Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 12
— Las entrevistas para el puesto de trabajo comienzan este viernes. Te recomiendo que estés aquí antes de las 7 p.m., las oficinas se llenarán muy rápido de candidatos y algo que ellos valoran demasiado es la puntualidad. Tienes que llegar temprano.
—Muchas gracias por ese consejo —respondió Mónica con una sonrisa tímida.
—Y otra cosa… practica cómo quieres que sea tu entrevista. Piensa en lo que vas a decir, en tus especialidades. Ellos te comerán viva si no estás preparada o si titubeas aunque sea por un segundo. Tienes que confiar en ti misma —Abi miró la hora en su reloj con cierta prisa—. Se me acabó el tiempo libre, debo volver antes de que me metan en problemas. Pero avísame de cualquier cosa, estaré pendiente de ti, Moni.
—Te lo agradezco demasiado, Abi, gracias por este tiempo —Mónica se levantó y la abrazó con fuerza.
—Cualquier cosa, solo escríbeme. Ya guardé tu nuevo número en mis contactos, así que estamos en comunicación. Y déjame decirte que me alegra demasiado que te hayas alejado de ese bastardo. Nunca quise decírtelo antes porque no quería que pensaras que me estaba entrometiendo, pero siempre me molestó que te tratara como si fueras cualquier cosa. Y sé que debí haberte hablado claro en su momento… mi mayor error fue quedarme callada.
—Tú no tienes la culpa, Abi. Como dicen, a veces hay que tocar fondo para abrir los ojos y ver la realidad. Y eso fue lo que me pasó. Toqué fondo para darme cuenta de mi situación.
—Amiga… no tenía que ser así —la voz de Abigail se quebró, cargada de pesar.
—Pero así fue —respondió Mónica con la mirada perdida, teñida de melancolía—. Ya es tarde, debes regresar al trabajo. Yo solo soy una distracción. En serio, gracias.
Ambas salieron de la cafetería y tomaron caminos diferentes. Mónica no podía darse el lujo de volver en taxi, no tenía un solo centavo en su billetera. Así que caminó, con pasos cansados, hacia el refugio. Con cada paso sentía un alivio extraño, como si al fin pudiera respirar, aunque su mente seguía atormentada, intentando descifrar el rostro de aquel hombre que la había salvado. Sin él, no tendría esta nueva oportunidad. Quizás fue un error salir de esa manera, pero en ese momento el miedo fue lo único que le dio fuerzas para escapar.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Leandro disfrutaba de su nueva vida. O al menos lo intentaba. Porque la espina seguía clavada en lo más profundo de su ser. Sabía que tarde o temprano tendrían que presentarse ante el tribunal para terminar de una vez con aquel matrimonio, y allí volvería a tener frente a él la desgracia de Mónica. Pero la simple idea de que ella lo hubiera dejado lo carcomía por dentro, le hervía la sangre aunque aparentara tranquilidad.
¿Cómo era posible que esa mujer frágil, débil, insignificante hubiera dado un paso así? Ella, que siempre había sido sumisa, que siempre estuvo a su merced. Aquello lo atormentaba.
—Maldita mujer —murmuró entre dientes, rompiendo su propia calma.
—¿Qué sucede, amor? ¿Por qué dices eso? —preguntó Alejandra, limpiándose con los dedos la comisura de los labios después de hacerle un oral
—Nada, querida —respondió él, acariciándole la cabeza mientras ella seguía arrodillada frente a él.
Pero la realidad era otra. No podía dejar de pensar en Mónica. Su cuerpo, su voz, su mirada. Todo en ella lo llamaba. Y lo enfurecía saber que seguía presente en sus pensamientos. Más aún, lo corroía el hecho de que, en más de una ocasión, había confundido a Alejandra con Mónica. Y eso, para Leandro, era inaceptable.
—Así que por fin eres mío —susurró Alejandra mientras se sentaba en su regazo, rodeando su cuello con los brazos para besarlo con hambre—. Mi querida hermana nos hizo un favor al alejarse de nuestras vidas para siempre.
Aquellas palabras golpearon la mente de Leandro como un martillo. El enojo lo recorrió entero. No entendía qué le pasaba, por qué no soportaba escuchar a nadie hablar mal de Mónica, por qué lo desquiciaba tanto el hecho de que lo hubiera dejado. Ese valor que nunca creyó que ella tuviera ahora se convertía en su peor castigo, recordándole que ya no la poseía, que se le había escapado, y eso le robaba hasta la poca paz que creía tener.
—Amor, vi un vestido en el centro comercial que me fascinó. Estoy segura de que a ti también te encantará. Quiero comprarlo para que lo disfrutes cuando me veas con él —dijo Alejandra con un tono meloso, casi infantil.
Leandro recordó de inmediato a Mónica. Ella nunca se arreglaba. Siempre con las mismas ropas sencillas, sin preocuparse por verse atractiva para él. Ese recuerdo lo irritaba más que el hambre.
—¿Amor? ¿Bebé? —la voz de Alejandra lo sacó de sus pensamientos.
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó ella, sabiendo perfectamente que su mente estaba en otro lugar. Y lo peor… intuía que ese lugar tenía nombre y rostro: Mónica. Eso la llenaba de rabia, aunque se consolaba pensando que, en el fondo, para Leandro, Mónica nunca había sido nada.
—No pasa nada, Alejandra. Solo son estúpidos pensamientos de la empresa —escupió él, fingiendo interés.
Le entregó su tarjeta con frialdad.
—Quiero que te consientas y después me muestres todo lo que compraste.
—Aww, eres el mejor. Voy a comprar muchas cosas para enseñártelas —dijo ella, besándolo con entusiasmo.
Pero en su mente, Leandro no podía dejar de compararlas. Mónica también había tenido una tarjeta de crédito familiar, y aun así nunca gastó en sí misma. Solo en lo necesario: comida, productos básicos para la casa. Jamás en ropa, jamás en lujos. En cambio, con Alejandra los registros bancarios estaban llenos de cifras exorbitantes. Algo en él lo desaprobaba, aunque por ahora lo soportaba con tal de verla feliz.