n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 16
Capítulo 16. Esa mujer no tiene nada de inocente
Ni siquiera aquella reunión consiguió alterar la expresión de Adrián. Se acercó con calma.
—Papá, ya llegué.
Saludó a Augusto, que ocupaba el asiento principal, y después miró a los demás.
—Beatriz, ¿tú también estás aquí?
Ella era la viuda de su hermano mayor. Él había muerto en un accidente de tránsito cinco años atrás, y por eso Adrián había regresado para hacerse cargo de los negocios familiares.
Después del accidente, Beatriz y Nicolás se habían mudado. Decían que quedarse en aquella casa y ver las cosas del fallecido les resultaba demasiado doloroso.
Augusto le sostuvo la mirada con expresión severa.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué llegas a estas horas?
Adrián alzó una ceja. Casi le resultó divertido.
—Papá, ya soy un hombre adulto. Volver un poco tarde no es nada grave.
Sabía perfectamente lo que había detrás de la pregunta: su padre quería saber si había estado con Lucía.
Augusto resopló con fuerza.
—¿Y esa Lucía? ¡Arruina la fiesta, no responde por lo que hace y encima te la llevas!
Beatriz llevaba rato queriendo interrogarlo. En cuanto Augusto sacó el tema, no pudo contenerse.
—Adrián, esa mujer no es buena. Hace cinco años le hizo mucho daño a Nicolás. Seguro que volvió con malas intenciones. Tienes que alejarte de ella.
—Así es. Lucía no tiene nada de inocente. Yo no me daba cuenta de cómo era y, de tonta, la quería como a una hermana. Después descubrí que andaba con dos a la vez. Coqueteaba y se enredaba con otros hombres a espaldas de Nicolás. Me daba tanta rabia que él tuviera que pasar por eso…
Natalia siguió el discurso de Beatriz con una expresión lastimera.
Lucía había arruinado su aniversario. La odiaba.
Sobre todo, la había hecho perder el control delante de tanta gente. Su imagen de mujer elegante había quedado por los suelos. ¡Quería que desapareciera de una vez!
Pero lo que más la aterraba era aquella frase que le había susurrado al oído.
¿Habría descubierto algo?
Sin darse cuenta, se llevó una mano al vientre. Un leve temblor le recorrió el cuerpo.
Nicolás no había dicho nada. Al verla temblar, supuso que era de rabia. La atrajo hacia su pecho y le acarició la espalda para consolarla.
Adrián escuchó todas las acusaciones sin mostrar ninguna emoción.
—¿Qué me importa a mí cómo sea ella? Esta noche era mi acompañante. Si la maltratan, por supuesto que voy a ponerme de su lado.
—¿No oíste lo que dijeron? ¡Es una cualquiera! ¿Qué puede salir de bueno de que una mujer así se te acerque?
Augusto había creído la versión de Beatriz. No iba a permitir que su hijo se relacionara con alguien así.
Adrián respondió sin ninguna prisa.
—¿Qué pruebas tienen para llamarla una cualquiera? ¿Basta con que ustedes lo digan para condenarla?
—¡Las hay! ¡Hay fotos que lo demuestran! —soltó Natalia, precipitada.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde están?
La expresión de ella se ensombreció. Aquellas fotos ya no existían.
Después de la boda, cinco años atrás, Nicolás había intentado conseguirlas. Pero el equipo de reproducción se había averiado y la memoria USB donde estaban guardadas también había quedado destruida. Para colmo, nunca había logrado averiguar quién las había proyectado.
Con tanta gente en la boda, nadie se había fijado en eso.
Las únicas fotos que podían demostrar la infidelidad de Lucía habían desaparecido.
Al ver que no podían presentar ninguna prueba, Adrián respondió con indiferencia.
—Si no hay nada más, me voy a mi habitación.
—¡Detente! —ordenó Augusto de golpe.
Adrián se volvió.
—¿Necesitas algo más?
—¡Mañana mismo despides a esa Lucía!
Adrián frunció el ceño.
—Papá, no ha hecho nada malo. ¿Qué van a pensar los demás empleados si la despido sin motivo? En el Grupo Altamar no se cometen esas injusticias.
Hizo una pausa y añadió:
—Si de eso se trata, no hace falta seguir hablando. Descansa.
Se volvió y subió las escaleras, sin importarle la expresión cada vez más sombría de su padre.
—¡Tú…! ¡Este malcriado quiere matarme de un disgusto! —estalló Augusto.
Beatriz se levantó enseguida para tranquilizarlo.
—Papá, no se altere. ¡Todo es culpa de Lucía! ¿Cuánto hace que Adrián la conoce? ¡Y ya lo está corrompiendo!
—Yo lo dije desde el principio: sabe muy bien cómo manipular. Si no, ¿cómo consigue tener a tantos hombres detrás? —añadió Natalia, echando más leña al fuego.
Nicolás siguió sin decir nada. Pero, al escuchar a su esposa, su expresión se volvió todavía más sombría.
Al ver la preocupación de Augusto, Beatriz tuvo una idea.
—Papá, Adrián ya tiene edad de sobra para casarse. ¿Por qué no hacemos que forme una familia cuanto antes? Así no caerá en las redes de mujeres con malas intenciones.
Augusto resopló.
—¡Yo soy el primero que quiere que se case! Pero ustedes lo saben: ¡En todos estos años no se le ha acercado una mujer ni por equivocación!
Beatriz reflexionó un momento.
—Déjeme encargarme. Le aseguro que voy a encontrarle una esposa de una familia de su mismo nivel.
—¿Tú?
Augusto la miró con cierta desconfianza.
Ella parecía muy segura.
—Soy la viuda de su hermano mayor. Ahora que su mamá ya no está, me toca ocupar su lugar y encargarme de su matrimonio.
Augusto guardó silencio un momento antes de responder.
—Está bien. Ya hace falta alguien que lo controle.