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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.8k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 13: El cajón de los secretos.

Cassidy llegó a la mansión a las ocho de la noche y encontró a Sebastián sentado en la sala como si nunca se hubiera ido.

Estaba en el sofá grande, el que ella usaba, con las piernas cruzadas, un whisky en la mano y la corbata aflojada. A su lado, sobre la mesa de cristal, había una maleta abierta, un maletín de cuero y un sobre manila que Cassidy reconoció al instante: papel legal, sello de juzgado, lenguaje de abogado.

—¿Qué mierda haces aquí?

Sebastián le dio un trago al whisky sin prisa.

—Vivo aquí.

—Vivías abajo, en el cuarto de servicio. Ese fue el trato.

—El trato cambió. —Le extendió el sobre—. Orden judicial. El juez Paredes determinó que, en el marco del periodo de reconciliación, ambos cónyuges deben compartir la vivienda en condiciones equitativas. Eso significa que no puedes mandarme al cuarto de la plancha, Emilia. Tengo derecho a una habitación digna en mi propia casa.

—Tu propia casa. —Cassidy agarró el sobre y lo abrió. Leyó por encima. Lenguaje legal, sellos, firmas. Parecía legítimo—. ¿El juez Paredes? ¿El mismo que juega golf con tu abogado los domingos?

Sebastián no contestó. No le hizo falta. La sonrisa le contestó por él.

Cassidy apretó el papel con las dos manos. Le ardía la sangre. Quería arrancarle esa sonrisa de la cara con los dientes, agarrar el vaso de whisky y estampárselo en la frente, sacarlo a patadas de la sala, de la casa, de su vida.

Pero no podía.

El papel era real. El sello era real. Y aunque el juez estuviera comprado hasta las cejas, pelear una orden judicial tomaba tiempo, dinero y un escándalo público que Sofía del Valle le había dicho claramente que debía evitar.

En Arizona habría resuelto esto con un revólver y una pala. En esta época necesitas tres abogados y un mes de papeleo para echar a alguien de tu propia casa. Qué progreso.

—Está bien —dijo Cassidy—. Quédate. Pero escúchame bien, Sebastián: si te encuentro en mi habitación, si subes al segundo piso sin avisarme, si tocas mis cosas o te sientas en mi silla, te rompo la otra clavícula. Y no me importa lo que diga tu juez de golf.

—Tu habitación. Tu silla. Tus cosas. —Sebastián ladeó la cabeza—. Para ser una mujer que quiere el divorcio, te aferras mucho a esta casa.

—Es mi casa.

—Por ahora.

Se miraron. Cassidy midiendo si valía la pena romper una orden judicial por la satisfacción de sacarlo a rastras. Sebastián midiendo cuánto más podía provocarla antes de que le cayera encima otro golpe con un palo de hierro.

Cassidy se dio la vuelta y subió las escaleras sin decir otra palabra.

No iba a dormir esa noche. No con esa rata instalada abajo, con una orden de un juez comprado en el bolsillo y esa sonrisa de ganador que a Cassidy le provocaba arrancársela con las manos.

Pero la rabia servía. La rabia siempre servía. En el Viejo Oeste, la rabia te mantenía despierta cuando tenías que montar guardia toda la noche. Aquí era igual, solo que en vez de vigilar el campamento con un rifle, vigilabas con una laptop.

Se encerró en el despacho del segundo piso. Abrió la computadora de Sebastián, la que él había dejado ahí cuando Cassidy lo echó de la habitación principal semanas atrás. No se la había llevado porque probablemente pensó que Emilia no sabría ni encenderla.

Y habría tenido razón. Hace tres semanas.

Pero Cassidy llevaba tres semanas con YouTube y una determinación que no conocía obstáculos. Había aprendido a encender la laptop, a abrir el navegador, a buscar archivos, a entrar al correo. Lo que no había aprendido era a hackear contraseñas, pero no le hizo falta: Sebastián usaba la misma para todo. La fecha de su cumpleaños. Cassidy lo sabía porque los recuerdos de Emilia se lo susurraron como un fantasma servicial.

Tu contraseña es tu cumpleaños, Sebastián. En mi época, los ladrones escondíamos el oro bajo piedras y nunca usábamos el mismo escondite dos veces. Y tú, genio del siglo veintiuno, pones tu cumpleaños como contraseña. Mereces que te roben.

El correo se abrió.

Miles de mensajes. Cassidy empezó por los más recientes y fue bajando. Correos de trabajo, informes, invitaciones a eventos, basura publicitaria. Nada útil en la primera capa. Pero Cassidy era ladrona. Sabía que lo valioso nunca está a la vista. Hay que cavar.

Buscó «Marcos Peña.» Aparecieron cientos de correos. Los fue abriendo uno por uno. La mayoría eran operativos: cifras, reportes, aprobaciones de gastos. Pero entre la basura empezaron a aparecer otros. Correos con un tono diferente. Más cortos. Más directos. Sin formalidades.

«Marcos, necesito que la transferencia a Inversiones del Pacífico salga esta semana. Sin registro en el sistema principal. Usa la cuenta alterna.»

«Marcos, el contrato con Servicios Integrales ya está firmado. Asegúrate de que la facturación coincida con el monto real. Si la gorda pregunta, dile que es mantenimiento de los edificios.»

Si la gorda pregunta.

Cassidy leyó esa línea tres veces. Apretó los labios hasta que le dolieron.

La gorda. Así me llamaban entre ellos. La gorda que no entendía nada y firmaba lo que le ponían delante.

Siguió buscando. Encontró un correo de Marcos a Sebastián, de hacía seis meses:

«S, el abogado dice que la declaración de incapacidad necesita un diagnóstico psiquiátrico. Necesitamos que un médico certifique que Emilia no está en condiciones de manejar sus bienes. ¿Tu contacto en el hospital puede hacer eso? Con un diagnóstico firmado, el trámite tarda tres meses y te quedas con el control total. Ella ni se va a enterar.»

Cassidy soltó el aire despacio. Muy despacio.

Incapacidad. Querían declararla incapaz. Meterle un diagnóstico falso, quitarle el control de su empresa, dejarla como un vegetal legal que no puede ni firmar un cheque. Y lo habían estado planeando durante meses.

No les bastaba con robarme. Querían borrarme del mapa por completo.

Pero había más. Cassidy siguió bajando, correo tras correo, con la mandíbula tan apretada que le crujían los dientes. Y entonces encontró uno que la detuvo en seco.

No era de Marcos.

Era de Andrea.

Enviado a Sebastián. Un día antes de que Emilia entrara en coma. Un solo párrafo. Sin saludo, sin firma, sin formalidades.

«Ya hablé con Dorotea. Ella sabe qué hacer con las pastillas. Mañana por la noche, en el té. Cuando despierte —si despierta— el diagnóstico ya va a estar listo. Si no despierta, mejor. Tú heredas todo y nos ahorramos el trámite. De nada.»

Cassidy dejó de respirar.

Leyó el correo otra vez. Palabra por palabra. Letra por letra.

«Ya hablé con Dorotea. Ella sabe qué hacer con las pastillas.»

«Mañana por la noche, en el té.»

«Si no despierta, mejor.»

El cuarto le dio vueltas. Se agarró del borde del escritorio con las dos manos. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en las sienes, en las muñecas, en la garganta. No era miedo. Era algo más grande que el miedo. Más oscuro. Más pesado.

Emilia no intentó suicidarse.

No tomó nada por su cuenta. No eligió morirse. No se rindió.

Dorotea le puso algo en el té. Por orden de Andrea. Con el conocimiento de Sebastián.

La envenenaron.

La envenenaron como a un perro viejo al que quieres sacar del camino. Le pusieron veneno en el té con la esperanza de que no despertara, y si despertaba, ya tenían listo el diagnóstico psiquiátrico para declararla incapaz y quedarse con todo.

No fue suicidio. Fue un intento de asesinato.

Los recuerdos de Emilia explotaron dentro de su cabeza como cristales rotos. La taza de té. Dorotea trayéndosela al cuarto de servicio esa noche. «Tome, señora, le preparé un tecito para que descanse.» El sabor amargo que Emilia notó pero no cuestionó porque Dorotea siempre le hacía el té así. El ardor bajando por la garganta. El mareo. El piso acercándose. La oscuridad.

No te mataste, Emilia. Te mataron. Intentaron matarte. Y cuando no moriste, iban a encerrarte en vida.

Cassidy cerró la laptop. Se levantó de la silla. Le temblaban las piernas. Le temblaban las manos. Le temblaba todo el maldito cuerpo.

Caminó al baño. Cerró la puerta. Se agarró del lavabo y se miró en el espejo. La cara de Emilia le devolvió la mirada: los ojos oscuros, la papada, las mejillas anchas, la boca apretada. La cara de una mujer a la que intentaron asesinar y el mundo entero creyó que se había matado sola.

No te moriste, Emilia. Yo me morí. Una bala por la espalda en un camino de Arizona, por culpa de un imbécil y un reloj de oro. Sé lo que se siente que te traicionen. Sé lo que se siente morirse por culpa de otro. La diferencia es que yo ya estaba muerta cuando me enteré. Tú no alcanzaste a enterarte de nada.

Se lavó la cara con agua fría.

Pero yo sí me enteré. Y ahora sé la verdad.

Se secó. Se miró al espejo otra vez. La rabia le había endurecido la cara hasta convertirla en algo que no era ni Cassidy ni Emilia. Era algo nuevo. Algo que ninguno de ellos —ni Sebastián, ni Andrea, ni Marcos, ni el juez comprado, ni nadie— había visto todavía.

Ya no es venganza por humillación. Ya no es rabia por un cuarto de servicio y unos trapos viejos. Esto es otra cosa.

Volvió al despacho. Sacó el teléfono, le tomó fotos a cada correo. Uno por uno. El de las transferencias. El del plan de incapacidad. Y el de Andrea. Sobre todo el de Andrea.

Guardó el teléfono. Apagó la laptop. La dejó exactamente donde estaba, exactamente como estaba.

Abrió la puerta del despacho y se asomó al pasillo. Silencio. Abajo, la luz de la sala estaba apagada. Sebastián se habría ido a dormir a la habitación que la orden del juez le concedía.

Dormía tranquilo.

Dormía en la casa de la mujer que intentó matar, con una orden judicial en el bolsillo y un whisky en la sangre, convencido de que seguía ganando.

Cassidy cerró la puerta despacio.

Duerme, Sebastián. Duerme tranquilo. Porque cuando termine contigo, no vas a volver a dormir en tu puta vida.

Se acostó en la cama grande. No durmió. Se quedó mirando el techo con los ojos abiertos y las fotos de los correos ardiendo en el teléfono como balas guardadas en un revólver.

Tenía munición.

Ahora necesitaba apuntar bien.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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