Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 12: Sombras en el Comedor Real
Hacia la mitad de la mañana, la paz de la alcoba privada tuvo que dar paso a las exigencias de la realidad. Anthony, tras vestirse con la ayuda de Fernando y arreglar cuidadosamente su casaca de montar para no dejar rastro alguno del desorden de la noche, se despidió con un beso furtivo antes de dirigirse a sus propios aposentos temporales en el ala de invitados, con el fin de refrescarse y preparar su postura pública.
Fernando, por su parte, se vistió con las vestiduras oficiales de la casa ducal. Eligió un jubón de terciopelo negro pesado con bordados de hilo de plata que ostentaban el blasón de la cabeza de lobo de su familia, calzas de paño oscuro y botas altas de cuero lustrado. Al mirarse al espejo de cuerpo entero, el reflejo ya no le devolvía la imagen del duque melancólico y derrotado de los recuerdos originales. Sus ojos mostraban la frialdad analítica de un alto ejecutivo corporativo curtido en la resolución de crisis, combinada con la presencia física imponente de un señor feudal.
Llamó a su criado personal y ordenó con voz firme que se preparara el gran comedor para el desayuno, e instruyó expresamente que se hiciera llamar a su padrastro, Lord Alberto, y a su hermanastro, Cedric.
Pocos minutos después, Fernando descendió las escaleras de piedra del castillo con paso pausado y resonante. Ingresó al vasto comedor de la finca, una sala monumental iluminada por candelabros de hierro forjado y presidida por una mesa de roble masivo capaz de albergar a veinte comensales.
En la mesa ya se encontraban sentados Lord Alberto y Cedric.
Lord Alberto era un hombre maduro, de rostro enjuto, mirada esquiva y una barba canosa cuidadosamente recortada. A pesar de vestir ropas ostentosas pagadas con las arcas del ducado, emanaba una aureola de ambición frustrada. A su lado, Cedric, de unos veintidós años, mostraba una postura altanera pero nerviosa; sus ojos claros denotaban una mezcla de resentimiento y cobardía.
Al ver entrar a Fernando caminando erguido, con paso firme y sin el menor atisbo de la debilidad o el deterioro que esperaban tras la caída del caballo, ambos hombres palidecieron levemente.
—¡Fernando! Mi querido muchacho... —exclamó Lord Alberto, apresurándose a ponerse de pie con una sonrisa falsa dibujada en los labios—. ¡Qué milagro tan grande verte de pie! El médico nos informó que tuviste una contusión terrible. Estábamos mortificados por tu salud, profundamente preocupados por el destino de esta casa.
Cedric se puso de pie torpemente, forzando una expresión de alivio que resultaba patética para los ojos entrenados de Fernando.
—Hermano... qué alegría que hayas despertado —dijo Cedric, aunque sus manos temblaban ligeramente al ajustar sus puños de encaje—. Cuando tu caballo se desbocó en el bosque... pensé que presenciaría una tragedia irreparable. Fue una escena horrorosa.
Fernando no devolvió el saludo ni sonrió. Se caminó hacia la cabecera de la mesa, el asiento reservado exclusivamente para el Señor de la Casa Ducal, y se sentó con una parsimonia helada. La servidumbre se apresuró a servir vino especiado y carnes frías, pero Fernando hizo un leve gesto con la mano para retirarlos de la estancia.
—Déjennos solos —ordenó el duque. Su voz retumbó con una autoridad tan seca y pesada que los sirvientes inclinaron la cabeza y abandonaron el comedor en segundos, cerrando las pesadas puertas dobles.
El silencio que siguió en la sala era denso, casi sofocante. Fernando apoyó los codos sobre la mesa de roble y entrelazó sus dedos gruesos, fijando su mirada directamente en las pupilas de su hermanastro.