Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
NovelToon tiene autorización de Fer. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte 18
Noah
Grace estaba embarazada. Ella de verdad estaba embarazada.
Sentía que todo se movía en cámara lenta, como si el tiempo se hubiera detenido solo para que mi corazón pudiera latir a mil por hora.
Mierda... sería papá.
Casi pierdo a la madre de mi hijo.
Casi pierdo a mi hijo.
Casi pierdo todo sin darme cuenta.
El suelo parecía tambalear bajo mis pies, aunque en realidad era yo quien se estaba mareando. Me apoyé contra la pared, buscando un poco de aire, mientras veía a mi mentor correr con Grace. Su voz resonaba en mi cabeza, firme, implacable: que debía enfocarme, que debía volver a ser profesional.
Mis compañeros me observaban confundidos. Fue uno de ellos quien, al reconocerla, se giró hacia mí con los ojos abiertos de par en par, como si hubiera descubierto algo imposible.
—La paciente necesita estabilizarse, está embarazada. ¡Debemos verificar cómo está el feto! —gritó una de las enfermeras de obstetricia.
El ambiente se volvió aún más caótico. Gritos, órdenes cruzadas, pasos apresurados. El eco de la palabra embarazada parecía retumbar en cada rincón del hospital.
—¿Es tuyo? —preguntó mi compañero, con voz incrédula.
Asentí lentamente. No necesitaba decir más.
Sabía que no podía ser de nadie más. Sabía que ella jamás había querido nada casual, que siempre fue clara con lo que no aceptaría en su vida. Y aun así, lo había hecho conmigo.
Aunque... eso era mentir. Lo sabía. No lo había hecho "porque sí". Lo había hecho porque me amaba.
Amor. Esa era la respuesta.
Estaba enamorado de mí. Y yo, tan ciego, tan estúpido, no lo supe ver a tiempo.
Sentí una presión insoportable en el pecho. No podía perderla. No podía perderlos. No podía perder a mi mundo entero. El simple pensamiento me desgarraba desde dentro. Si algo le pasaba, si no sobrevivía, no podría soportarlo. Juro que no podría.
Me prometí, en silencio, que si salía de esta le dedicaría mi vida entera. Remediaría cada error, cada herida, cada ausencia. Le daría mi mundo entero, mi alma entera. Solo la necesitaba con vida.
Cuando terminé de atender al hombre que traían con ella —supe por los papeles que era su editor—, me dirigí a la pequeña capilla del hospital. No recordaba la última vez que había pisado ese lugar. Mis pasos eran pesados, como si cargara un tonelaje invisible.
Allí, frente a las luces titilantes y al olor tenue a cera, me derrumbé. Por primera vez en años, recé. Y por primera vez en mucho tiempo, lloré con el corazón en las manos.
—No la dejes ir, Dios... ni a mi bebé, ni a ella. Los quiero conmigo. Te lo suplico, no permitas que sufran por mi culpa. Llévame a mí, quítame lo que quieras, pero no a ellos. Yo pagaré cada cosa que deba, cada error, cada pecado. Solo... no me los quites.
Las lágrimas rodaban sin freno. No me importaba que alguien pudiera verme. Allí, arrodillado, entendí que en un solo día había descubierto lo que era el verdadero miedo.
El miedo a perder lo que amas.
Un día pasó hasta que logré contactarme con Emma. Ella fue quien habló con los padres de Grace, y esa misma noche aterrizaron en el país.
—¡Eres un idiota! —fue lo primero que escuché de Emma, seguido de un golpe en el hombro—. Te la dejé encargada, te pedí que la cuidaras.
Su voz se quebró al final. Emma sollozaba, y un hombre —su pareja, supuse— le puso una mano firme en los hombros para sostenerla. Ella se dejó caer en él, mientras la madre de Grace se acercaba lentamente hasta la cama donde su hija permanecía inconsciente.
Con un gesto tembloroso, la mujer acarició el rostro pálido de Grace. Tenía los labios resecos, los ojos cerrados, y un tubo le ayudaba a respirar. Verla así me atravesaba el alma.
—¿Es prudente que siga con el embarazo? —preguntó la madre de Grace, mirándome con dureza, aunque sin rencor. Había dolor en su voz, no odio—. Si le hace daño, es mejor que... se quite.
Su mirada se clavó en la mía. No me despreciaba, pero tampoco me tenía aprecio. Y lo entendía.
—Estamos haciendo lo mejor para ambos —le respondí, con un nudo en la garganta.
Pero en el fondo lo sabía: Grace jamás me perdonaría si le quitaba a ese bebé. Conocía demasiado bien el anhelo que siempre había tenido de ser madre. Ese deseo era parte de ella, de su esencia.
Los días fueron pasando, uno tras otro, en una rutina que se convirtió en mi única forma de respirar. Cada hora libre que tenía, iba a verla. Incluso cuando comía, lo hacía sentado a su lado, vigilándola, cuidándola, tratando de convencerme de que de alguna manera mi presencia podía ayudar.
Dormía en un sillón junto a su cama, encogido, con la ropa aún con olor a hospital. Sus padres se quedaban cuando yo no podía. Y cuando mi madre llegó del pueblo, también estuvo pendiente de ella... aunque conmigo no tuvo piedad.
—Yo pensé que había criado un hombre, pero terminé criando un niño —me dijo, mirándome a los ojos como solo una madre puede hacerlo—. ¿Cómo le vas a hacer eso a una gran mujer? Debes hacer mejor las cosas, Noah.
Sus palabras me atravesaron. Sabía que tenía razón.
Los días eran eternos. Cada vez que podía, acariciaba el rostro de Grace con la yema de mis dedos, como si al tocarla pudiera devolverle el color a su piel. Se veía tan cansada, tan frágil. No solo debíamos cuidarla a ella: teníamos que proteger también a nuestro bebé.
Mientras tanto, yo adelantaba todo lo posible en la especialización, agotándome más de la cuenta, porque lo único que quería era liberar tiempo para estar con ella. Mi mundo se había reducido a dos cosas: mi bata blanca y el cuarto donde Grace luchaba por seguir respirando.
Una semana desde el accidente. Ese era el límite. Una semana de respirador. Hoy por fin debíamos desconectarlo.
El aire en el pasillo era denso, pesado, cargado de nerviosismo. Todos lo sabíamos: si su cuerpo no reaccionaba... no habría vuelta atrás.
Y el miedo, ese maldito miedo, me apretaba el pecho con una fuerza brutal.
—Señorita Grace —mi mentor ayuda a llamarla, su voz cargada de urgencia.
Yo le sujeto la mano con fuerza, casi con miedo de que se me escape entre los dedos. Siento su piel tibia, frágil, como si en cualquier momento pudiera desvanecerse.
La observo con desesperación, cada segundo se vuelve eterno. Su respiración es débil, pero ahí está, como un suspiro aferrado a la vida. El silencio del helicóptero se mezcla con el ruido del motor, pero todo lo demás desaparece: solo existimos ella, yo, y ese instante suspendido en el aire.
Mi corazón late desbocado, lo siento atragantado en mi garganta, como si quisiera salirse de mi pecho. Veo cómo, poco a poco, Grace reacciona, sus párpados tiemblan, luchando por abrirse, como si regresara desde lo más profundo de la oscuridad.
Y en ese gesto mínimo, en esa batalla silenciosa por despertar, mi mundo entero se tambalea.