«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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La huella del testigo
La primera regla de Lucien Ardent era sencilla:
Nunca confíe en una anotación sin conocer su procedencia.
La segunda era todavía más irritante:
Nunca asumir que un documento decía lo que uno deseaba encontrar en él.
Eveline conocía ambas reglas. Las había escuchado tantas veces que podía repetirlas imitando perfectamente la voz de Lucien.
Aquella mañana, sin embargo, le costaba encontrarles la gracia.
La frase seguía frente a ella.
El testigo sí regresó.
Había fotografiado la página completa, anotado la clasificación del índice y registrado el número incompleto que aparecía al margen. No había retirado el documento ni intentó acceder al registro relacionado sin autorización.
Y, aún así, sentí que estaba dejando escapar algo importante.
—Vamos —murmuró, inclinándose sobre la página—. Dame por lo menos una pista que no esté mutilada.
La tinta no respondió.
Por supuesto.
Eveline comprobó una vez más la referencia archivística y abrió el catálogo de correspondencia histórica. La clasificación del índice correspondía a un conjunto de documentos incorporados después de una reorganización del archivo. No indicaba cuándo se había escrito la anotación, únicamente cuándo se había catalogado la página.
Era una diferencia pequeña, pero importante.
La frase podía ser mucho más antigua que el índice.
O podría haber añadido después.
Eveline escribió ambas posibilidades.
Entonces encontré una segunda referencia, escrita con lápiz en el reverso de la ficha de clasificación.
No era un nombre ni una fecha.
Solo una indicación:
Consultar registro de recepción.
Eveline se quedó inmóvil.
No era una respuesta, pero sí un siguiente paso.
Tomó el teléfono y llamó a Seraphine.
—Dime que estás sentada —respondió su amiga.
—Estoy sentada.
—Perfecto. Porque tengo una noticia y todavía no sé si es buena.
—Eveline, eso no es una noticia. Es una amenaza.
—Encontré una referencia a un registro de recepción. No sé si sigue existiendo ni si corresponde a la misma anotación, pero tenemos algo concreto que solicitar.
Seraphine guardó silencio unos segundos.
—Eso sí es una noticia.
-Lo sé. Estoy intentando no emocionarme antes de tiempo.
—¿Quién eres y qué hiciste con mi mejor amiga?
—La dejé en casa. Esa mujer necesitaba dormir.
Seraphine río suavemente.
Por un instante, la investigación volvió a parecer algo que podía manejar con paciencia, café y una cantidad razonable de sarcasmo.
Pero solo por un instante.
—Voy a hablar con Lucien —dijo Eveline—. Quiero solicitar acceso al registro antes de que descubramos que tampoco está disponible.
—Hazlo. Y no te acercas a ninguna puerta misteriosa.
—Eso fue una referencia a la capilla?
—Fue una referencia a tu tendencia a seguir pistas que parecen diseñadas para acabar mal.
—Te recuerdo que tú eres la que habla con demonios.
—Y he aprendido de mis errores.
—¿Cuáles?
—Todavía estoy elaborando la lista.
Se despidieron entre risas, pero cuando Eveline guardó el teléfono, volvió a mirar la anotación.
El testigo sí regresó.
No sabía de dónde.
No sabía cuándo.
Y todavía no tenía motivos para creer que aquel testigo estuviera relacionado con el juramento.
Pero alguien había considerado importante dejar constancia de su regreso.
Eso bastaba para seguir investigando.
En Nocthar, Kaelith había convocado a Darius antes de la siguiente sesión del consejo.
Las siete llamas seguían presentes en su memoria, especialmente la última, cuya luz se había debilitado mientras Aurelian pronunciaba su advertencia.
— ¿Cuánto tiempo queda? —preguntó Kaelith.
Darius comprendió a qué se refería.
—No puedo establecerlo con precisión a partir de la comunicación. La séptima llama no se extinguió ante nosotros. Su luz se reduce, pero no sabemos si representa el tiempo restante de forma literal.
Kaelith lo miró con expresión severa.
—Entonces no volveremos a tratar una interpretación como si fuera un hecho.
—No, mi señor.
Sobre la mesa descansaban los documentos que Darius había separado durante su investigación. Ninguno demostraba una conexión directa con el cuarto volumen ni con el expediente complementario de la colección Ardent.
Kaelith había ordenado conservarlos así.
La tentación de reunir todas las pistas bajo una única explicación era comprensible. También podía conducirlos a una conclusión falsa.
—Aurelian quiere que detenga la búsqueda —dijo Kaelith—. Pero no me ha explicado qué ocurrirá si no lo hago.
—Tal vez no quiera que conozcas las consecuencias.
—O tal vez espera que el miedo complete las partes que se niega a explicar.
Darius guardó silencio.
— ¿Qué propone? —preguntó finalmente.
—Continuar la investigación. Sin provocar al reino celestial y sin abandonar las precauciones. Quiero saber qué información conserva Aurelian y de dónde procede.
— ¿Y si sus advertencias son ciertas?
Kaelith sostuvo su mirada.
—Entonces necesitaremos la verdad más que nunca.
Darius.
No era una respuesta tranquilizadora, pero sí una que conoció bien en su soberano: no ignoraría un peligro solo porque desconfiara de quien lo anunciaba.
—Hay otra cuestión —añadió el general—. La anotación sobre la identidad del testigo.
Kaelith se volvió hacia él.
—¿Qué ocurre con ella?
—Él solicitó revisar el inventario original y las referencias anteriores. Todavía no hay respuesta. No puedo asegurar que el nombre que falta corresponde al testigo mencionado en esa anotación.
—Bien. No quiero que fuerces una coincidencia.
—No lo haré.
Darius reconoció los documentos.
Antes de abandonar la sala, se detuvo.
—Mi señor, si descubre que alguno de estos registros fue oculto deliberadamente, ¿debo informarle antes de continuar?
Kaelith lo observó durante un largo instante.
La pregunta no se refería únicamente a los documentos.
Desde la confesión de Darius, la confianza entre ambos había cambiado. El general seguía a su lado, pero algunas puertas permanecían cerradas y algunas decisiones requerían una transparencia que antes no había sido necesaria.
—Sí —respondió Kaelith—. Y si descubres que cometiste un error, también.
Darius aceptó la respuesta sin discutir.
—Así lo haré.
Cuando quedó sola, Kaelith volvió a mirar los documentos.
En algún lugar de su memoria persistía una sensación de pérdida.
No sabía a quién pertenecía.
No sabía si era suya.
Y ya no estaba dispuesto a inventar una respuesta solo para llenar el silencio.
Seraphine llegó al jardín al final de la tarde.
Kaelith la esperaba junto a la fuente. Esta vez no parecía absorto en sus pensamientos: tenía una expresión demasiado seria para que ella creyera que se trataba de una visita casual.
—Antes de que digas algo, sí, sigo buscando. No, no encontré el volumen del cuarto. Y no, no decidí incendiar los archivos.
—Me tranquiliza saber que ha descartado la última opción.
—Por ahora.
Kaelith le ofreció la mano.
Seraphine la ayudó y se sentó junto a él.
—¿Qué ocurrió con Aureliano?
—No tengo nuevas instrucciones ni una fecha exacta para el final del plazo. La última comunicación dejó claro que espera una respuesta, pero no explicó qué hará cuando se extinga la séptima llama.
—Entonces seguimos sin saber qué pretendiente.
—Sabemos que quiere que detenga la búsqueda.
—Eso no significa que debamos obedecerlo.
-No.
Seraphine observó sus manos entrelazadas.
—Tampoco significa que debamos ignorar el peligro.
Kaelith volvió la cabeza hacia ella.
—Exactamente.
La respuesta pareció aliviar algo en su expresión.
—A veces me preocupa que, cuando descubres quién fui, empieza a tratarme como si ya supieras quién soy.
Kaelith no respondió de inmediato.
—No puedo prometerte que los recuerdos no cambiarán lo que sienta —dijo al fin—. Sería mentirte. Pero sí puedo prometerte que no utilizaré lo que recuerdes para decidir por ti.
Seraphine sostiene su mirada.
—Eso es lo que necesito.
No era una declaración de amor ni una promesa capaz de resolver tres mil años de incertidumbre.
Era algo más sencillo.
Una elección que podría renovarse cada día.
Seraphine apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro. Kaelith permaneció quieta, permitiéndole decidir cuánto duraría aquel gesto.
Cuando ella se separó, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Eveline.
Encontró una referencia al registro de recepción. Lucien va a comprobar si existe y si podemos consultarlo. No sabemos todavía si está relacionado con el testigo.
Seraphine le mostró la pantalla.
Kaelith leyó el mensaje.
—Es un avance.
—Pequeño.
—Los pequeños avances suelen ser los únicos que sobreviven a una investigación como esta.
—Eso ha sonado sospechosamente optimista.
—No te acostumbres.
Seraphine sonriendo y guardó el teléfono.
Por primera vez en varios días, tenían una tarea concreta que no dependía de interpretar símbolos, perseguir recuerdos ni confiar en voces detrás de puertas selladas.
Solo necesitaban localizar un registro y comprobar qué decía.
Era poco.
Pero era real.
— ¿Te quedarás un rato? —preguntó ella.
Kaelith pareció sorprendida por la pregunta.
—Si quieres que me quede.
—No te habría preguntado si no quisiera.
—Tienes razón.
Él no intentó convertir aquel momento en algo más. Se quedó a su lado, con la mano de Seraphine entre las suyas, mientras el cielo se oscurecía lentamente.
Por unas horas, no hablaron de juramentos ni de coronas.
No intentaron reconstruir recuerdos.
No buscaron señales en cada silencio.
Simplemente permanecieron juntos.
Y, para Seraphine, aquello también era una forma de avanzar.
A la mañana siguiente, Eveline volvió al archivo con Lucien.
La solicitud de consulta había sido presentada. Ahora debían comprobar si el registro de recepción seguía conservado y si la referencia manuscrita correspondía realmente al índice que habían encontrado.
Lucien revisó la ficha con atención.
—No podemos asegurar que la nota y el registro pertenezcan al mismo período —explicó—. Pero la referencia es suficientemente concreta para justificar la búsqueda.
— ¿Y si el registro no aparece? —preguntó Eveline.
—Anotaremos que no ha sido localizado. No que fue destruido ni que alguien lo ocultó.
Eveline suspiró.
—A veces pienso que ustedes los historiadores disfrutan arruinando las conclusiones interesantes.
—Las conclusiones interesantes no necesitan que las ayudemos a ser falsas.
Ella puso los ojos en blanco.
—Voy a escribir esa frase en una tarjeta.
Lucien llamativamente y guardó la ficha en su carpeta.
Seraphine recibió un mensaje de Eveline unos minutos después.
La solicitud ya está presentada. Todavía no tenemos acceso al registro. Te avisaré cuando haya novedades.
Seraphine leyó el mensaje y volvió a abrir su archivo de investigación.
Debajo de la fotografía del índice escribió:
Frase localizada: «El testigo sí regresó». Procedencia de la anotación sin confirmar. Referencia a un registro de recepción pendiente de consulta. No se conoce la identidad del testigo ni el significado de su regreso.
Guardó el documento.
No sabía qué encontrarían en aquel registro.
Quizás confirmaría la existencia de una persona que había estado ausente.
Quizás la frase se refería a algo completamente distinto.
O quizás, cuando finalmente tuvieran el documento delante, descubrirían que habían interpretado mal una palabra.
Seraphine estaba aprendiendo a aceptar esa posibilidad.
No todas las pistas conducían directamente a una respuesta.
Algunos solo permitían formular una pregunta mejor.
Y ahora tenían una nueva.
¿Quién había confirmado el regreso del testigo y con qué pruebas?
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