Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 22. La Aldea que Recordaba en Voz Baja
El camino hacia Liria del Norte no aparecía en ningún mapa moderno.
Aquello, según Damián, era una razón excelente para no recorrerlo.
—Las aldeas desaparecidas nunca contienen buenas noticias.
—Y aun así vamos hacia una —contestó Celeste.
—Precisamente por eso me estoy quejando.
—Llevas tres horas haciéndolo.
—La constancia es una virtud.
—No en este caso.
El sendero atravesaba colinas cubiertas de niebla y praderas silenciosas. No había señales, ni postes, ni caminos marcados. Era como si el lugar hubiera sido arrancado de la memoria del reino.
Elena caminaba delante del grupo.
La marca luminosa sobre su mano seguía mostrando las tres letras.
Ali.
Cada vez que se acercaban a un cruce, la luz brillaba ligeramente. Era la única guía que tenían.
—¿Seguro que funciona? —preguntó Damián.
—No.
—Excelente.
—Pero es mejor que tus ideas.
—Eso ha sido ofensivo.
—Y correcto.
Basilio consultó una libreta.
—Las estadísticas favorecen a Lady Valoria.
—¿Llevas estadísticas de mis errores?
—Desde hace años.
—Voy a quemar esa libreta.
—Tengo copias.
—Claro que sí.
Llegaron al lugar indicado al atardecer.
Y no encontraron nada.
Solo un campo vacío.
Hierba.
Viento.
Y silencio.
—Bueno.
—No —dijo Elena.
—Bueno.
—Todavía no.
Damián observó las colinas.
—¿Estamos seguros de que éste es el lugar?
—La marca señala aquí.
—La marca también es una antigua pista mágica obtenida de una cripta subterránea.
—Buen argumento.
—Gracias.
Fulgor olfateó el terreno.
Después olfateó otra vez.
Luego comenzó a cavar.
—No.
El dragón siguió cavando.
—Fulgor.
Más tierra salió despedida.
—Deja de ayudar.
Más tierra.
—Definitivamente está ignorándote —comentó Celeste.
—Lo sé.
Entonces ocurrió algo.
La marca sobre la mano de Elena brilló con intensidad.
El viento cambió.
Y las tres letras comenzaron a emitir una luz suave.
—Todos atrás —dijo Isolde.
La joven levantó la mano.
Respiró profundamente.
Y habló.
—Ali...
La tierra vibró.
—¿Eso era parte del plan? —preguntó Damián.
—No.
—Perfecto.
La luz se expandió.
Y cuando Elena pronunció el nombre nuevamente, el paisaje empezó a cambiar.
Casas.
Pozos.
Muros.
Jardines.
Todo comenzó a aparecer como si emergiera de un recuerdo.
La aldea completa se materializó ante ellos.
Liria del Norte había estado allí todo el tiempo.
Oculta.
Olvidada.
Borrada sin desaparecer realmente.
El silencio se instaló sobre el grupo.
—Vaya.
—Sí —dijo Celeste.
—Eso ha sido impresionante.
—Por una vez coincido.
Incluso Basilio parecía sorprendido.
Lo cual era extremadamente raro.
Los habitantes de la aldea aparecieron poco después.
No eran fantasmas.
Ni ilusiones.
Eran personas reales.
Habían vivido allí durante generaciones.
Protegidos por el mismo ocultamiento que había borrado el lugar de la historia oficial.
La primera en acercarse fue una anciana de cabello blanco.
Se detuvo frente a Isolde.
Y sonrió.
—Pensé que nunca volverías.
Isolde se quedó inmóvil.
—¿Mara?
La mujer asintió.
—Ha pasado mucho tiempo.
Elena observó la escena.
—¿La conoces?
—Crecí aquí algunas temporadas.
Mara soltó una pequeña risa.
—Y causabas problemas incluso entonces.
—Eso es una acusación muy grave.
—Y completamente cierta.
Damián pareció interesado.
—Necesito escuchar esas historias.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Por primera vez en días, Isolde sonrió abiertamente.
Aquella noche toda la aldea se reunió en la plaza principal.
La noticia de su llegada se había extendido rápidamente.
Y también la razón.
Aliara.
El nombre olvidado.
La persona borrada.
La Primera Cerradura.
Mara observó a Elena durante varios segundos.
Después asintió lentamente.
—Están cerca.
—¿De qué?
—De su nombre.
Silencio.
La anciana señaló un viejo pozo cubierto por piedras antiguas.
—Pero el nombre no basta.
—Lo imaginaba.
—Hace falta recordar también la historia.
Damián suspiró.
—Nunca es sencillo.
—Porque nunca debió ser sencillo.
Mara caminó hasta el borde del pozo.
Los demás la siguieron.
La anciana apoyó una mano sobre la piedra.
—Durante generaciones protegimos un recuerdo.
Las marcas antiguas comenzaron a iluminarse.
—Porque una sola persona puede olvidar.
Pero muchas voces son más difíciles de silenciar.
Entonces comenzó a cantar.
Una melodía antigua.
La misma que Isolde había recordado parcialmente.
Poco a poco otros habitantes se unieron.
Luego más.
Y más.
Hasta que toda la plaza estaba cantando.
La canción hablaba de una niña.
De una flor.
De una tormenta.
De una promesa.
Y mientras las voces llenaban la noche, la luz sobre la mano de Elena comenzó a expandirse.
Las letras brillaron.
Ali
Y después algo más.
Una nueva letra apareció.
Alia
El pozo se iluminó.
Una voz emergió de sus profundidades.
Una voz conocida.
La voz de la Cripta.
—Están cerca.
El grupo quedó en silencio.
—Aliara —susurró Elena.
La luz respondió.
No completamente.
Pero sí lo suficiente.
Confirmando que avanzaban por el camino correcto.
Mara observó a todos los presentes.
—Todavía falta una parte.
—¿Cuál?
La anciana señaló una pequeña casa situada al otro extremo de la aldea.
Las paredes estaban pintadas de rojo oscuro.
El techo parecía muy antiguo.
Y las ventanas permanecían cerradas.
—La casa de Mirena.
Isolde se tensó.
—¿La nodriza?
—Sí.
—Pensé que había desaparecido.
—Lo hizo.
Mara volvió a mirar la casa.
—Pero antes escondió algo.
El grupo siguió la dirección de su mirada.
La vieja construcción permanecía inmóvil bajo la luz de la luna.
Esperándolos.
—¿Qué escondió? —preguntó Celeste.
Mara tardó un momento en responder.
—La razón por la que Aliara fue elegida.
El silencio cayó sobre la plaza.
Porque todos comprendieron inmediatamente la importancia de aquella respuesta.
Encontrar el nombre ya no era suficiente.
Ahora debían descubrir la historia completa.
Y aparentemente, esa historia los esperaba dentro de una vieja casa roja al final de la aldea.