Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22. Además de dirigir un imperio empresarial, era hacker
La cara de Elena, roja y ardiente por el sol, se quedó pálida y fría de golpe.
No se apresuró a justificarse. Primero analizó la situación con calma.
Alejandro debía haber investigado a fondo su pasado. Tenía que saber que Nicolás era su exnovio.
¿Creería que había sacado a Lucía para ir a una cita a escondidas con él?
Lo miró de reojo. La severidad de su rostro le confirmó que eso era precisamente lo que pensaba.
Elena deseó desaparecer. Si hubiera sabido lo que iba a pasar, no habría salido. Le habría bastado hablar con Galván por teléfono.
Se arrepentía profundamente, pero eso no cambiaba nada.
Lo ocurrido, ocurrido estaba. Tenía que afrontarlo.
Apretó los puños, reunió valor y sostuvo aquella mirada que parecía interrogarla.
—Señor Montenegro, por un descuido mío se llevaron a Lucía. Lo lamento. Antes que nada, quiero pedirte disculpas de verdad.
Primero reconoció su responsabilidad con sinceridad. Solo después continuó:
—Vine a reunirme con el doctor Galván. Traje a Lucía con permiso de tu abuela. En cuanto a él...
Miró la imagen de Nicolás en la tableta con un rechazo evidente.
—Es mi exnovio. Nos encontramos aquí por casualidad.
Remarcó las últimas palabras con especial fuerza.
Alejandro no respondió enseguida. La observó mientras sus dedos, de nudillos marcados, golpeaban la mesa con un ritmo pausado. Parecía estar sopesando algo.
Martín se acercó deprisa. Le murmuró unas palabras al oído y le mostró su teléfono.
En la grabación aparecían Elena, Lucía y Galván sentados junto a la ventana.
El video aún no había terminado cuando sonó el teléfono de Alejandro.
Al ver que llamaba su abuela, vaciló un instante antes de contestar.
—Alejandro, me dijeron que esa mujer perdió a Lucía. ¡¿Qué pasó?!
La voz de la anciana salió atropellada por la angustia.
—La llevaré a casa sana y salva.
No ofreció más explicaciones. Lo afirmó con absoluta seguridad y colgó.
—Llévenla a casa.
Mientras daba la orden, abrió la computadora portátil que había sobre la mesa.
Era gris oscuro, muy delgada y con un diseño de tecnología avanzada.
En la pantalla apareció una imagen deslumbrante de la Vía Láctea.
Alejandro pulsó una tecla. Las estrellas desaparecieron y dieron paso a filas de código.
Después empezó a teclear con ambas manos a toda velocidad.
Cuando se detuvo, presionó la tecla Intro con un golpe seco. La pantalla cambió a una grabación de seguridad.
Elena se quedó mirando, atónita. Dio un paso hacia delante sin darse cuenta y reconoció la puerta trasera de la cafetería. Por el ángulo, la cámara debía estar en la calle.
¿Acababa de entrar por su cuenta al sistema municipal de videovigilancia?
Le temblaron las pestañas. Impresionada, apartó poco a poco los ojos de la pantalla y los llevó hacia Alejandro.
Él estaba completamente concentrado en las imágenes. Buscaba al secuestrador con la mirada afilada de un ave de presa.
¿No era un director general acostumbrado a mandar desde lo más alto? ¿Cómo sabía también de técnicas de hackeo?
Mientras seguía asombrada, Martín habló a su lado:
—Señora, enviaré a alguien para que la lleve a casa.
—No voy a irme.
Martín miró a Alejandro, incómodo. Aunque estaba pendiente de la grabación, él percibió enseguida aquella mirada.
—¿Tienes miedo de que te hagan pasar un mal rato al volver?
No apartó los ojos del video mientras lo preguntaba.
—No. Lucía desapareció estando a mi cargo. ¡Tengo la responsabilidad de encontrarla!
Apenas terminó de decirlo, Alejandro se levantó de golpe. La miró desde su altura.
En aquellos ojos normalmente imperturbables ardía ahora una llama de rabia.
—¿Y cómo piensas encontrarla? ¿Preguntándole a la gente que pasa?
Su voz no mostró ninguna emoción. Parecía estar haciendo una pregunta perfectamente corriente.
Si Elena no hubiera visto su destreza como hacker, tal vez habría respondido con seriedad que preguntar uno por uno era demasiado lento, así que había dejado fotos del secuestrador en las tiendas más concurridas para que la llamaran si alguien lo reconocía.
Pero en aquel momento, ya fuera por su propia inseguridad o porque de verdad lo estaba haciendo, sintió que se burlaba de ella.
Sostuvo aquella mirada airada sin ser capaz de encontrar una sola respuesta.
Sus capacidades no estaban al mismo nivel. Ni siquiera se podían comparar.
Quizá él pensaba que, si se quedaba, no ayudaría en nada. Solo estorbaría.
Pues bien. No iba a seguir obligándolo a soportar su presencia.
Se dio la vuelta y salió sin vacilar.
Martín la siguió hasta el coche y le abrió la puerta con respeto. Después habló con el conductor:
—Lleve a la señora a la residencia.
—Sí.
El vehículo arrancó. Elena miró con frialdad las puertas cerradas de la cafetería y apretó los puños. Hizo tanta fuerza que las venas del dorso de sus manos palpitaron ligeramente.
El deseo de hacerse fuerte se volvió todavía más intenso.
¡No quería que nadie volviera a mirarla por encima del hombro!
Media hora después, el coche entró en la propiedad y se detuvo frente a la casa.
Elena bajó. Apenas cruzó la puerta, notó que algo iba mal.
Miró hacia la sala. Doña Mercedes, Isabel y Ernesto, Patricia y Jorge la esperaban en los sofás, como un tribunal preparado para exigirle cuentas.
Isabel fue la primera en levantarse.
—¡Elena! ¿Perdiste a Lucía y todavía tienes el descaro de volver?
La acusación cayó sobre ella como una pedrada.