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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Cap 17 — Celos

Valentina llevaba tres días mirando la misma foto.

Isabela Miranda y Sebastián Montero en una gala de beneficencia. Ella de blanco. Él de negro. Los dos mirando a la cámara con la perfección calculada de una portada de revista.

La foto tenía doscientos cuarenta y siete likes. Valentina los había contado. Dos veces.

Patética, pensó. Eres patética, Valentina Solano.

Cerró Instagram. Abrió WhatsApp. Lo cerró. Abrió Instagram otra vez. La foto seguía ahí. Isabela seguía siendo hermosa. Sebastián seguía sin sonreír pero sin verse miserable.

Tiró el celular sobre la cama.

Doña Carmen asomó la cabeza por la puerta.

—¿Estás bien, mija?

—Perfectamente.

—Tienes cara de que se te murió el gato.

—No tengo gato.

—Por eso mismo. —Doña Carmen entró y se sentó en la orilla de la cama—. ¿Es por el abogado?

—No es por nadie.

—Ajá.

El silencio de Doña Carmen era peor que cualquier pregunta. Tenía un peso específico. Una gravedad propia. Te jalaba hasta que hablabas.

Valentina habló.

—Tiene novia.

—¿El abogado?

—Sí.

—¿Y tú cómo sabes?

—Me la presentó. En un restaurante. Me dijo «mi novia» con la misma cara con que dice «orden de embargo».

Doña Carmen la miró un momento largo.

—¿Y tú qué sentiste?

Valentina no contestó.

—Eso pensé —dijo Doña Carmen, y le dio una palmada en la rodilla—. Arréglate. Vamos al aeropuerto. Tu amiga llega a las cuatro.

El aeropuerto era un caos de maletas, anuncios y familias con globos.

Valentina esperaba junto a la puerta de llegadas internacionales con un cartel que decía CARO en letras grandes. No porque Carolina fuera a perderse. Porque a Carolina le gustaban los carteles.

La puerta se abrió. Salió una oleada de pasajeros con caras de jet lag y ropa arrugada.

Y en medio de todos, como si el universo hubiera decidido que esa terminal necesitaba una dosis de color, apareció Carolina Carrasco.

Pelo suelto. Vestido amarillo. Lentes de sol encima de la cabeza aunque adentro no había sol. Arrastraba dos maletas enormes y un bolso que parecía contener la mitad de sus pertenencias.

Detrás de ella, cargando una tercera maleta con expresión de mártir, venía Alejandro Herrera. Su hermano. Más alto que Carolina. Pelo oscuro. Mandíbula suave. Ojos amables que Valentina recordaba de la universidad.

—¡VALE! —Carolina soltó las maletas en medio del pasillo y corrió hacia ella.

El abrazo fue tan fuerte que Valentina perdió el equilibrio.

—No puedo respirar, Caro.

—No necesitas respirar. Necesitas un abrazo. —Carolina la apretó más fuerte—. Estás flaca. ¿Has comido? ¿Estás durmiendo? ¿Necesitas que mate a alguien?

—A nadie. Todavía.

Carolina la soltó. La agarró de los hombros. La miró con esos ojos que veían todo y no perdonaban nada.

—Tienes ojeras. ¿Quién te hizo eso? ¿El ex? ¿La suegra? ¿Un hombre nuevo?

—Caro...

—Porque si es un hombre nuevo, me lo presentas primero. Tengo que aprobarlo. Es protocolo de amistad.

Alejandro llegó con las tres maletas y una sonrisa resignada.

—Hola, Valentina. Perdona a mi hermana. Lleva dieciocho horas de vuelo y no ha parado de hablar desde Bogotá.

—Catorce —corrigió Carolina—. Las otras cuatro dormí.

Valentina se rio. Una risa real. La primera en tres días que no le sabía amarga.

Caminaron hacia la salida. Carolina hablaba sin pausa. Del vuelo. De la comida del avión. Del señor del asiento 14C que roncaba como motor diésel. De que había traído tres botellas de aguardiente en la maleta «por si acaso».

Valentina escuchaba y sonreía y por un momento se olvidó de la foto de Instagram y de la palabra novia y de todo lo que le dolía.

Entonces llegaron a la puerta de salida.

Y ahí estaba Sebastián.

Recargado contra un pilar. Con los brazos cruzados. Mirando el celular.

Junto a él, Isabela Miranda esperaba con una maleta de mano y un abrigo doblado sobre el brazo.

Valentina se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Carolina.

—Nada.

Sebastián levantó la vista. La vio. Algo cruzó su cara —rápido, casi imperceptible— y luego asintió con la cabeza.

—Valentina.

—Sebastián.

La formalidad era absurda. Como dos desconocidos que se encuentran por primera vez. Como si no hubieran compartido un descansabrazos en un cine oscuro.

Isabela se acercó.

—¡Hola! Nos volvemos a ver.

—Isabela viaja a Monterrey —explicó Sebastián—. La traigo al aeropuerto.

—Claro —dijo Valentina—. Que tengas buen viaje.

Isabela le sonrió. Y entonces su mirada se desvió hacia la derecha. Hacia Alejandro.

Se quedó mirándolo un segundo de más.

Alejandro, que estaba batallando con la tercera maleta, levantó la vista y la vio.

—Hola —dijo Isabela, con una voz que era completamente diferente a la que usaba con Sebastián. Más suave. Más interesada.

—Hola —dijo Alejandro.

Carolina miró a Isabela. Miró a Alejandro. Miró a Valentina con las cejas levantadas hasta el nacimiento del pelo.

Valentina le dio un codazo discreto.

—Alejandro Herrera —se presentó él, extendiendo la mano—. Hermano de Carolina.

—Isabela Miranda. —Le estrechó la mano. No la soltó inmediatamente—. ¿De dónde vienes?

—Bogotá.

—Me encanta Bogotá. ¿Tienes Instagram?

Sebastián observaba la escena con una expresión que Valentina no supo leer. No parecía molesto. No parecía celoso. Parecía... aliviado.

Qué clase de novio se alivia cuando su novia le pide el Instagram a otro hombre, pensó Valentina.

A menos que no fuera su novio.

A menos que todo fuera un teatro.

La idea le cruzó la mente como un relámpago y la descartó igual de rápido.

No seas ridícula. No todo gira a tu alrededor.

Isabela se despidió con un beso en la mejilla a todos excepto a Alejandro, a quien le dio un abrazo que duró dos segundos más de lo socialmente aceptable. Luego desapareció por la puerta de embarque con su maleta y su abrigo y su sonrisa.

Sebastián se quedó.

—¿Necesitan que las lleve? —preguntó, mirando a Valentina.

—Tenemos Uber —dijo Carolina.

—Cancélalo —dijo Sebastián—. Mi auto tiene más espacio para las maletas.

Carolina abrió la boca. La cerró. Miró a Valentina con una expresión que decía así que este es el abogado.

Valentina le dio otro codazo.

En el estacionamiento, mientras Sebastián metía las maletas en la cajuela con una eficiencia que rayaba en lo militar, Alejandro se le acercó.

—Entonces tú eres el abogado de Valentina.

—Soy su representante legal, sí.

—Sebastián —dijo Valentina, sin pensarlo—. Se llama Sebastián.

Él la miró.

—Puedes llamarme Sebastián —dijo, dirigiéndose a ella, no a Alejandro—. Ya no hace falta lo de «Licenciado Montero».

La frase era simple. El tono era simple. Pero Valentina sintió que le estaba dando algo. Un permiso que no le había dado antes. Un paso más cerca.

Sebastián. No Licenciado Montero. No «su abogado». Sebastián.

Alejandro frunció el ceño. Casi imperceptiblemente. Pero Valentina lo vio.

Y Sebastián también.

El viaje a casa de Doña Carmen fue silencioso por parte de los hombres y ensordecedor por parte de Carolina, que llenó cada segundo con anécdotas de Bogotá como si su misión en la vida fuera asegurarse de que ningún silencio incómodo sobreviviera más de tres segundos.

Valentina miraba por la ventanilla.

Sebastián, pensaba. Me pidió que lo llamara Sebastián.

Era un nombre. Solo un nombre. Cuatro sílabas.

Pero en la boca de Valentina, sonaba como el comienzo de algo que todavía no se atrevía a nombrar.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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