En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 22.
—No vuelvas a quedarte a solas con ese espejo.
Leo soltó una risa breve, sin humor.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La orden disfrazada de preocupación.
Julian cerró los ojos un instante.
—Tienes razón.
La respuesta sorprendió tanto a Leo que no supo qué decir.
—No voy a ordenarte que hagas nada —continuó Julian—. Pero te pido que tengas cuidado. No sé qué has visto y no voy a fingir que lo entiendo.
—¿Y si quiero volver a mirar?
—Entonces no puedo impedírtelo.
Julian pronunció aquellas palabras como si le costaran más que cualquier juramento.
Leo bajó la mirada hacia el diario.
—Creo que Lucien dejó algo aquí. Algo que no quería que encontráramos hasta ahora.
—¿Por qué lo crees?
Leo abrió el libro por la última página escrita. La tinta, que antes parecía recién depositada sobre el papel, se había extendido por las fibras como una mancha oscura.
Lucien Ardent sigue esperando.
Debajo había aparecido una frase nueva.
El rostro es la primera mentira.
Julian leyó las palabras por encima de su hombro.
Y retrocedió.
Fue un movimiento mínimo, casi imperceptible. Pero Leo lo vio.
—Sabes algo.
—Sé que debemos encontrar a Dorian.
—No te he preguntado eso.
—Y yo no tengo una respuesta que pueda darte.
—¿No puedes o no quieres?
Julian levantó los ojos hacia él.
—No lo sé, Leo. Y esa es la parte que más me preocupa.
Encontraron a Dorian Ashcroft en la biblioteca, sentado frente a la chimenea apagada.
Tenía un libro abierto sobre las rodillas y una copa de cristal vacía entre los dedos. No parecía sorprendido por la llegada de ambos. De hecho, al verlos, cerró el volumen con una tranquilidad que a Leo le resultó irritante.
—Imagino que el diario ha vuelto a escribir —dijo.
Leo se detuvo frente a él.
—¿Cómo lo sabes?
Dorian dejó el libro sobre una mesa auxiliar.
—Porque los documentos de Lucien nunca permanecían iguales durante demasiado tiempo.
—¿Y pensaste que sería una buena idea omitir ese detalle?
—Pensé que era mejor no asustarte con fenómenos que quizá no llegarían a ocurrir.
—Pues felicidades. Has conseguido que me asuste mucho más.
Dorian aceptó el reproche con una inclinación de cabeza.
Julian permanecía junto a la puerta, rígido como una estatua. Leo empezó a comprender que la presencia de Dorian lo incomodaba por razones que iban más allá de la desconfianza habitual.
No era solo que el recién llegado conociera secretos de los Vane.
Era que parecía conocer a Julian de una forma distinta.
Como si hubiera visto algo que el resto del mundo nunca había tenido oportunidad de contemplar.
—Vi a alguien en el espejo —explicó Leo—. Tenía el rostro de Julian.
Dorian dejó de mover la copa.
—¿Sonrió?
Leo sintió que el estómago se le contraía.
—Sí.
Dorian miró a Julian.
—Entonces ha comenzado.
—No vuelvas a hablar como si estuvieras leyendo un maldito libro de profecías —dijo Julian—. Explícalo.
—Creía que no recordabas nada.
—No recuerdo lo suficiente.
Dorian se puso de pie.
—En ese caso, será mejor que empecemos por lo único que sabemos con certeza. La Orden del Velo no inventó el pacto de los Ardent. Lo encontró entre documentos mucho más antiguos. El pacto hablaba de recuerdos que podían sobrevivir a la muerte, de sangre capaz de abrir puertas y de rostros que no siempre pertenecían a quienes los llevaban.