La noche en que su novio la humilló delante de todo un restaurante, Rosária Ferreira creyó que ya no le quedaba nada que perder. Gorda, pobre y con el corazón hecho pedazos, bebió hasta olvidar hasta su propio nombre… y terminó llamando a la puerta equivocada del hotel más lujoso de São Paulo.
Del otro lado estaba Gerson Bittencourt, heredero de un imperio y hombre convencido de que el amor es veneno. Harto de mujeres que lo querían por su apellido, encontró en aquella desconocida, que ni sabía quién era él ni quiso saberlo, la única noche verdadera de su vida. Y por la mañana, ella había desaparecido sin dejar más que un fajo de billetes… y una pregunta que jamás lo dejaría en paz.
Cinco años después, una ejecutiva brillante y blindada cruza la puerta de su empresa con una hija de la mano y un secreto que podría destruirlo todo. Ya no es la mujer que se encogía para caber en el mundo. Y él, el chairman al que nadie se atreve a decirle que no, está a punto de descubrir lo que significa perseguir a alguien que no está en venta.
Pero hay una familia poderosa que pagó muy caro para que esa noche no existiera nunca, y una verdad que, cuando salga a la luz, los obligará a elegir entre el miedo y el amor.
¿Se puede amar a quien se esconde de ti? ¿Y a quien ya no cree merecer ser amada?
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Capítulo 6
POV: Gerson
Desperté estirando el brazo hacia el otro lado de la cama, y el otro lado estaba frío.
Tardé en entender. Me incorporé. La suite estaba en silencio, la cortina seguía cerrada, su vestido ya no estaba en el piso, sus zapatos ya no estaban regados. La llamé sin pensar, y mi propia voz volvió vacía por el cuarto.
Se había ido.
Me levanté, rodeé la cama, abrí la puerta del baño. Nada. Solo su olor todavía en la almohada y la marca de su cuerpo en la sábana, ya fría.
Fui a la sala y, sobre la mesa, junto a mi cartera, debajo de un vaso, había un fajo de billetes. Los conté sin querer contarlos. Cinco mil reales.
Me quedé mirándolos un largo instante, sin entender, y cuando entendí fue peor. Me había pagado. La mujer que pasó la noche llorando en mi pecho, que me agradeció por no haberse reído de ella, que se durmió con la mano sobre mi corazón, había despertado, me había mirado dormir y había decidido dejar dinero sobre la mesa, como quien paga una cuenta.
Nadie me había hecho jamás algo así. Siempre era al revés. Eran ellas las que se quedaban, las que dejaban su número, las que inventaban pretextos para volver. Yo era el que se iba. Y aquella mujer, una desconocida borracha a la que yo había recogido del pasillo, lo había invertido todo. Me había tratado como yo siempre traté a los demás.
Sentía una rabia que no tenía sentido, una rabia que ardía junto con otra cosa que ardía más, y esa otra cosa era que quería volver a verla. Quería saber su nombre. Quería la luz del día sobre su cara, sus ojos viéndome de verdad.
Tomé los billetes y los di vuelta entre las manos, como si fueran a decirme algo.
Cinco mil reales. Para ella debía de ser mucho. Por la ropa, por su manera de ser, por el dolor que contó, no era una mujer a la que le sobraran cinco mil reales. Me había pagado con lo que probablemente eran todos sus ahorros, solo para no deberme nada. Solo para que yo no pensara que se había quedado por interés.
Le llamé a Caio. Contestó al segundo timbrazo, con voz de quien lleva horas despierto.
—Señor Bittencourt.
—Ven. Ahora.
Llegó en veinte minutos, de traje, con la carpeta. Miró el dinero sobre la mesa, me miró a mí y tuvo el buen juicio de no preguntar.
—Anoche entró una mujer aquí —dije—. Como a la medianoche. Se equivocó de piso. Quiero saber quién es.
—¿Tiene el nombre?
—No.
—¿Descripción?
Abrí la boca y me di cuenta de que no tenía. Estaba oscuro. Ella estaba borracha, yo había bebido, nadie encendió la luz. Tenía su cuerpo en mis manos, su risa, su voz, la manera en que dijo "solo hoy", pero su rostro era algo que nunca había visto bien.
—Una mujer. —Cerré la mano sobre la mesa—. Pelo oscuro, a la altura de los hombros. Más llenita. Llevaba un abrigo oscuro y un vestido ajustado. Bebió en el lounge anoche, probablemente con una amiga. Consigue las cámaras.
Caio anotó. Se pasó el día entero en eso. Por la noche regresó con una tableta y una cara que yo ya sabía leer.
—Las cámaras del pasillo estaban en mantenimiento en ese piso —dijo—. Las del lobby captaron a alguien entrando con abrigo, de madrugada, pero de espaldas y con capucha. No se le ve la cara. Recepción no tiene registro de ella; no estaba hospedada. En el lounge, la gerente es una tal Bianca Nunes, pero salió de vacaciones hoy temprano, viajó. Nadie más recuerda nada útil.
—Cómo que nadie recuerda.
—Es un bar de hotel, señor Bittencourt. Entran cien personas por noche. —Dudó—. Y, con todo respeto, usted me dio media descripción. "Más llenita, pelo oscuro." Así es media São Paulo.
—Ella no es media São Paulo.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó con cuidado—. Usted mismo dijo que estaba oscuro.
No supe qué responder.
—Bianca Nunes —dije—. La gerente. ¿Cuándo regresa de vacaciones?
—Dos semanas, dicen. Pero no va a hablar. La gente de hotel no entrega a un cliente, es regla de la casa. —Cerró la tableta—. ¿Quiere que insista? ¿Que contrate a alguien para buscarla?
Iba a decir que no. Iba a decir que era ridículo, que era solo una noche, que yo no perdía el tiempo buscando mujeres. Eso habría dicho el hombre que yo era antes de esa noche.
—Sí —dije—. Sigue buscando.
Se fue. Yo tomé el dinero de la mesa y separé uno de los billetes del fajo. Lo guardé en la cartera. No sé explicar por qué lo hice. Era una deuda, supongo. Una que me importaba no olvidar.
Guardé el resto de los billetes en el cajón. Fui hasta el ventanal con el billete separado en la mano, mirando esa ciudad inmensa llena de luces, llena de millones de personas, y en algún lugar allá abajo estaba una mujer que me había puesto de cabeza y había desaparecido sin dejar rastro.
Voy a encontrarte, pensé. Aunque tarde. Voy a encontrarte.
Caio siguió buscando durante semanas. Las cámaras no dieron nada, la gerente del lounge no habló, los rastros simplemente se borraron, como si aquella mujer hubiera subido a mi piso por error, venida de otro mundo, y hubiera vuelto a él.