Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Mentira
Podría irme a casa y fingir que el día terminó.
Podría olvidar la conversación con Jack.
La forma en que me dijo que estaba hecha mierda.
La forma en que, por un segundo, no sonó como un insulto.
Solo como una verdad incómoda.
Y eso me molesta.
Porque no debería haberle contado nada. No debería haber hablado. No debería haberme sentado en ese banco como si él pudiera entender.
Es un desconocido. Un chico de la tienda. Nada más.
Siento la necesidad de decir algo.
De cerrar el tema.
De no dejarlo en el aire como si hubiera significado más de lo que fue.
Así que me levanto. Miro la guitarra una última vez. Luego me acerco al mostrador.
Jack está ahí.
—Gracias —digo.
Mi voz sale más baja de lo que quería.
Jack levanta la mirada.
Solo un poco.
No parece sorprendido.
Ni emocionado.
Solo… presente.
—¿Por?
Me encojo de hombros.
—Por escuchar.
Las palabras se sienten raras.
Expuestas.
Como si admitirlo me hiciera más vulnerable. Jack se queda en silencio un segundo. Luego suspira.
—No es gran cosa.
Su tono es neutro.
Como si no le diera importancia. Quizá no la tiene. Quizá solo hizo lo mínimo.
Pero para mí… significó algo. Pequeño. Pero real.
—Igual —digo—. Gracias.
Jack me observa.
Y por un segundo creo que va a decir algo distinto.
Algo menos frío. No lo hace.
—No hay problema —responde—. No me importan los asuntos de otros.
La frase me pica un poco.
Pero no de mala manera.
Es honesta.
Bruta.
Justo como él.
Asiento.
—Bien.
Quiero sonreír. Solo un poco y lo hago. Pequeño.
Inseguro.
—No eres tan idiota como pensaba.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
No es un insulto.
Es casi un cumplido.
O algo parecido.
Jack parpadea.
Por un segundo parece que va a sonreír.
Solo un segundo.
El borde de sus labios se mueve.
Pequeño.
Como si la idea de sonreír le costara.
Y entonces se detiene.
La expresión se endurece otra vez.
Fría.
Distante.
—Mejor vete —dice.
La frase cae como una pared.
No grita.
No es grosero.
Pero es claro.
No quiere seguir hablando.
No quiere acercarse.
Me quedo quieta un segundo.
Confundida.
Porque hace un minuto parecía distinto.
Y ahora vuelve a ser el chico que cierra la puerta.
El que no deja entrar a nadie.
Trago saliva.
—Está bien.
No quiero presionarlo.
No quiero arruinarlo.
Así que me doy la vuelta. Camino hacia la salida. La campanita suena. El aire de la calle me recibe.
Respiro hondo.
No sé por qué me siento extraña.
Ni feliz ni triste.
Solo… confundida.
Fue un momento.
Una conversación.
Nada más.
No somos amigos.
No sé si lo seremos.
Y no debería importarme.
Pero sí me importa un poco.
Solo un poco.
---
Camino por la vereda hacia mi casa. El sol empieza a bajar. Las sombras se alargan y entonces la veo.
La puerta de mi casa está abierta.
Mi papá está ahí.
Sosteniendo un ramo de flores.
Rosas.
Grandes.
Perfectas.
Mi mamá lo mira con sorpresa.
Luego sonríe.
Una sonrisa que no había visto en días.
—Son hermosas —dice ella.
Mi papá le pasa las flores.
—Feliz aniversario.
Me quedo quieta.
Observando la escena.
Algo en mi pecho se aprieta.
No debería ser raro.
Hoy es su aniversario.
Las flores tienen sentido.
Pero la sensación no desaparece.
Porque escuché la llamada.
Las palabras.
El secreto.
Y ahora veo esto.
Un gesto.
Un regalo.
Una sonrisa.
Como si todo estuviera bien.
Como si nada pasara.
Me muerdo el interior de la mejilla.
No quiero pensar en eso.
No ahora.
Entro a la casa.
Mi mamá me ve.
—Hola, cariño.
Sonríe.
Como si todo fuera normal.
Como si la conversación del teléfono nunca hubiera existido.
—Llegaste temprano —dice.
Asiento.
—Sí.
Mi papá me mira.
—¿Cómo estuvo la escuela?
La pregunta es simple.
Cotidiana.
Pero me suena vacía.
Como si fuera parte del guion.
Bien.
Digo que bien.
No quiero explicar nada.
No quiero hablar.
Ellos siguen con las flores.
El aniversario.
El gesto.
La apariencia.
Y yo me siento fuera de lugar.
Como si estuviera viendo una obra.
Algo que se representa.
Pero no sé si es real.
Subo a mi cuarto.
Cierro la puerta.
El silencio vuelve.
Y con él…
la sensación de que todo es más complicado de lo que parece.
Jack fue frío otra vez.
Me hizo sentir tonta por hablar.
Pero también me escuchó.
Un poco.
Y eso me confunde.
Ryan piensa que soy egocéntrica.
Que trato mal a la gente.
Quizá tiene razón.
Quizá no.
Mi mamá sonríe con las flores.
Pero escuché su voz decir cosas que no entiendo.
Y mi papá actúa como si nada.
Como si todo estuviera perfecto.
Estás hecha mierda.
La frase de Jack vuelve a mi cabeza.
No como un insulto.
Sino como una observación.
Crua.
Real.
Y aunque me dolió un poco…
también fue la primera vez en todo el día que alguien dijo algo sin rodeos.
Me dejo caer en la cama.
Miro el techo.
No sé qué pensar.
No sé qué hacer.
Solo sé que todo se siente raro.
Y que mañana…
tendré que seguir adelante..