En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capítulo 19
El jet de los Volkov no aterrizó; golpeó la pista como un depredador reclamando su territorio. Alessandra Volkov no esperaba a la logística. Saltó al asfalto antes de que los motores se detuvieran, su abrigo negro ondeando como un estandarte de muerte. El hotel de lujo frente al mar, un monolito de cristal, parecía encogerse ante la tormenta que caminaba hacia él.
La puerta de la suite de Fabiana no se abrió; estalló. Las bisagras gimieron cuando Alessandra entró como un demonio de ojos grises. El aire se volvió pesado, cargado de un ozono eléctrico que hacía que los vellos del brazo se erizaran.
Fabiana estaba frente al espejo, ajustándose un vestido de seda roja que gritaba pecado. Se giró, pero no hubo miedo. Solo un cansancio antiguo.
—¿Te gusta el espectáculo, Fabiana? —la voz de Alessandra era un látigo de hielo—. ¿Disfrutas siendo la ramera de turno en los tabloides? ¿Haciendo que el apellido Volkov huela a mierda mientras te revuelcas con esa mujer en un yate?
Alessandra lanzó el teléfono sobre la cama. La pantalla mostraba a Fabiana riendo cerca de Morgana Sterling.
—¡Estoy trabajando, Alessandra maldita sea! —el grito de Fabiana cortó el aire. Se acercó a Alessandra hasta que sus pechos casi se tocaban—. ¡Llevo dos años siendo tu alfombra! ¡Dos años pidiendo perdón de rodillas en una casa que es una maldita nevera! ¡He aguantado tu silencio, tus desprecios y esa cara de muerta que pones cada vez que me miras! ¡Te odio, Alessandra! ¡Odio que me trates como a una criminal cuando lo único que hice fue salvar a nuestra hija de ese hombre mientras tú jugabas a ser Dios!
Alessandra la agarró por la mandíbula, sus dedos hundiéndose en la piel canela de Fabiana. Sus ojos eran dos pozos de odio y deseo reprimido.
—En mi mundo, la traición se paga con sangre, no con berrinches —siseó Alessandra, pegando su boca a la oreja de Fabiana—. Estás viva porque esa niña lleva mi sangre y salió de tu vientre. Si no fuera por Daniela, te habría tirado a los tiburones el mismo día que le abriste la puerta a Ivanov. Eres un instrumento, Fabiana. Nada más.
Fabiana sintió el golpe seco en el alma, pero no bajó la guardia. Se soltó del agarre con un manotazo.
—Entonces mírame a los ojos, "Gran Matriarca" —desafió Fabiana con la voz rota—. Dime la verdad ahora que estamos solas en este infierno. ¿Alguna vez me amaste en estos tres años de matrimonio? ¿O solo fui el maldito envase, la incubadora de lujo para tu heredera? ¿Me querías a mí o solo querías un útero que no te diera problemas?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Alessandra, la mujer que controlaba mercados financieros y ejércitos privados, se quedó muda. Sus labios se apretaron en una línea rígida. Buscó una mentira, una crueldad, algo... pero no salió nada. Sus ojos grises, por un microsegundo, mostraron una grieta de terror puro.
Fabiana soltó una carcajada seca, llena de veneno.
—Eso pensé. Quédate con tu imperio de hielo, Alessandra. Ojalá el frío te acompañe cuando te des cuenta de que estás sola.
Fabiana agarró su bolso y salió de la habitación, dejando a la "Viuda de Hierro" temblando de una furia que no sabía cómo nombrar.
Fabiana llegó a la suite de Morgana Sterling destrozada. Al entrar, se desplomó. Morgana, vestida con una bata de seda negra que dejaba poco a la imaginación, la recibió en sus brazos.
—Esa mujer te está matando, piccola —susurró Morgana, acariciando el cabello de Fabiana mientras esta sollozaba contra su pecho—. No tienes que volver a ese congelador. Ven conmigo a Italia. Tengo una posición para ti en la dirección de marketing de mi firma en la Toscana. Lejos de ella. Lejos de los Volkov. Sé libre, Fabiana.
Fabiana levantó la vista, sus ojos nublados por el llanto.
—¿Toscana?
—Sí. Un nuevo comienzo. Un lugar donde seas la reina, no la prisionera.
Esa noche, el consuelo se transformó en algo más oscuro y necesario. Fabiana necesitaba sentir que estaba viva, que su cuerpo no era solo una propiedad de Alessandra.
El encuentro no fue tierno; fue una purga. Morgana la empujó contra el ventanal que daba al mar. El contraste del cristal frío contra la piel caliente de Fabiana la hizo jadear.
—Dime que me quieres a mí —gruñó Morgana, bajando el cierre del vestido rojo—. Dime que este cuerpo es mío esta noche.
—Tómame... —suplicó Fabiana en un susurro desesperado—. Haz que me olvide de su nombre.
Morgana no perdió tiempo. Sus manos recorrieron las curvas de la Omega con una urgencia eléctrica. Los besos eran húmedos, hambrientos, con sabor a ginebra y libertad. Morgana la volteó, obligándola a mirar su propio reflejo de derrota en el cristal mientras la desnudaba con brusquedad.
—Mírate —le ordenó Morgana al oído—. Eres una diosa y ella te trata como basura.
Vino la primera estocada, profunda y posesiva. Fabiana soltó un gemido que se perdió en el estruendo de las olas afuera. El ritmo era salvaje, casi un castigo contra la frialdad de Alessandra. Morgana le dio un golpe seco, una nalgada que dejó la marca roja de sus dedos en el muslo de Fabiana, arrancándole un grito de placer y dolor mezclados.
—¡Eso es! ¡Grita para que el mundo sepa que estás viva! —exclamó Morgana, aumentando la velocidad.
El momento fue, cargado de palabras prohibidas y sudor. Fabiana se aferraba al marco de la ventana, sus uñas arañando el metal mientras Morgana la poseía con una intensidad que buscaba borrar cada rastro de la marca Volkov. Cada embestida era un "vete al carajo" dirigido a Alessandra, que en la habitación contigua, caminaba como un animal enjaulado, sospechando el fuego que ardía al otro lado de la pared.
Al final, agotadas y bañadas en sudor, quedaron abrazadas. Fabiana tomó una decisión.
—Acepto. Me voy contigo a Italia.
Mientras tanto, en la capital, la mañana comenzó con una paz ficticia. Victoria Thorne besaba a Lucía con una devoción casi religiosa.
—No dejes que mi madre te amargue el día, mi cielo —susurró Victoria, ignorando la mirada de acero de Lady Elizabeth—. Tú solo estudia, brilla. Yo me encargo del resto. Te amo más que a mi propia vida.
Lucía sonrió, guardando en su bolso un secreto que quemaba: la carta de aceptación para una pasantía de élite en Nueva York. Un año lejos de las garras de los Thorne.
En cuanto la puerta se cerró, Lady Elizabeth se movió con la elegancia de una cobra. Entró en el baño de la suite principal y tomó el frasco de anticonceptivos de Lucía. Con una precisión quirúrgica, vació las pastillas y las reemplazó con las vitaminas prenatales que había comprado esa mañana. Eran idénticas en forma y color.
—Si mi hija es demasiado débil para asegurar nuestra estirpe, yo lo haré por ella —murmuró la matriarca con una sonrisa gélida—. Un heredero Thorne nacerá, Lucía, te guste o no. Tu vientre nos pertenece.
En el centro de la ciudad, Heidi finalmente logró lo imposible. Akira Tanaka, la mujer de hielo japonesa, aceptó verla. Pero no fue en un restaurante, sino en su dojo privado.
—Si quieres entrar en mi vida, tienes que entender mi disciplina —dijo Akira, vestida con su hakama negra, la espada de madera en mano.
Heidi, con su optimismo alemán indomable, sonrió.
—Me gustan los retos, Akira. Y tú eres el iceberg más hermoso que he visto. Estoy lista para aprender.
Por primera vez, Akira permitió que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvara sus labios. Quizás no todas las Omegas eran interesadas. Quizás esta rubia terca era la excepción.
Fabiana miraba el amanecer desde el balcón de Morgana. Tenía la piel marcada y el corazón blindado. Sabía que la gran gala de esa noche sería el fin de una era. Lucía anunciaría su partida a Nueva York, y ella... ella le daría el golpe final a Alessandra.
La guerra estaba escalando. Victoria no dejaría que Lucía cruzara el océano, y Alessandra estaba a punto de descubrir que en el juego del amor y el poder, el silencio no es una defensa... es una sentencia de muerte.
Continuará...🔥