—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Pídeme lo que quieras
Rodrigo oyó el silencio de ella del otro lado. Largo. Luego una respiración, un grillo, y la voz de doña Rosa, más lejos, diciendo algo que no alcanzó a entender.
Se quedó quieto en la silla del estudio, con la pluma atravesada entre los dedos.
—Estoy bien —susurró Maite, por fin, muy pegada al teléfono—. Ve a tu junta. Yo me quedo con ella.
—La licenciada le va a marcar a tu mamá hoy mismo.
—Ya sé. Ve.
Colgó él. Le costó.
En la otra pantalla seguían esperando doce recuadros. Doce consejeros de la subsidiaria de Asia. En Shanghái ya era casi mediodía del día siguiente, y uno se había quitado el saco. En la esquina inferior, Tomás tenía la cara de quien lleva cincuenta minutos inventando temas para llenar el aire.
Rodrigo activó el micrófono.
—Una disculpa, señores. Seguimos mañana a esta misma hora.
Los recuadros se miraron entre sí. Alguien abrió la boca. Rodrigo cerró la llamada.
El celular vibró a los diez segundos. Tomás.
¿Todo bien, ingeniero?
Tomás nunca lo había visto soltar un consejo trimestral por un asunto personal.
Todo bien. Mañana a las nueve, en mi oficina, con Villarreal en la línea.
A las diez y media escribió Villarreal.
La licenciada Salinas ya habló con la señora. Mañana a las 8:30 está en el domicilio para tomarles declaración.
Rodrigo se acomodó los lentes de leer y escuchó la grabación entera, de principio a fin. Dos veces. En las dos se detuvo en el mismo lugar: la voz de ella, sin temblar, diciendo el que quiere lo ajeno nunca tiene la razón.
* * *
El miércoles, a la una y veinte, la licenciada Salinas le habló a la oficina.
—Ya quedó la denuncia, ingeniero. Amenazas. Anexamos la grabación, copia de la carta y la declaración de dos vecinos que vieron lo de la motosierra. —Norma hablaba rápido, con el tono de quien maneja entre dos audiencias—. La señora Rosa declaró bien. Le expliqué que ellas no tienen que estar en el mismo cuarto que él, que el Ministerio Público hace la conciliación por separado. Se le quitó un peso.
—¿Y el citatorio?
—Se lo entregaron hace una hora. Mañana a las once se presenta en General Terán. —Una pausa—. Una cosa más. La esposa, doña Chela, me buscó afuera de la agencia. Dice que tiene meses diciéndole que deje en paz la casa de su cuñada. Que no le hace caso.
—Mañana va a hacer caso.
—Eso espero, ingeniero.
Maite le mandó un mensaje a las cuatro:
Mi amá ya no quiere ir mañana. Dice que le da pena con el pueblo.
Rodrigo contestó en el acto.
No tiene que ir. Va la licenciada. Ella no hizo nada de qué avergonzarse.
Ya se lo dije. Me dijo que hablo como abogada.
Casi se le escapó una sonrisa, ahí, en plena revisión de costos, con la gente de Finanzas enfrente.
* * *
El jueves a las once en punto no pudo concentrarse en nada.
A las doce y diez, Norma volvió a llamar.
—Firmó, ingeniero.
Rodrigo dejó la pluma sobre el escritorio.
—Cuénteme.
—Llegó muy gallito. Dijo que eran chismes de mujeres. Le pedí al facilitador permiso para reproducir el audio. —Norma se rio bajito, la primera vez que él la oía reírse—. Cuando salió su voz de usted, lo de está quedando grabado, don Cirilo se quitó el sombrero. Solito. Se lo quedó en las manos toda la audiencia.
—¿Qué firmó?
—Acuerdo reparatorio. Disculpa por escrito. No entra al patio ni al solar de la señora Rosa, no amenaza, no daña nada. Si incumple, se reactiva la denuncia y pedimos medidas de protección. —Hizo una pausa—. No es cárcel, ingeniero. Pero en un rancho, esto pesa más.
—Gracias, licenciada.
A los dos minutos entró el mensaje de Maite:
Firmó. Mi tía Chela lo trae de la oreja.
Y otro, enseguida:
Dice que a las seis viene a pedir perdón. Aquí. Enfrente de todos. Te marco.
* * *
A las seis, Rodrigo ya estaba en el estudio de Casa Solana, con la puerta cerrada y la videollamada abierta en la pantalla grande.
Maite sostenía el celular a la altura del pecho, un poco chueco. Se veía el portón de la casa, el naranjo detrás, y enfrente, la calle de tierra. Delante de la tiendita se había juntado gente: señoras con bolsas del mandado, dos muchachos en bicicleta, unos niños sentados en la banqueta. Quince, tal vez más. Don Chema en su banca, con la Coca sin abrir.
Por la calle venía una mujer bajita, de delantal y chanclas, jalando del brazo a Cirilo. Él traía el sombrero en la mano. No se lo puso.
—Ándale —se oyó decir a la mujer, clarito—. O pides perdón aquí delante de todos, o esta noche duermes en la troca.
Cirilo se detuvo frente al portón. No levantó la vista del suelo.
—Rosa, perdóname. —Tragó saliva—. Maite, perdóname. No me vuelvo a meter ni con la casa ni con el árbol.
Nadie dijo nada. Uno de los niños dejó de patear la banqueta.
—Ya era hora —murmuró alguien, fuera de cuadro.
Doña Rosa asintió una sola vez, con los labios apretados. Tía Chela jaló otra vez a su marido y se lo llevó calle abajo, sin prisa, para que todos alcanzaran a verlos irse.
Rodrigo no miraba a Cirilo.
Miraba el borde de la imagen, donde la cámara alcanzaba a agarrar media cara de Maite: parada junto a su mamá, con la mano en el hombro de ella y la barbilla muy arriba. Como en la sala de espera del piso treinta, el día que llegó a acusar a su hija. Como si nadie en el mundo le pudiera bajar la cara.
Se quedó viendo la pantalla hasta mucho después de que ella colgó.
* * *
A las nueve le entró la videollamada. Maite había cerrado la puerta con seguro; se oía el zumbido del minisplit.
—Gracias —dijo bajito, y se le quebró la voz a la mitad—. Gracias, gracias, gracias.
Se acercó el celular a la cara y le dio un beso a la pantalla. Rodrigo vio un borrón de labios y luego la oyó reírse de sí misma.
—No me des las gracias. Tú le ganaste. Yo nada más grabé.
—Tú me dijiste que no colgara.
—Mando a Chuy por ti. Ahorita. Llega a las once.
—Estás loco. Mi amá se infarta. —Se acomodó en la almohada, con el pelo desparramado—. Además el domingo tenemos visita. Mi amá invitó a Beto a comer. El de los Salazar.
Rodrigo no dijo nada. Uno. Dos.
El que tenía el municipio y las dos casas. El que le parecía serio a doña Rosa. El que era de ahí.
—¿Rodrigo? ¿Se congeló?
—Cásate conmigo, Maite.
Ella no se movió. La imagen no se había congelado. Era ella.
—Quiero conocer a tu mamá. Pedir tu mano como se debe. —Lo dijo despacio, sin quitarle los ojos de encima—. Pídeme lo que quieras.
Maite se llevó las dos manos a la cara. Las lágrimas le escurrieron sin permiso, y al mismo tiempo se estaba riendo.
—¿Me estás pidiendo matrimonio por videollamada, tío?
—Te lo voy a pedir en persona también. Las veces que haga falta.
—Llevamos dos semanas.
—Dos semanas y un día.
Ella se limpió la cara con la manga de la pijama. Lo miró a través de la pantalla un rato largo.
—Pregúntamelo cuando pueda verte a los ojos.
Colgaron a las nueve y media. Rodrigo se quedó en el estudio con la luz apagada, dándole vueltas al celular sobre el escritorio.
Luego le escribió a Tomás.
¿Qué tan lejos está San Isidro a las seis de la mañana?
Antes de que llegara la respuesta, puso la alarma a las cinco y media.