El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.
Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.
Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.
Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.
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22. ¡Te equivocas!
A este tipo le hace falta una paliza. La mirada de Álvaro se volvió helada. Estaba a punto de abrir la boca.
Pero Mireya levantó una mano.
Por reflejo, Álvaro se detuvo. Esa seña parecía hecha a propósito para frenarlo. Al final dejó de hablar.
Mireya todavía quería arreglar sus asuntos por su cuenta.
—Así que existe, ¿eh...? —Mireya miró a Damián de frente—. Gente que escupe y luego se lo traga.
El rostro de Damián cambió.
—Que te quede claro: en toda mi vida, separarme de ti fue lo que más alivio me dio.
Damián negó con la cabeza.
—No puede ser.
—Es verdad que antes te quise.
La voz de Mireya se fue suavizando.
—Antes tú eras mi mundo. No quería hacer otra cosa que hacerte feliz.
A Mireya se le llenaron los ojos de lágrimas. El dolor volvió. Pero no dejó caer ni una gota.
—Pero ¿qué recibí a cambio, de ti y de tu familia?
Damián se quedó callado.
—Sé que hicieron algo a propósito para que yo no me fuera de esa casa.
Mireya lo miró con dureza.
—Le echaban a mi comida algún brebaje para abrir el apetito, ¿verdad?
Damián palideció. Después de tanto tiempo, el secreto que creía conocido solo por él y su familia había salido de la boca de Mireya.
—Cada noche me despertaba con hambre, siempre. Comía toda la madrugada. Y de día tenía que atenderte a ti y a los tuyos.
Mireya soltó una risa corta. Irónica.
—Lo sabía.
Damián frunció el ceño.
—Sabía lo que hacían.
—¿Entonces por qué te callaste? —interrumpió Damián, que no quería seguir cargando con la culpa.
—Porque te amaba. —Mireya lo miró—. No me importaba que todos fueran malos conmigo. Mientras mi esposo estuviera de mi lado, pensé que todo iba a estar bien.
Le temblaba la voz.
—Me equivoqué.
Los ojos de Mireya se posaron un instante en sus propias manos.
—Cuando mi cuerpo cambió, tus ojos también cambiaron.
Volvió a mirar a Damián.
—Empezaste a mirarme con asco.
Damián abrió la boca, pero no le salió ni una palabra.
—Te burlabas de mi cuerpo. De mi situación. Decías que el arroz de tu casa se acababa por mi culpa.
Mireya respiró hondo.
—¡Cuando eran ustedes los que lo provocaban! Y no solo eso: empezaste a verte con otras mujeres a mis espaldas.
Damián se puso más pálido.
—Con todo ese trato, con todos esos insultos...
Mireya negó con la cabeza.
—¿De verdad crees que yo iba a querer seguir contigo?
Solo respondió el silencio. Nadie contestó.
Damián permanecía de pie, como una estatua.
Álvaro seguía al lado de Mireya. Callado, atento.
Pero el brillo de sus ojos bastaba para mostrar que su paciencia estaba por agotarse.
Mireya por fin suspiró. No quería gastar más tiempo en el pasado.
Entonces se volvió hacia Álvaro.
—Ah, por cierto... ¿Dijiste hace un rato que nadie querría casarse conmigo? Te equivocas.
Se colgó del brazo de Álvaro.
—Álvaro, vámonos a casa.
Con esa palabra, el gesto tenso de Álvaro, a punto de estallar, empezó a suavizarse.
Asintió de inmediato.
—Vamos.
Echó a andar y le acarició el cabello a Elián, que desde hacía rato escuchaba, confundido, una charla muy lejana a su mundo.
Elián le tomó enseguida la mano a Álvaro. La otra seguía en la de Mireya.
Los tres se alejaron de Damián.
Damián volvió a quedarse helado. No solo porque Mireya lo había rechazado.
—¿E-el señor Zarreta es su esposo?
Miró la espalda de Mireya, que ahora caminaba junto a otro hombre.
—¡N-no puede ser!
—Papá... Mamá...
Elián volteó hacia atrás.
—¿Quién es ese señor?
Frunció el ceño.
—¿Por qué sigue diciendo que Mamá va a volver con él?
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