Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 3: FUERA DE LA OFICINA
El viernes llegó más rápido de lo que Valentina esperaba.
Había sido una semana intensa.
Reuniones, llamadas, informes y una agenda que parecía no tener espacios vacíos.
Sin embargo, había algo que le resultaba extraño.
Desde el lunes, cada vez que entraba a la oficina de Maximiliano, sentía que él la observaba un poco más de lo necesario.
No era evidente.
No era descarado.
Pero estaba ahí.
Y Valentina lo había notado.
—¿Te vas a quedar hasta tarde otra vez? —preguntó Laura desde la puerta.
Valentina miró el reloj.
—No. Hoy sí me voy a mi hora.
—Milagro.
—El señor Blackwood prácticamente me lo ordenó.
Laura sonrió.
—¿Ves? Hasta él sabe que necesitas descansar.
—No empieces.
—Yo no he dicho nada.
Valentina cerró su computador.
—Nos vemos el lunes.
—Que disfrutes el fin de semana.
—Eso espero.
Valentina tomó su bolso y salió del edificio.
No sabía que, varios metros arriba, Maximiliano observaba desde su oficina cómo ella se alejaba.
Él también debería haberse marchado.
Pero tenía una cena de negocios esa noche y aún debía revisar algunos documentos.
Tomó el teléfono.
—¿A qué hora es la cena?
Su asistente de seguridad le respondió.
—A las ocho, señor.
—Bien.
Colgó.
Volvió a mirar hacia la ventana.
Y entonces la vio.
Valentina estaba en la acera, esperando un taxi.
No llevaba el traje formal de la oficina.
Vestía unos jeans, una blusa sencilla y llevaba el cabello suelto.
Maximiliano se quedó quieto.
Era la misma mujer.
Pero parecía otra.
Más relajada.
Más joven.
Más...
Él apartó la mirada.
—No.
No tenía sentido.
Era su empleada.
Debía dejar de mirarla.
Valentina finalmente consiguió un taxi.
—Buenas noches —saludó al conductor.
—Buenas noches, señorita.
—A Provenza, por favor.
Durante el trayecto, revisó su teléfono.
Tenía un mensaje de su mejor amiga.
Camila: ¿Llegas en veinte minutos?
Valentina sonrió.
Valentina: Si el tráfico de Medellín me lo permite.
Camila: Entonces nos vemos mañana.
Valentina dejó el teléfono.
Por fin tendría una noche para ella.
Sin informes.
Sin reuniones.
Sin llamadas.
Y, sobre todo, sin Maximiliano Blackwood.
Aunque, para su propia sorpresa, pensó en él justo cuando lo mencionó.
—Qué tontería —murmuró.
A las ocho de la noche, Maximiliano llegó al restaurante donde tenía la cena de negocios.
Era uno de esos lugares elegantes de Provenza donde empresarios y ejecutivos se reunían para cerrar acuerdos.
Entró acompañado por uno de sus socios.
—Señor Blackwood.
—Buenas noches.
Mientras caminaban hacia la mesa, Maximiliano escuchó una voz conocida.
Se detuvo.
Giró la cabeza.
Y la vio.
Valentina.
Estaba sentada en una mesa cercana con una mujer que parecía ser su amiga.
Se estaba riendo.
Una risa que él nunca había escuchado en la oficina.
Maximiliano la observó durante unos segundos.
Ella no lo había visto.
—¿Señor Blackwood?
Su socio lo hizo volver en sí.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—¿Nos sentamos?
—Sí.
Maximiliano tomó asiento.
Pero su atención estaba en otro lugar.
De vez en cuando, sin quererlo, sus ojos viajaban hacia la mesa de Valentina.
Ella hablaba animadamente con su amiga.
Sonreía.
Gesticulaba.
Parecía completamente diferente a la mujer eficiente y seria que veía todos los días detrás de un escritorio.
—¿La conoce? —preguntó su socio.
Maximiliano lo miró.
—¿A quién?
—A la mujer que está mirando.
Maximiliano mantuvo el rostro impasible.
—Es mi asistente.
Su socio sonrió.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces deje de sonreír.
—Como diga.
Maximiliano volvió a mirar hacia la mesa.
En ese momento, Valentina levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Ella pareció sorprenderse.
Después sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Amable.
Maximiliano respondió con un leve movimiento de cabeza.
Valentina volvió a su conversación.
Y él hizo lo mismo.
O intentó hacerlo.
—¿Ese no es tu jefe? —preguntó Camila.
Valentina miró de reojo.
—Sí.
—¿El famoso señor Blackwood?
—El mismo.
Camila observó al hombre de traje oscuro sentado al otro lado del restaurante.
—Es guapo.
Valentina casi se atragantó con su bebida.
—Camila.
—¿Qué? Estoy diciendo la verdad.
—Es mi jefe.
—Eso no le quita lo guapo.
—No voy a hablar de él.
—No tienes que hablar. Tu cara ya está hablando por ti.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que acabas de ponerte nerviosa.
—No estoy nerviosa.
Camila sonrió.
—Claro que no.
Valentina volvió a mirar hacia la mesa de Maximiliano.
Él estaba hablando con uno de sus socios.
Serio.
Elegante.
Seguro.
Y, por alguna razón, ella se quedó mirándolo un segundo más de lo necesario.
Cuando Maximiliano levantó la vista, Valentina apartó rápidamente los ojos.
Camila soltó una risita.
—Definitivamente esto va a ser interesante.
—No hay nada interesante.
—Todavía.
Valentina negó con la cabeza.
—Terminemos de cenar.
Pero esa noche, por primera vez, ambos se marcharon del restaurante pensando en el otro.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.
Porque el lunes ya no serían exactamente los mismos.
Y Maximiliano comenzaba a descubrir algo que jamás había considerado posible:
su asistente estaba empezando a ocupar demasiado espacio en su cabeza.