Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 18
Capítulo 18
El beso me dejó aturdida.
Intenté empujarlo, pero Alejandro me sujetó la barbilla y profundizó el contacto. Me mordió los labios con rabia, como si quisiera castigarme.
Cuando afuera quedó en silencio, me soltó.
Me apoyé contra la pared, respirando rápido.
—¿Estás loco? No soy Camila. Yo bebí, ¿tú también?
Sonrió con desprecio.
—Tú entraste al baño de hombres. Tú me tocaste. Si Emiliano te ve así, ¿cómo vas a explicarlo?
Entonces entendí.
No era amor. Era otra forma de ensuciarme.
—¿Yo te seduje? Pues caíste muy fácil. ¿Eso dice algo de tu fidelidad?
—Contigo fue un regalo tirado. Y no hables de fidelidad. En tu boca suena sucio.
Me dolió.
Salí del baño antes de quebrarme.
Camila me vio en el pasillo.
—¿Por qué sales del baño de hombres? ¿Sabías que Alejandro estaba ahí?
Me revisó la cara. Se detuvo en mis labios hinchados.
No me escondí.
—Si tanta duda tienes, pregúntale a tu novio.
Alejandro salió. Intentó explicar, pero Camila le cubrió la boca con una sonrisa forzada.
—Vamos, Ale. Hablamos luego.
Se fueron juntos.
Yo me agaché contra la pared y lloré.
No sé cuánto tiempo pasó.
Emiliano apareció corriendo.
—Valeria, te busqué por todas partes. ¿Por qué no contestas?
—Dejé el celular en el salón.
Se agachó. Me limpió las lágrimas con un pañuelo.
—¿Qué pasó?
—Nada. Solo sentí que mi vida da pena. Como si fuera basura.
Me abrazó.
—Para mí eres la mujer más buena y valiosa que conozco. Si algo te lastima, yo te ayudo a enfrentarlo.
Ese calor me sostuvo.
Le tomé el cuello y le di un beso suave.
Él se quedó quieto, sorprendido.
—Gracias, Emiliano.
—Vámonos.
—Estoy mareada. ¿Me cargas?
Se inclinó sin dudar.
—Sube, princesa.
Me llevó en la espalda hasta el salón por mi bolso. Todos miraron. Vi a Camila furiosa. No busqué los ojos de Alejandro.
Con la cara pegada a la espalda de Emiliano, susurré:
—Casémonos.
Se detuvo.
—¿Por qué de pronto?
—Porque eres bueno.
—Estás muy borracha. Si mañana despiertas y sigues pensando igual, nos casamos.
—¿No quieres casarte conmigo? ¿También crees que soy una mujer sucia, interesada, que cambia de hombre?
Empecé a llorar.
Él me bajó y me sostuvo de la cintura.
—Si pensara eso, no estaría contigo. Valeria, eres buena hija, buena pareja, y algún día serás buena esposa y buena madre.
Necesitaba oírlo.
—Entonces pídeme matrimonio ahora.
Emiliano me acomodó el cabello y me besó con cuidado.
—Valeria Salcedo, si quieres casarte conmigo, yo estoy listo para casarme contigo.
—Acepto.
Me llevó a casa.
Al día siguiente desperté con dolor de cabeza. Mi papá entró con caldo.
—Emiliano te trajo anoche. Te cuidó cuando vomitaste. Ese muchacho no tiene nada de presumido.
Me dio vergüenza.
Durante la comida, mi papá dijo:
—Invítalo a cenar formalmente. Hay que agradecerle.
Respiré.
—Papá, doña Teresa y Emiliano quieren venir a hablar contigo del compromiso.
Mi papá sonrió, pero después se puso serio.
—Eso significa algo grande. Antes dime una cosa: ¿ya soltaste de verdad a Alejandro?
Recordé el beso, sus insultos, su desprecio.
—Sí. En esta vida no volveré a tener nada con él.
Mi papá asintió.
—Entonces cuida a quien sí te cuida.
Esa noche cené con Emiliano.
—Lo de anoche... —empecé—. Hice cosas infantiles. Olvídalo.
Él me miró serio.
—Tú estabas tomada. Yo no. Mi propuesta fue real. Si sigues queriendo, nos casamos.
Me asustó la palabra.
Él lo notó.
—Puedo esperar.
Vi su decepción y pensé en mi papá.
—No. Quiero casarme contigo.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Lo pensaste bien?
—Sí. ¿Cómo no voy a querer a alguien como tú?
Me besó.
Su beso no dolía. No era castigo. Era cuidado.
Después me habló de ir con su madre a mi casa para ver a mi papá y fijar el compromiso sin hacerme sentir menos.
Asentí.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero