"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 4: El Secreto del Lobo Dormido
El bosque al amanecer era hermoso y aterrador.
Damián conducía su coche negro por un camino de tierra que serpenteaba entre árboles centenarios. Yo iba a su lado, con las manos apretadas en el regazo, tratando de ignorar lo cerca que estábamos.
En el asiento trasero, Marcus iba en silencio, con sus ojos grises fijos en mí como si esperara que hiciera algo en cualquier momento.
—¿Siempre llevas guardaespaldas? —pregunté, incómoda.
Damián no respondió.
—No es un guardaespaldas —dijo Marcus—. Es un seguro de vida. El tuyo.
—¿Mi vida está en peligro?
—Tu vida es un peligro —corrigió Marcus—. Para mi Alfa.
Antes de que pudiera responder, el coche se detuvo frente a una pequeña cabaña de madera. Humo salía de la chimenea. El olor a hierbas y a algo antiguo flotaba en el aire.
—Espera aquí —ordenó Damián.
—Pensé que Selene quería verme a mí.
—Quiere verte a ti. Pero yo entro primero.
Bajó del coche y desapareció en la cabaña. Me quedé con Marcus, que me observaba en el espejo retrovisor.
—¿Siempre eres tan desagradable? —pregunté.
—Siempre.
—¿Y duermes con los ojos abiertos?
—Cuando hay amenazas cerca.
—No soy una amenaza.
Marcus se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al mío.
—Todavía no lo sabes. Pero cuando despiertes... cuando tu lobo despierte... quizá lo seas.
Antes de que pudiera preguntarle qué demonios significaba eso, Damián salió de la cabaña y abrió mi puerta.
—Ven.
Selene era pequeña.
Tan pequeña que parecía que el viento podía llevársela. Arrugada, con el cabello blanco trenzado y unos ojos azules tan pálidos que casi parecían transparentes. Pero cuando me miraron, sentí que me atravesaban.
—Siéntate, niña —dijo con voz cascada, señalando un cojín frente a la chimenea.
Obedecí. Damián se quedó de pie junto a la puerta, como un perro guardián.
—Tú también, Alfa —dijo Selene sin mirarlo—. Esto te concierne.
Damián dudó, pero finalmente se sentó a mi lado. Tan cerca que su rodilla casi rozaba la mía.
Selene nos observó en silencio durante un largo minuto. Luego cerró los ojos.
—El vínculo es fuerte —murmuró—. Más fuerte de lo que debería. Pero algo está... bloqueado.
—Mi lobo —dije—. El curandero dijo que mi lobo está dormido.
Selene abrió los ojos y me miró fijamente.
—No está dormido, niña. Está encerrado.
Sentí un escalofrío.
—¿Encerrado? ¿Por qué?
—Eso tendrías que preguntárselo a quien te dio la poción.
El aire se congeló en mis pulmones.
—¿Cómo sabe lo de la poción?
Selene sonrió, mostrando dientes amarillentos.
—Porque huelo las mentiras, niña. Y tú hueles a hierbas viejas. A magia antigua. Alguien te silenció el lobo cuando eras pequeña. Para protegerte. O para esconderte.
Damián se tensó a mi lado.
—¿Quién fue? —preguntó.
—No lo sé —respondí—. Era una curandera. Mi madre me llevó con ella cuando yo tenía... ¿seis años? Siete? No recuerdo bien.
—¿Y tu madre?
—Desapareció.
El silencio se instaló en la cabaña.
Selene asintió lentamente.
—Tu lobo no está muerto, niña. Solo espera. Espera a que sea seguro despertar. Y cuando lo haga...
—¿Cuando lo haga, qué? —pregunté.
—Cuando lo haga, todos lo sabrán. Porque un lobo como el tuyo no pasa desapercibido.
Damián se inclinó hacia adelante.
—¿Qué clase de lobo es?
Selene lo miró con sus ojos pálidos.
—El tuyo ya lo sabe, Alfa. Por eso no puede alejarse de ella. Por eso su lobo la reclama con tanta desesperación. Porque ella no es una omega cualquiera.
—Entonces, ¿qué es? —insistí yo.
Selene sonrió.
—Eso, niña, tendrás que descubrirlo tú misma. Cuando tu lobo despierte.
Salí de la cabaña con más preguntas que respuestas.
Mi lobo no estaba dormido. Estaba encerrado. Y cuando despertara, algo cambiaría. Pero ¿el qué?
Caminaba hacia el coche, perdida en mis pensamientos, cuando un rugido de motor rompió el silencio del bosque.
Un deportivo rojo apareció por el camino de tierra, levantando polvo a su paso. Se detuvo junto a nosotros y de él bajó un hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes, vestido con una chaqueta de cuero y una sonrisa fácil que iluminaba todo a su alrededor.
—¡Hermano! —exclamó, abriendo los brazos—. Hace un mes que no vienes a verme y ¿resulta que estás de visita en la cabaña de Selene? ¿Y con compañía?
Damián se puso rígido. Literalmente sentí su cuerpo tensarse a través del vínculo.
—León. ¿Qué haces aquí?
—Selene es mi curandera también, ¿recuerdas? Vengo por mis hierbas para... —Sus ojos verdes se posaron en mí y se detuvieron.
Se detuvieron por completo.
Su sonrisa se congeló. Parpadeó una, dos, tres veces. Y entonces, algo cambió en su expresión. Algo que no supe interpretar.
—Hola —dijo, y su voz había perdido toda la ligereza de antes—. Tú debes ser...
—Lola —respondí, incómoda por la intensidad de su mirada.
—Lola —repitió, como saboreando el nombre.
Y entonces, por un instante infinitesimal, sus ojos se desviaron hacia Damián.
Fue solo un destello. Una fracción de segundo. Pero lo vi.
Y a través del vínculo, sentí algo extraño en Damián. Alarma. Alerta. Como un animal que sabe que está a punto de ser descubierto.
—León —la voz de Damián fue un látigo—. Ven, necesito hablar contigo.
—Pero...
—Ahora.
Damián lo agarró del brazo y lo apartó de mí con una violencia que no entendí. Se alejaron unos metros, hacia el lateral de la cabaña, fuera de mi vista.
Pero no fuera de mi oído.
—... ¿estás loco? —susurró Damián, pero en el silencio del bosque, los susurros viajan—. Ella no puede...
—¡Yo no voy a decir nada! —respondió León, también en voz baja—. Pero, Damián, es ella. Es la misma. Después de cinco meses, aparece aquí, vinculada a ti, y ¿esperas que me quede callado como si nada?
—Sí. Eso exactamente espero.
—Pero si tú mismo...
—¡León!
El nombre de Damián fue un golpe seco. Y luego, silencio.
Cuando regresaron, Damián tenía el rostro impasible. León, en cambio, me miraba con una expresión que no podía descifrar: curiosidad, sorpresa, y algo que casi parecía complicidad.
—Lo siento —dijo León, acercándose a mí con una sonrisa nueva, más controlada—. Ha sido un placer conocerte, Lola. Espero que mi hermano te trate bien.
—No me trata —respondí—. Me soporta.
León soltó una carcajada, pero fue una risa nerviosa, forzada.
—Eso es lo que él quiere que creas.
—León —advirtió Damián.
—Ya, ya, me voy. —León me dedicó una última mirada, larga y significativa—. Nos veremos pronto, Lola. Estoy seguro.
Subió a su deportivo rojo y arrancó. Antes de desaparecer por el camino, sacó la mano por la ventanilla y saludó.
Me quedé mirando el polvo que levantaba su coche, con una sensación extraña en el pecho.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—Nada —respondió Damián, abriendo la puerta del coche—. Sube.
—No fue nada. Ese hombre... tu hermano... me miraba como si me conociera.
—No te conoce.
—Pero...
—Que subas al coche, Lola. No pienso repetirlo.
Su voz era de hielo. Pero el vínculo... el vínculo me decía otra cosa.
Debajo de esa frialdad, Damián temblaba.
No de miedo.
De algo peor.
De algo que quería esconder a toda costa.
El viaje de regreso fue en silencio.
Marcus, en el asiento trasero, me observaba con más intensidad que nunca. Damián conducía con la mirada fija en la carretera, los nudillos blancos de apretar el volante.
Y yo no podía dejar de pensar en las palabras que había escuchado.
Cinco meses.
Es ella.
Tú mismo...
¿Cinco meses? ¿Qué había pasado hace cinco meses? Yo aún no conocía a Damián. No sabía ni que existía.
¿O sí?
Un recuerdo difuso cruzó mi mente. Una cafetería. Un hombre alto, de ojos oscuros, que pedía café solo y se sentaba siempre en la misma mesa. La mesa desde la que podía verme trabajar.
No, pensé. Son imaginaciones mías. Hay miles de hombres que van a cafeterías.
Pero algo en mi interior, algo muy profundo, no terminaba de creérselo.
—Damián —dije, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—¿Por qué tu hermano ha dicho eso?
El coche dio un pequeño volantazo. Damián lo corrigió al instante, pero yo lo sentí. A través del vínculo, sentí su corazón acelerarse.
—No ha dicho nada.
—Sí lo ha dicho. Los oí.
—Oíste mal.
—No mientas. Te conozco cuando mientes. El vínculo me lo dice.
Damián apretó la mandíbula.
—El vínculo no te dice nada porque tu loba está dormida. Solo sientes lo superficial. Rabia. Miedo. Deseo físico. Pero no sabes nada de mí. Nada.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo.
Porque era cierto.
No sabía nada de él. Solo lo que el vínculo dejaba filtrar. Y si él ocultaba algo profundo, algo verdadero, yo no podía alcanzarlo.
—¿Qué es lo que no quieres que sepa? —pregunté en voz baja.
Damián me miró. Solo un instante, pero fue suficiente.
Vi algo en sus ojos. Algo que se rompía. Algo que suplicaba.
Y luego, el muro volvió a levantarse.
—Nada —dijo, con voz de piedra—. No hay nada que no quieras saber. Deja de buscar fantasmas donde no los hay.
Apartó la mirada y no volvió a hablar en todo el viaje.
Pero yo ya no podía dejar de pensar.
Cinco meses.
Es ella.
Tú mismo...
¿Qué significaba?
¿Y por qué, a pesar de que mi loba no podía sentirlo, algo en mi pecho me decía que Damián mentía?
Esa noche, en mi habitación, no pude dormir.
El vínculo latía débilmente, como siempre. Damián estaba en su ala de la mansión, despierto también. Lo sentía caminar, detenerse, caminar de nuevo.
Pero no sentía lo que pensaba.
Y por primera vez, odié a mi loba dormida.
Porque si estuviera despierta, quizá sabría la verdad.
Quizá sabría por qué Damián me miraba a veces como si yo fuera un fantasma. Como si ya me hubiera visto antes.
Como si llevara cinco meses esperándome.
Cinco meses.
Me llevé la mano al pecho, donde el vínculo latía sordo.
¿Qué escondes, Damián Blackwood?
¿Y por qué, a pesar de todo, no puedo dejar de pensar en ello?