Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 24
- TORMENTA -
Está lloviendo.
No una lluvia suave y romántica.
Una lluvia densa, constante, que golpea las ventanas como si quisiera entrar.
Estoy sentada en el borde de mi cama mirando cómo las gotas resbalan por el cristal. La casa está en silencio. Mi padre sigue trabajando. La seguridad, seguramente, monitoreando cada punto del perímetro.
Y yo...
Yo me siento atrapada.
Necesito aire.
Es mi casa.
Mi propio jardín.
No voy a escapar. No voy a cruzar ninguna reja. Solo quiero caminar bajo la lluvia.
Sin escoltas.
Sin órdenes.
Sin que alguien respire detrás de mí.
Me pongo una sudadera ligera, bajo las escaleras sin avisar y salgo por la puerta lateral que da al jardín interior.
El agua me empapa el cabello en segundos.
Respiro.
Por fin.
Camino por el sendero de piedra, sintiendo la lluvia fría en la piel. La tormenta me despeja la cabeza.
O eso creo.
No veo el pequeño indicador rojo en la esquina del seto nuevo.
No veo el sensor recién instalado tras el atentado.
Y cuando cruzo la línea invisible—
La descarga me atraviesa el cuerpo.
Es rápida.
Brutal.
Un chispazo que me recorre los brazos y me lanza hacia atrás.
Caigo al suelo mojado con un grito ahogado.
El mundo zumba.
—¡Meghan!
Su voz.
La reconozco antes de verlo.
Ethan aparece corriendo bajo la lluvia.
Se arrodilla a mi lado.
—¿Está herida? —pregunta con urgencia.
—Estoy... bien... —murmuro, aunque me tiemblan las manos.
Me ayuda a incorporarme.
Sus manos son firmes.
Demasiado firmes.
—¿En qué estaba pensando? —su tono cambia de inmediato.
Ahí está.
El comandante.
—Estaba caminando —respondo, irritada.
—Cruzó un perímetro activo.
—¡Es mi jardín!
—Es una zona asegurada.
—¡Es mi casa!
—No cuando hay amenazas vigentes.
Intento apartarme.
—Estoy harta de esto.
—¿De qué?
—De no poder respirar sin que alguien me lo autorice.
La lluvia cae más fuerte.
Mi ropa está empapada.
Su camisa también.
—No puede salir sola —dice, tenso.
—Sí puedo.
—No.
—¡Sí!
Da un paso hacia mí.
—No entiende el nivel de riesgo.
—¿Y tú no entiendes que soy una persona, no un paquete que transportar?
Su mandíbula se marca bajo la lluvia.
—Mi trabajo es mantenerla con vida.
—¿Aunque eso signifique asfixiarme?
—Aunque eso signifique que me odie.
Me quedo en silencio un segundo.
Luego estallo.
—¡Estoy cansada de tener a un hombre rígido, frío y autoritario siguiéndome cada segundo!
—Y yo estoy cansado de su capricho constante.
Parpadeo.
—¿Capricho?
—Sí. Sale sola. Provoca situaciones. Cruza límites porque quiere probar algo.
Doy un paso hacia él.
—¿Y qué si lo hago?
—No es un juego.
—Para ti todo es guerra.
—Porque sé lo que pasa cuando fallas.
Su voz cambia ahí.
Más baja.
Más dura.
—No puedo fallar otra vez.
Lo miro.
—¿Otra vez?
Aprieta los dientes.
—No importa.
—Sí importa.
—No voy a hablar de eso.
—Siempre haces eso. Levantas un muro.
—Es necesario.
—Para ti.
Doy otro paso.
Ahora estamos demasiado cerca.
La lluvia cae entre nosotros, pero no nos movemos.
—¿Qué pasó? —pregunto más bajo.
—No puedo fallar —repite.
—¿A quién perdiste?
Su mirada se endurece.
—No dé un paso más.
Doy uno.
—No soy tu misión.
—Lo es.
—No soy tu redención.
Eso lo golpea.
Lo veo en sus ojos.
—No intente analizarme.
—Entonces deja de tratarme como un error esperando suceder.
Su respiración es pesada.
La mía también.
—Si algo le pasara... —empieza.
—¿Qué?
—No podría vivir con eso.
Silencio.
El mundo parece reducirse al espacio entre nuestros cuerpos.
—¿Es por tu trabajo? —susurro.
No responde.
—¿O es por mí?
Eso rompe algo.
Me toma del brazo.
No brusco.
Pero firme.
—No entiende lo que me hace —dice entre dientes.
—Entonces explícamelo.
—Se acerca. Me provoca. Me desafía.
—Porque tú nunca sientes nada.
—Siento demasiado.
Estamos prácticamente pegados.
La lluvia corre por su rostro.
Por el mío.
—Entonces demuéstralo —susurro.
No sé en qué momento dejo de respirar.
Solo sé que en un segundo estamos discutiendo.
Y al siguiente—
Su mano sube a mi nuca.
Y me besa.
No es suave.
No es calculado.
Es impulsivo.
Ardiente.
Lleno de todo lo que no dijimos.
De la discusión.
Del miedo.
Del atentado.
De las miradas largas.
El beso prohibido.
El que nunca debía suceder.
Mis manos se aferran a su chaqueta empapada.
Él me acerca más.
Como si temiera que me alejara.
Como si yo fuera a desaparecer.
El mundo deja de existir.
Solo queda su boca contra la mía.
Su respiración.
El calor que contradice la lluvia fría.
Se separa apenas.
Sus labios a centímetros.
Sus ojos abiertos.
Impactados.
—Esto no debió... —empieza.
No lo dejo terminar.
Lo beso otra vez.
Más lento.
Más consciente.
Más profundo.
Ya no es impulso.
Es decisión.
Nos separamos lo justo para respirar.
La lluvia sigue cayendo.
Pero ahora ya no me siento atrapada.
Lo miro.
Él me mira.
Y por primera vez...
no hay protocolo.
No hay rango.
No hay reglas.
Solo nosotros.
Y algo que acaba de cruzar un punto sin retorno