Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 4
Camila
La mañana siguiente amanece tranquila, casi engañosa.
Desayunamos en silencio. Nicolás revisa su reloj más de una vez mientras bebe el café. Yo lo observo de reojo, sentada frente a él, sin apuro. El sonido de la cucharilla contra la taza es lo único que rompe la quietud.
De pronto, se pone de pie.
—Tengo que irme —dice—. Hoy tengo un juicio.
Asiente para sí mismo, como si confirmara algo que ya sabía desde antes de sentarse a la mesa. Va hacia su despacho y regresa con el maletín. Da un último sorbo al café, ya frío.
—¿Ya te vas? —pregunto, más por costumbre que por necesidad.
—Sí. Se me hace tarde.
—Está bien —respondo—. Que te vaya bien.
—Gracias.
Se inclina y me besa la mejilla con rapidez. Luego se va, cerrando la puerta con cuidado, como si no quisiera despertar nada.
Termino de desayunar sola. Me levanto, recojo la taza y me preparo para subir a cambiarme. Aún no he llegado a las escaleras cuando escucho el timbre.
No espero a nadie.
Tamara me avisa desde la entrada.
—Señora Camila, es la mamá del señor Nicolás.
Me detengo un segundo antes de responder.
—Que pase, por favor.
Morelia entra con una sonrisa amplia y una bolsa en la mano, como si hubiera salido a hacer compras sin ningún apuro. Su presencia contrasta con la casa: no por desentonar, sino por lo sencilla que es.
Tiene el cabello negro, recogido con descuido, y los ojos marrones, iguales a los de su hijo. El tiempo ya empieza a marcarle el rostro, pero no le quita dulzura. Al contrario, parece darle más verdad.
—Camila, querida —dice, acercándose para abrazarme—. Qué gusto verte.
—Morelia, qué sorpresa — le devuelvo el abrazo.
—Pasaba por aquí —explica—. Fui al mercado y pensé en mi nieto. No pude resistirme.
—Está arriba. Ven a verlo.
Sus ojos se iluminan.
Subimos juntas. Apenas ve a Alvarito, se le olvida todo lo demás. Lo toma en brazos con torpeza amorosa, lo observa como si fuera lo más importante del mundo.
—Mira nada más —murmura—. Cada día está más grande. Y tan bonito.
—Eso parece.
—¿Y Nicolás? —pregunta sin dejar de mirarlo—. Pensé que estaría aquí.
—Tuvo que irse temprano. Tiene una audiencia hoy.
Su expresión cambia apenas.
—Pobre hijo mío… —dice—. Esta semana casi no lo vi. Me dijo que estaba con mucho trabajo. Por eso aproveché que salí y pasé por aquí.
Besa la frente del bebé con cuidado y me lo devuelve.
—No quiero quitarte más tiempo —agrega—. Seguro tienes que irte a trabajar.
—No te preocupes —respondo—. Puedes quedarte un rato. ¿Te tomas un café conmigo?
Sonríe, agradecida.
—Claro que sí.
Nos sentamos en el living. Tamara nos sirve café. Morelia lo toma entre las manos como si fuera un pequeño ritual.
—Este lugar siempre es tan silencioso —comenta—. Es bonito.
No respondo.
Da un sorbo y luego me mira con atención, sin invadir.
—Camila… —dice con cuidado—. Ustedes están bien, ¿verdad?
No hay reproche en su voz. Solo preocupación.
—Sí —respondo sin dudar—. Estamos bien.
—Es que... he visto a Nicolás muy preocupado últimamente. Tal vez solo sea por el trabajo.
—Claro, eso es —aclaro—. Los dos tenemos mucho trabajo. A veces casi no coincidimos, pero todo marcha bien.
Asiente, tranquila.
—Mientras haya respeto y cariño, lo demás se acomoda —dice—. Nicolás te quiere mucho. Siempre habla de ti con orgullo.
Bajo la mirada hacia la taza.
—Gracias, Morelia.
Se queda un rato más. Habla del barrio, de las vecinas, de pequeñas cosas que no pesan. Antes de irse, pide despedirse de su nieto.
—Cuídense —dice—. Los tres.
La veo marcharse con la misma sencillez con la que llegó.
Cuando la puerta se cierra, el silencio vuelve a ocupar la casa. Me quedo unos segundos inmóvil, con la sensación de que hay personas que aman sin pedir nada… y otras que aman esperando algo a cambio.
Subo a cambiarme. Luna Holdings me espera.
La mañana avanza entre informes y llamadas cuando el teléfono de mi escritorio suena.
—Camila Luna —digo.
—Camila, qué gusto escucharte —responde una voz conocida—. Habla Héctor Echeverría.
Enderezo la espalda de inmediato.
—Señor Echeverría, el gusto es mío.
—Bien. No te quitaré mucho tiempo. Estoy de regreso en la ciudad y pensé que sería una buena oportunidad para retomar esa cena que tenemos pendiente contigo y con tu esposo ¿Qué te parece esta misma noche?
Miro mi agenda abierta frente a mí. Repaso mentalmente el día, los compromisos, las reuniones. No hay nada que no pueda esperar.
—Esta noche está bien —respondo—. Podemos encontrarnos.
—Perfecto. Te envío la dirección del restaurante. ¿A las 21 está bien?
—Me parece bien. Ahí estaremos —aseguro.
—Excelente. Hasta entonces.
Cuelgo y me quedo unos segundos inmóvil. Luego hablo por el intercomunicador.
—Nora ¿Sabes si Nicolás ya regresó a la empresa? —pregunto a mi asistente.
—Sí, licenciada. Lo vi llegar hace rato.
—Gracias.
Me levanto sin pensarlo demasiado. Camino por los pasillos de Luna Holdings con la seguridad que el cargo exige, aunque sé que no es habitual que me dirija a esa ala del edificio. No suelo pasar por la oficina de Nicolás. Nuestros encuentros aquí se limitan a salas de juntas, reuniones formales, espacios donde cada uno ocupa un rol claro.
Me detengo en el umbral de su oficina antes de entrar. La puerta está entreabierta.
—Te lo dije —escucho decir a Arturo, su amigo—. Era un caso difícil, pero lo resolviste con precisión. Ganar un juicio así no lo logra cualquiera.
—Fue trabajo en equipo —responde Nicolás—. Nada más.
—No seas modesto —insiste Arturo—. Esto habla de lo constante que eres. De lo dedicado que estás a lo que haces.
Me sorprende la sensación que me recorre al escucharlo. Una especie de orgullo silencioso. Sé cuánto trabaja Nicolás. Lo veo cada día. Sé lo que le exige su profesión.
—Esta noche tenemos que festejar —continúa Arturo—. Te lo debes.
Doy un paso al frente.
—Me temo que el festejo tendrá que esperar, Arturo.
Ambos se giran hacia mí. Nicolás se pone de pie de inmediato, claramente sorprendido.
—Camila… —dice—. Qué sorpresa verte aquí. ¿Ocurrió algo? ¿Pasó algo con el niño?
—No —respondo—. Todo está bien.
Arturo sonríe, entendiendo que su presencia ya no es necesaria.
—Los dejo —dice—. Felicitaciones otra vez.
Sale, cerrando la puerta tras de sí.
Nicolás se queda frente a mí, todavía desconcertado.
—No sueles venir por aquí —dice—. Pensé que había pasado algo grave.
—Vengo a avisarte que no hagas planes para esta noche.
Frunce el ceño apenas.
—¿Por qué?
—El señor Echeverría llamó —explico—. Quiere cenar con nosotros. Recuerda que es una invitación que tenemos pendiente y me pareció buena idea aprovechar que está en la ciudad.
Asiente despacio.
—Claro —dice—. Sí, tienes razón. Mejor hacerlo hoy y cumplir con ese compromiso. Hay que mantener ciertas relaciones.
—Entonces cuento contigo.
—Por supuesto —responde.
Nos miramos unos segundos más. No hay tensión, pero tampoco cercanía. Solo acuerdo.
—A las 21. Luego nos dirá la dirección. —digo.
—Perfecto.
Me doy la vuelta y salgo de la oficina.