Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Gran Boda bajo el Firmamento de Plata
Un mes más tarde, la Fortaleza de la Cumbre en la capital de Eldamar lucía engalanada como jamás se había visto en los anales de la dinastía Vaelor.
Banderas de plata, azul marino y verde esmeralda cubrían las murallas de la ciudad. Cientos de miles de ciudadanos de todas las provincias, junto a delegaciones diplomáticas de todo el continente, abarrotaban las avenidas de granito y las plazas principales. El Gremio de los Barómetros Reales había colocado en la torre más alta un único gran estandarte blanco con la inscripción: "Paz Perpetua".
En la gran Catedral del Firmamento, iluminada por miles de cirios y rosetones de cristal multicolor, se celebraba la boda real entre el rey Manuel Vaelor y Lady Valeria de Valoria.
El Archmaestre Elion, vistiendo la túnica dorada de las grandes solemnidades, bendijo la unión ante el altar de mármol.
—Que la sabiduría de la tierra y la armonía del cielo bendigan este matrimonio —proclamó el sabio anciano con voz conmovida—. Que el linaje Vaelor no vuelva a conocer el frío de la apatía ni el caos de la tempestad, sino la luz inagotable del amor sincero.
Manuel y Valeria intercambiaron los anillos de plata y oro. Al unirse en un beso jubiloso, el pueblo reunido dentro de la catedral rompió en un aplauso atronador.
En ese instante preciso, sobre el cielo de la capital de Eldamar, la naturaleza misma ofreció una manifestación artística jamás registrada en la historia de la humanidad.
La bóveda celeste no permaneció simplemente azul; se convirtió en un lienzo vivo de tonos nácar, rosa, violeta y dorado. Una llovizna fina, suave y perfectamente tibia —que los ciudadanos bautizaron como "el Rocío de Plata"— comenzó a caer sobre la ciudad, haciendo que los rosales y los jardines de Eldamar florecieran simultáneamente en cuestión de minutos. Un arco iris triple de una brillantez cegadora cruzó el cielo desde la fortaleza hasta las costas marítimas del sur, sellando la unión de los reinos bajo la bendición del firmamento.
Años después, la historia de Eldamar y su soberano se convirtió en una leyenda cantada por los bardos en todos los rincones del continente.
El rey Manuel y la reina Valeria gobernaron el reino durante más de cuatro décadas de prosperidad ininterrumpida. Bajo su mandato, el Gremio de los Barómetros Reales cambió su función originaria: ya no se dedicaba a advertir sobre tormentas destructivas o nevadas imprevistas, sino a anunciar los festivales de cosecha, las estaciones de siembra y las jornadas de celebración pública que el rey organizaba para su pueblo.
La Fortaleza de la Cumbre dejó de ser la catedral del silencio helado para transformarse en un centro de artes, botánica y diplomacia internacional. El Jardín Oculto de la reina Yvaine fue abierto al público, convirtiéndose en el parque real donde niños y ancianos paseaban entre los lirios solares y las orquídeas de Solaria.
Manuel jamás volvió a temer a sus propias emociones. Comprendió que el dolor, la tristeza y la rabia eran partes inevitables de la condición humana, pero que cuando el corazón está anclado en la empatía, el amor y la justicia, incluso las tormentas más oscuras pueden transformarse en la lluvia fertilizante que hace crecer la vida.
En las tardes serenas de primavera, cuando el sol se ponía sobre los tejados dorados de la capital, se podía ver al rey y a la reina paseando de la mano por los balcones superiores de la torre. Afuera, en el firmamento de Eldamar, las estrellas brillaban con una nitidez apacible y limpia, reflejando el descanso eterno de un reino que aprendió a amar sin miedo a la tempestad.