Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 13 — No vuelvas a irte
Adrián permaneció frente al escritorio observando la fotografía de Esteban Ferrer.
Cinco años.
Cinco años creyendo que aquel hombre había desaparecido.
Y, mientras tanto, había estado trabajando dentro de Montenegro Group.
—Quiero saber todo sobre él —ordenó Adrián.
Daniel asintió.
—Ya estoy revisando sus registros.
—No hagas nada que pueda alertarlo.
—Entendido.
Valentina tomó la fotografía.
—Si realmente estuvo involucrado en lo que ocurrió hace cinco años, tenemos que saber por qué.
Adrián la miró.
—Lo descubriremos.
—¿Y si intenta escapar?
—No lo hará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Adrián señaló los documentos.
—Porque dejó algo atrás.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una historia que todavía no termina.
A la mañana siguiente, Adrián llegó temprano a Montenegro Group.
La noticia de que Valentina Ríos había regresado y que el CEO estaba involucrado personalmente en varios asuntos relacionados con ella comenzaba a despertar rumores.
Pero Adrián no prestó atención.
Entró directamente a su despacho.
—Daniel.
—¿Sí?
—Quiero que canceles todas mis reuniones de esta mañana.
—¿Todas?
—Todas.
Daniel lo miró sorprendido.
—¿Incluso la reunión con los inversionistas?
—Especialmente esa.
—¿Puedo preguntar por qué?
Adrián tomó una carpeta.
—Porque tengo un asunto familiar que resolver.
Mientras tanto, Valentina estaba en casa preparando el desayuno.
Leo apareció corriendo.
—¡Mamá!
—Buenos días.
—Hoy quiero ir con papá.
Valentina sonrió.
—¿A la empresa?
—Sí.
—¿Para qué?
Leo pensó unos segundos.
—Para ayudarlo.
—¿A hacer qué?
—A trabajar.
Valentina soltó una pequeña risa.
—No creo que tu papá necesite ayuda.
Leo cruzó los brazos.
—Sí necesita.
—¿Por qué?
—Porque siempre está serio.
Valentina negó con la cabeza.
—Eso no es un problema de trabajo.
—Sí es.
Leo tomó su mochila.
—Entonces voy.
Valentina lo miró.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Ella suspiró.
—Está bien.
Cuando Adrián llegó a la mansión esa tarde, encontró a Leo esperándolo en la entrada.
—¡Papá!
El pequeño corrió hacia él.
Adrián se agachó y lo recibió con una sonrisa.
—¿Qué haces aquí?
—Voy contigo.
—¿A dónde?
—A tu empresa.
Adrián miró a Valentina.
Ella levantó las manos.
—Yo no pude convencerlo.
Leo intervino:
—Soy tu jefe.
Adrián sonrió.
—Lo había olvidado.
—Entonces, ¿puedo ir?
Adrián fingió pensarlo.
—Está bien.
Leo celebró.
—¡Sí!
Valentina se acercó.
—No lo consientas demasiado.
Adrián la miró.
—Creo que ya es demasiado tarde.
En Montenegro Group, todos quedaron sorprendidos al ver al CEO entrar acompañado de un niño.
Leo caminaba junto a Adrián sosteniendo su mano.
Algunos empleados sonrieron.
Otros comenzaron a murmurar.
Adrián no les prestó atención.
—Bienvenido a mi oficina.
Leo entró y observó todo.
—Es muy grande.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Puedes sentarte ahí.
Leo se acomodó en una silla.
—¿Ahora puedo trabajar?
Adrián le entregó una hoja y un lápiz.
—Tu primera tarea.
Leo comenzó a dibujar.
Adrián se sentó frente al computador.
Durante unos minutos, la oficina estuvo tranquila.
Hasta que Leo levantó la cabeza.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Ese señor es bueno?
Adrián siguió la mirada del niño.
Al otro lado del cristal estaba Esteban.
Había llegado para una reunión.
Adrián se quedó inmóvil.
Esteban también lo observó.
Sus miradas se encontraron.
Ninguno apartó los ojos.
—¿Lo conoces? —preguntó Adrián.
Leo negó.
—Solo lo he visto antes.
Esteban entró al despacho.
—Buenos días.
—Cierra la puerta —ordenó Adrián.
Esteban obedeció.
Leo continuó dibujando.
—Señor Ferrer —dijo Adrián—. Necesito hablar con usted.
—Por supuesto.
Adrián colocó la fotografía sobre la mesa.
Esteban la miró.
Por primera vez, su expresión cambió.
—¿De dónde sacaste eso?
—Eso debería preguntártelo yo.
Esteban permaneció callado.
—Desapareciste hace cinco años —continuó Adrián—. Pero regresaste con otra identidad profesional y comenzaste a trabajar para mi empresa.
—No utilicé otra identidad.
—Entonces explícame por qué nadie pudo encontrarte.
Esteban respiró profundamente.
—Porque tu padre me pidió que desapareciera.
Adrián se quedó sorprendido.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Por qué?
Esteban miró hacia Leo.
—Por él.
Adrián se puso de pie.
—Habla con cuidado.
—Tu padre sabía que el nacimiento de ese niño cambiaría el equilibrio de poder de la familia.
—¿Y qué tenía que ver eso contigo?
Esteban lo miró.
—Yo fui quien preparó los documentos para proteger los derechos de Leo.
Adrián quedó en silencio.
—Entonces, ¿por qué trabajabas para Sebastián?
Esteban bajó la mirada.
—Porque tenía que acercarme a él.
—¿Qué?
—Sebastián no es la persona que realmente está detrás de todo.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién lo está controlando?
Esteban no respondió.
Leo levantó la cabeza.
—Papá...
Adrián se giró.
—¿Qué pasa?
Leo señaló el dibujo.
—Ya terminé.
Adrián se acercó.
Era el mismo dibujo de antes.
Pero esta vez Leo había agregado algo.
Una persona estaba detrás de todos.
—¿Quién es? —preguntó Adrián.
Leo señaló la figura.
—La señora.
Adrián miró a Esteban.
—¿Qué señora?
Esteban palideció.
—No puede ser.
—¿Qué?
Esteban tomó el dibujo.
—Él la vio.
—¿A quién?
Esteban respondió en voz baja:
—A la verdadera responsable.
Esa misma noche, Valentina recibió un mensaje.
“No vuelvas a confiar en Victoria.”
Ella sintió un escalofrío.
Otro mensaje llegó inmediatamente.
“Ella no te protegió.”
“Ella te entregó.”
Valentina miró hacia la ventana.
Por un instante creyó ver una sombra.
Cerró las cortinas.
Entonces escuchó la puerta principal.
Adrián acababa de llegar.
—¿Valentina?
Ella corrió hacia él.
—Tenemos un problema.
Adrián notó inmediatamente su preocupación.
—¿Qué pasó?
Valentina le mostró el teléfono.
Adrián leyó los mensajes.
Su rostro se endureció.
—¿Te han amenazado?
—Sí.
Adrián tomó su mano.
—No volverá a pasar.
Valentina lo miró.
—Adrián...
—¿Sí?
—Tengo miedo de que vuelvan a quitarme a Leo.
Adrián se acercó.
—No lo harán.
—No puedes prometer eso.
—Sí puedo.
—¿Por qué?
Adrián la miró directamente.
—Porque esta vez no estás sola.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Hace cinco años sí lo estaba.
—Lo sé.
—Y tuve que aprender a protegerlo sola.
—Lo sé.
Adrián bajó la voz.
—Pero ahora quiero aprender contigo.
Valentina permaneció en silencio.
Entonces Leo apareció en las escaleras.
—¿Mamá?
Valentina se volvió.
—Aquí estoy.
Leo bajó corriendo.
Adrián abrió los brazos y el niño se acercó.
—Papá.
—¿Sí?
Leo lo abrazó.
—No te vayas.
Adrián cerró los ojos.
—No me voy.
—¿Nunca?
Adrián miró a Valentina.
Después volvió a mirar a su hijo.
—Nunca.
Leo sonrió.
Pero ninguno de los adultos vio el automóvil estacionado frente a la casa.
Dentro, una mujer observaba la mansión.
Su teléfono vibró.
—¿Ya están juntos? —preguntó una voz.
La mujer respondió:
—Sí.
—¿Y Leo?
—También.
Hubo un breve silencio.
—Entonces comienza la siguiente etapa.
La mujer sonrió.
—Adrián cree que está protegiendo a su familia.
Miró hacia la ventana donde estaba Valentina.
—Pero todavía no sabe de qué debe protegerlos.
Continuará...