Porque Voss tenía el control.
Y él… ya no era él.
Era lo que ella quería que fuera.
Un arma sin voluntad.
Un sirviente sin recuerdo.
Y lo peor de todo… lo peor que jamás le había ocurrido… era que él mismo lo estaba permitiendo, sin saber cómo detenerlo.