Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 20
Desde hoy eres mi conejita
En el privado del cumpleaños de Patricio, la bolsa de regalo se volvió el chisme de la noche.
—A ver, a ver. —Patricio se la arrebató de la silla antes de que Max se lo impidiera y sacó, ante el aplauso general, un conejo de peluche blanco, gordo, con una zanahoria entre las patas—. ¿Y esta ternura para quién es, Maximiliano? ¿Desde cuándo el hombre de hielo carga peluches?
—Devuélvemelo —dijo Max, sin gracia.
—Y eso de aquí. —Patricio le señaló la comisura de la boca, donde una marca pequeña, inconfundible, delataba un mordisco—. ¿También te lo hizo el conejito?
Risas. Max se guardó el peluche en la bolsa sin contestar. Y habría quedado ahí, en la burla amistosa de siempre, si uno de los invitados, ya entrado en copas, no hubiera abierto la boca de más.
—Yo lo que oí es que anda tras una que ya tiene novio —dijo, con esa crueldad tibia del que cree que hace un chiste—. Aguas, Max. De casada o de comprometida no sacas más que el papel de amante. Córtale mientras puedas, hermano.
El privado se enfrió de golpe. Max se levantó despacio, y algo en su cara hizo que el otro cerrara la boca demasiado tarde.
—Cállate —dijo Max, muy bajo, que era como decía las cosas cuando iban en serio. Tomó su saco y su bolsa y salió sin despedirse de nadie.
Patricio lo vio irse y negó con la cabeza, medio sonriendo, medio preocupado. Él ya había atado los cabos hacía rato. La marca en la boca, el peluche, el humor de perro. Solo una mujer ponía así a Maximiliano Alcázar, y Patricio empezaba a sospechar exactamente cuál.
—
Abajo del edificio de Iztapalapa, Max apagó el motor y no bajó.
Sacó el conejo de la bolsa y lo puso en el asiento del copiloto, donde una semana atrás ella se había quedado dormida. Lo miró un rato largo bajo la luz del farol. Gordo, blanco, con esa cara boba de no entender nada. Cuanto más lo miraba, más se parecía a ella —a la manera en que ella lo miraba a él, entre asustada y terca, sin entender en qué se estaba metiendo.
—Esto ya se está volviendo enfermizo —le dijo al peluche, en voz alta, y se rió de sí mismo, solo, en el coche—. Le compro juguetes. Le tiro las pantuflas. La sigo hasta acá. —Se pasó la mano por la cara—. Estoy mal de la cabeza.
Se lo quería dar. Con esa excusa subió.
—
Camila estaba en el teléfono cuando le abrió, y no colgó.
—Sí, Andrés, no te preocupes —decía, dándole la espalda a Max, buscando dónde meterse en el cuartito diminuto—. El sábado saco a Peso temprano y… ¿un café después? Pues, este… sí, podría ser, deja ver…
Max cerró la puerta detrás de sí. Cruzó el cuarto en tres pasos. Y mientras ella seguía hablando, se paró detrás, le apartó el pelo del cuello y le rozó la piel con los labios, despacio, a propósito.
Camila se tensó entera. Le hizo una seña furiosa de que parara. Él no paró. La fue rodeando, una mano en su cintura, la boca subiéndole por el cuello, mordisqueándole el borde de la oreja, callado, terco, mientras del otro lado de la línea Andrés seguía proponiendo planes que ella ya no alcanzaba a oír bien porque la respiración se le estaba descomponiendo.
—El… el sábado mejor no —dijo Camila al teléfono, con la voz quebrándose donde no debía—. Perdón, Andrés, me… me surgió algo. El paseo sí, el café no. Te… te marco luego.
Colgó. Se giró hacia Max, temblando de coraje y de otra cosa.
—¿Estás contento? —le espetó—. ¿Eso querías? ¿Que quedara como una loca?
—Sí. —Ni siquiera fingió pena—. No vas a tomar café con él.
—¡No eres mi dueño! —La voz se le rompió. Y de repente, sin planearlo, se le llenaron los ojos y se le desbordaron, de puro agotamiento, de todo lo de las últimas semanas junto—. No puedes… no puedes andar decidiendo por mí, y metiéndote a mi casa, y… no soy tuya, Max. No soy de nadie. Y tú me tratas como si…
Se le quebró la voz del todo y se echó a llorar, tapándose la cara con las manos.
Max se detuvo en seco.
La había besado sin querer una lágrima —salada, tibia— y esa gota lo frenó como no lo habría frenado ningún grito. Por segunda vez, el llanto de ella lo desarmó por completo. Se quedó parado, torpe, con las manos en el aire sin saber dónde ponerlas, él, que sabía exactamente qué hacer en cualquier junta, en cualquier pelea, en cualquier cama, sin saber qué hacer frente a una mujer que lloraba por su culpa.
—Ya. Ya. —Le bajó las manos de la cara con cuidado, agarró una manta de la cama y se la puso sobre los hombros, cubriéndola—. No llores. Ya, perdón. Me pasé. —Y después, muy bajo, algo que casi nunca decía—: Tú ganas. Yo perdí. Ya no.
Camila hipó, sorbió, se limpió con el dorso de la mano, y lo miró desconcertada. Ese hombre enorme y arrogante, pidiéndole perdón como un niño regañado, no cuadraba con nada.
Max se levantó. Fue hacia la puerta. Puso la mano en la manija. Y se quedó ahí un segundo, dándole la espalda, peleando con algo. Después volvió sobre sus pasos, metió la mano en la bolsa de regalo y sacó el conejo blanco, gordo, con su zanahoria, y se lo puso en los brazos sin mirarla a los ojos.
—Toma. —Carraspeó—. Ya no te enojes.
Camila bajó la vista al peluche mullido entre sus manos, y algo se le ablandó por dentro sin permiso.
—Se parece a ti —dijo Max, ya desde la puerta, recuperando de a poco el aplomo, aunque las orejas se le habían puesto rojas—. Chiquita, asustadiza, y con una cara de no entender nada. —Abrió la puerta. Y antes de salir, la miró por encima del hombro, y lo dijo en serio, con esa manera suya de dictar sentencias—: Desde hoy eres mi conejita. Mía. Aunque todavía no lo sepas.
Se fue.
Camila se quedó sola en medio del cuarto, abrazada a un conejo de peluche que olía apenas a él, con las mejillas todavía húmedas y el corazón haciendo algo que no le había pedido permiso para hacer. Miró la puerta cerrada. Miró el peluche. Y se dio cuenta, con un susto nuevo y hondo, de que ya no sabía en qué momento habían dejado de darle miedo esas dos cosas —él, y la idea de ser suya.