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LÁGRIMAS DE CRISTAL ROTO

LÁGRIMAS DE CRISTAL ROTO

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Traiciones y engaños / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:8.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ECO DE LA MEDIANOCHE

La negrura de la noche caía pesada sobre las calles adoquinadas de la ciudad universitaria, un refugio extranjero que Anastasia había elegido deliberadamente para escapar del apellido que cargaba como una armadura invisible. A sus veintitrés años, con el cabello castaño suelto, la piel canela iluminada apenas por las farolas distantes y los ojos color miel cansados tras semanas de intensa preparación académica, caminaba de regreso a su departamento. Medía 1.70 cm, una estatura que combinada con su elegancia natural la hacía destacar, aunque esa noche solo deseaba fundirse con las sombras. Estaba a solo una semana de presentar sus últimos exámenes para graduarse en comercio internacional y diseño de moda, siguiendo los pasos de su madre, la legendaria diseñadora Natalia Herrera de Valenzuela. Sin embargo, bajo el seudónimo de Anastasia Riquelme, nadie en las aulas sabía que ella era la heredera menor del conglomerado más poderoso de la élite global los Valenzuela.

El frío viento de medianoche mecía las copas de los árboles mientras doblaba la esquina hacia su edificio. Las calles estaban desiertas y el silencio era absoluto. No escuchó los pasos apresurados detrás de ella; solo sintió el impacto repentino y brutal. Un sujeto la interceptó con una fuerza descomunal, arrastrándola hacia un rincón oscuro donde las luces de la calle no alcanzaban a penetrar. La asfixia del miedo la paralizó un segundo antes de que comenzara el horror. En medio de la oscuridad impenetrable, forcejeó con todas sus fuerzas, pero el agresor la sometió con violencia desmedida.

—¡No, por favor, déjame! ¡Ayúdame! —gritó Anastasia con la voz quebrada por el llanto, intentando empujar el pesado cuerpo que la aplastaba contra el suelo frío.

—Cállate por favor callate—espetó el sujeto con una voz ronca, casi delirante, mientras la agredía sin piedad.

La oscuridad era tan densa que ella jamás pudo verle el rostro, aunque el roce de su piel y la textura de su cabello rubio rizado quedaron grabados como una cicatriz imborrable en su memoria. Aquel hombre, atrapado en una pesadilla química provocada por una trampa artera, ejecutaba el acto atroz mientras en su propia mente fragmentada balbuceaba con desesperación:

—Perdóname... Dios mío, perdóname, no quiero hacer esto... ¡perdóname! —gemía el atacante en un delirio confuso, medio ciego por las drogas que le habían administrado.

En cuanto el efecto comenzó a disiparse y la cruda realidad de sus actos lo golpeó, el hombre retrocedió horrorizado. Soltó un grito ahogado de terror, se puso de pie tambaleándose y huyó despavorido hacia la oscuridad, dejando a Anastasia destrozada sobre el pavimento. Como pudo, temblando de pies a cabeza y con la ropa desgarrada, ella logró arrastrarse hasta su departamento.

Lo que siguió fue un mes de aislamiento absoluto. Anastasia no volvió a pisar la universidad ni quiso ver a nadie. Cuando su amigo Patricio Zapata, de veinticinco años, y su amiga Carmen, de veinticuatro, la llamaban con insistencia o le escribían preocupados por su repentina desaparición, ella respondía con mensajes cortantes:

—Estoy bien, solo muy ocupada con los proyectos finales y el cierre de semestre. No se preocupen por mí.

En la universidad, Patricio —un joven de metro ochenta, piel blanca, pelo negro y ojos claros que sentía una profunda atracción por ella— discutía constantemente con Carmen debido a sus comentarios machistas y controladores. Carmen, con su característico tono firme, le recriminaba:

—Patricio, deja de decir estupideces. Anastasia no es de tu propiedad ni tienes derecho a hablar así de las mujeres. ¡Madura de una vez!

—Tú cállate, Carmen, solo digo las cosas como son y a mí nadie me manda —contestaba Patricio con soberbia, cruzándose de brazos en la cafetería del campus.

Mientras tanto, a kilómetros de allí, el verdadero responsable de la agresión vivía su propio calvario. Carmelo Victorino, un magnate de treinta y tres años, metro noventa, piel blanca, ojos azules y el cabello rubio rizado que lo caracterizaba, era el hombre más rico del mundo, ubicado en el codiciado puesto número dos de la élite global, justo detrás de los Valenzuela, con quienes mantenía estrechos vínculos comerciales. Aquella noche, su propia novia y su primo lo habían traicionado drogándolo en una fiesta para arruinarlo. Ciego por las sustancias y al borde del colapso físico, había huido a trompadas de la realidad hasta cometer el acto atroz que ahora lo consumía. Desde esa noche, Carmelo no dormía; sufría de un insomnio brutal y apenas lograba conciliar el sueño dos o tres horas antes de despertar bañado en sudor, llorando y sufriendo ataques de pánico que solo su madre, la señora Sandra de Victorino —una viuda de cincuenta y seis años— y su hermano menor y asistente personal, Sandro Victorino de treinta años, conocían de cerca.

—Hijo mío, tienes que calmarse, por favor, descansa un poco —le rogaba su madre con los ojos anegados en lágrimas, acariciándole el rostro demacrado.

—Mamá, no puedo... cierro los ojos y veo lo que hice, destruí una vida, soy un monstruo, un maldito monstruo —repetía Carmelo con desesperación, golpeando la pared de su despacho con los puños ensangrentados.

Transcurrieron dos meses desde aquella noche fatídica. Anastasia había regresado a duras penas a la rutina, yendo únicamente de su departamento a la facultad. Estaba pálida, flaca, con profundas ojeras y marcada por un insomnio implacable. Un día, en medio de los pasillos de la universidad, el cuerpo le falló: sus piernas cedieron y se desmayó súbitamente. Sus amigos, aterrorizados, corrieron a socorrerla.

—¡Anastasia! ¡Anastasia, despierta por favor! —gritaba Carmen al borde del llanto, sosteniéndola en sus brazos mientras Patricio ayudaba a cargarla hacia la enfermería del campus.

El médico de guardia la examinó con rigor y, tras una hora de interminable espera en la sala, los llamó a pasar al consultorio. Patricio, con el ceño fruncido, cruzó los brazos mientras Carmen sostenía la mano fría de su amiga.

—Doctor, ella solo está así por el estrés de los exámenes finales, ¿verdad? —preguntó Patricio con tono impaciente.

El médico suspiró, revisó los expedientes y los miró con seriedad antes de responder:

—Señorita Riquelme, los resultados de los análisis muestran un cuadro severo de anemia. Necesita alimentarse bien y cuidarse muchísimo... por el bien de los dos.

El silencio sepulcral llenó el consultorio. Patricio parpadeó, perplejo, y frunció el ceño con desconcierto.

—¿Disculpe, doctor? ¿Cómo que por el bien de los dos? No entiendo de qué habla —interrogó Patricio, mirándolos con suspicacia.

—¿Ah, no lo saben? Felicidades, está usted embarazada, tiene aproximadamente dos meses de gestación —respondió el médico con una sonrisa amable, sin notar la bomba que acababa de detonar.

Para Anastasia, el mundo entero se derrumbó en un segundo. Sus ojos miel se llenaron de lágrimas desbordadas y comenzó a sollozar con tanta fuerza que su cuerpo entero temblaba. Carmen, creyendo erróneamente que se trataba de lágrimas de emoción, la abrazó con ternura.

—¡Ay, amiga, vas a ser mamá! ¡Qué alegría, felicidades! —exclamaba Carmen con una sonrisa radiante.

—No... no, no es eso... —balbuceaba Anastasia negando con la cabeza desesperadamente, ahogada en el llanto.

Patricio, por su parte, sintió una rabia ciega e irracional. Al ver que ella no mostraba la felicidad que él esperaba y al inferir que el hijo no era suyo, dio un paso atrás, con el rostro contraído por la furia.

—¿Embarazada? ¿Y con lágrimas en los ojos? Te burlaste de mí, maldita sea. ¡Me das asco! —gritó Patricio con desprecio, dándose la vuelta de golpe.

—¡Patricio, espera, no te vayas! —le gritó Carmen indignada.

—¡Que se quede con su mentira y su bastardo! ¡A mí que no me busque! —espetó Patricio furioso, saliendo del consultorio de un portazo y dejándolas a ambas solas.

Minutos después, tras calmarse levemente y escuchar las indicaciones médicas sobre los cuidados prenatales, Anastasia regresó a su departamento. Al entrar, cerró la puerta con seguro, se dejó caer de rodillas en medio de la sala y comenzó a llorar desconsoladamente mientras se tocaba el vientre plano.

—¿Por qué? ¿Por qué a mí? —se lamentaba entre sollozos desgarradores, acariciando su piel con repulsión y dolor—. Tú no tienes la culpa de nada... no eres un monstruo, pero vienes de uno... Dios mío, ayúdame.

Pasaron los meses siguientes entre la sombra de la depresión y el avance inevitable del embarazo. Anastasia logró terminar la carrera y graduarse con máximos honores, vistiendo la toga con una elegancia trágica. En ese periodo, Patricio se acercó nuevamente a ella, aprovechándose de su vulnerabilidad. Con una falsa actitud de redención, la buscó en su departamento.

—Anastasia, sé que reaccioné mal en el médico, pero recapacité. Te amo y quiero hacerme cargo de ti y del niño. Cásate conmigo yo te voy a ayudar en todo —le prometió Patricio con voz suave, clavando sus ojos oscuros en los de ella.

Carmen, que estaba presente, intervino de inmediato con tono de advertencia:

—¡Anastasia, estás cometiendo una locura! No hagas esto. Hay miles de mujeres que salen adelante solas con sus hijos, no necesitas atarte a este machista.

Pero Anastasia, exhausta, quebrada y sintiéndose completamente sola en el mundo extranjero, ignoró el consejo de su mejor amiga.

—Acepto, Patricio... cásate conmigo —murmuró ella con voz inerte.

Se casaron por lo civil en una ceremonia íntima y fría. Al principio, durante las primeras semanas, todo parecía marchar en calma; Patricio cumplía su palabra y no la presionaba. Sintiéndose obligada a dar una señal de vida a su familia, Anastasia tomó el teléfono y llamó a sus padres.

—Mamá... papá... les llamo para decirles que me casé y estoy esperando un hijo —dijo Anastasia con la voz temblorosa al otro lado de la línea.

Del otro lado, Adriel Valenzuela —el temido "tiburón de los negocios"— sintió que la sangre le hervía. Con la voz ronca por la ira contenida, respondió de inmediato:

—¿Casada? ¿Y embarazada? Mira, muchachita, ni se te ocurra decirme quién es ese infeliz o a qué se dedica. Deja que yo mismo lo investigue y te aseguro que se arrepentirá de haberte puesto un dedo encima.

Anastasia, sintiendo que su padre la juzgaba en lugar de apoyarla, estalló en cólera:

—¡Eres un maldito arrogante! ¡Siempre lo mismo, crees que puedes controlarlo todo! ¡No te voy a decir nada!

En ese momento, su madre, Natalia Herrera de Valenzuela, le arrebató el teléfono de las manos a Adriel, interviniendo con voz suplicante pero firme:

—Hija por favor trata de entender a tu padre, estamos preocupados venimos a buscarte...

—¡Olvídense de mí! ¡Olvídense de que tienen una hija! —gritó Anastasia con furia antes de colgar abruptamente el teléfono.

En su despacho privado, Adriel colgó el auricular con el rostro ensombrecido por la rabia. De inmediato, llamó a su equipo de confianza.

—Investiguen a fondo con quién se casó mi hija menor. Quiero saber cada maldito detalle de su vida, sus antecedentes y sus intenciones en menos de veinticuatro horas —ordenó el magnate con voz helada.

Al día siguiente, los informes llegaron a su mesa. Adriel y Natalia leyeron los expedientes de Patricio Zapata descubriendo su naturaleza mezquina, machista y manipuladora. Se miraron con profunda angustia, sabiendo que las decisiones de su hija eran tercas, pero jurando en silencio mantener una red de protección invisible alrededor de ella, cueste lo que cueste.

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Graciela Saiz
pero si la empresa era familiar, debe haber parte de su madre y sus hermanos 🤷
Graciela Saiz
que mujer tan tonta 🤷
Tere Jimenez
muy buena tu novela hermosa ojalá y nos regales el final muchas felicidades y muchos éxitos más para ti un abrazo
Naibelys Perez: un millón de gracias ❤️ bendiciones 🫂🥰
total 1 replies
Tere Jimenez
muy interesante la novela gracias
Mar Sol
¿Cómo es posible que Anastasia sea tan boba? a ella le han hecho la vida imposible, patricio y su madre, no se pone a pensar que su pequeño, puede ser víctima de violencia y lo peor que sus padres lo saben y ni así cree, si a ella le gusta que la maltraten, que lo viva, pero el niño, no.
Mar Sol
Ese cobarde de Patricio y su madre son despreciables, me pregunto ¿dónde está la vigilancia de la familia de Anastasia, por que eso fue lo que dijo el padre de ella.
Mar Sol
Una novela que muestra, que la comunicación es importante en la familia, por cualquier cosa que se presente.
neumidia ruiz
hermosa historia! quiero que paguen los que drogaron a. armero y tambien que la pareja tenga gemelos seria genial para el hermano mayor 👏👏👏👏
neumidia ruiz
hermosa historia! quiero que paguen los que drogaron a. armero y tambien que la pareja tenga gemelos seria genial para el hermano mayor 👏👏👏👏
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