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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:6.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: La merienda de la verdad

El aroma a tostadas de campo, medialunas calientes y chocolate espeso envolvía el interior de una pequeña confitería de barrio con mesas de madera maciza, ubicada a tres cuadras del centro cultural. Lejos de los restaurantes con estrella Michelin y los salones exclusivos de sus hoteles, Federico se sentía en el lugar más sagrado de la tierra.

Theo estaba sentado en una banqueta alta entre los dos, devorando una porción generosa de tarta de frutillas mientras balanceaba las piernas con alegría. Tenía una mancha roja de mermelada en la comisura del labio y las mangas de su chaqueta azul marino arremangadas para no ensuciarse con el chocolate caliente.

—Mi mamá dice que cuando yo sea grande voy a tener un auto rojo de verdad —contó Theo con entusiasmo, masticando con deleite y mirando a Federico con sus enormes ojos vivaces.

—Si te lo propones y trabajas duro, vas a tener el auto que quieras, campeón —respondió Federico con una sonrisa reposada, sirviéndole un poco de agua fresca en su vaso.

—Mamá —preguntó el pequeño de pronto, ladeando la cabeza con curiosidad pura—, ¿cuándo se conocieron tú y Fede, él ya tenía cara de no dormir bien?

Sofía, que daba un sorbo a su infusión de hierbas, casi se atraganta. Dejó la taza sobre el plato con un tintineo apresurado y carraspeó, sintiendo que un rubor súbito le encendía las mejillas.

Federico soltó una carcajada limpia y sonora que iluminó sus facciones, una risa tan franca que hasta la moza de la barra giró a sonreírles.

—En realidad, Theo, tu mamá fue la que me dejó sin dormir desde el primer día que la vi —confesó Federico con la mirada brillante, clavando sus ojos claros en los de Sofía con una intensidad que hizo que el aire entre ambos se volviera espeso.

—Federico... —advirtió Sofía en un murmullo contenido, aunque en sus labios castaños asomó una leve curva que no logró disimular del todo.

—Es la verdad —insistió él, sin apartar los ojos de ella—. Estaba parado en una esquina de un salón frío, rodeado de gente aburrida, y de pronto apareció una mujer que ayudaba a recoger papeles del suelo con una sonrisa que encendía la sala entera. Desde ese minuto, no pude volver a mirar a nadie más.

El corazón de Sofía dio un vuelco descontrolado contra sus costillas. Era la primera vez en cinco años que lo escuchaba evocar esa tarde sin la coraza del orgullo o el dolor de la ruptura.

—¡Yo también ayudo a levantar papeles en el colegio! —festejó Theo con orgullo, limpiándose la boca con una servilleta de papel—. ¿Puedo ir al rincón de juegos a armar el rompecabezas del tren mientras ustedes terminan el café?

Sofía miró hacia el fondo del local: había un corralito infantil acolchado con libros de cuentos y bloques de madera, perfectamente a la vista desde su mesa.

—Cinco minutos, mi amor. Y no salgas de la alfombra —le indicó ella con ternura, acomodándole el cuello de la camiseta.

—¡Prometido! —Theo saltó de la silla con ligereza y corrió hacia los bloques de madera con su energía inagotable.

El silencio que cayó sobre la mesa fue inmediato y eléctrico.

Federico apoyó los codos sobre la madera, entrelazando los dedos. Sus ojos recorrieron el rostro de Sofía: la línea suave de su cuello, las pestañas largas que bajaban cuando intentaba esquivar su mirada, la misma boca que tantas veces lo había besado en la penumbra de su antiguo departamento.

—¿Todavía me odias, Sofía? —preguntó él en un susurro grave, cargado de una vulnerabilidad que desarmaba.

Ella alzó la vista despacio. Su mirada ya no tenía el veneno gélido del vestíbulo del hotel, pero conservaba la sombra de una herida profunda.

—Odiarte requeriría gastar una energía que preferí guardar para criar a mi hijo, Federico —respondió con calma sincera—. Lo que sentí esa noche fue desilusión. La peor clase de desilusión. Porque yo no te oculté mi apellido por arrogancia; lo hice para ser libre. Y cuando escuché que dudabas de mi honestidad... sentí que todo lo que habíamos vivido no había sido más que una transacción para ti.

Federico apretó la mandíbula con dolor y bajó la cabeza un segundo, aceptando el peso de sus palabras.

—Nunca fue una transacción, Sofía. Te amaba con locura. Tanto que me aterrorizaba. Cuando eres un Albarracín, creces aprendiendo que cada sonrisa tiene un precio y que cada abrazo esconde una letra chica. Mi padre me enseñó a sospechar hasta de mi propia sombra... y cuando me enamoré de ti, ese miedo me jugó la peor pasada de mi vida. Pero no busco justificarme. Si tengo que pasar el resto de mis días ganándome tu respeto milímetro a milímetro, lo voy a hacer.

Sofía lo observó fijamente, sintiendo cómo la coraza que la había protegido durante un lustro entero crujía bajo el calor de su sinceridad.

—No te prometo nada, Federico —dijo ella en voz baja, tragando saliva—. Theo te quiere. Hoy te puso en su dibujo, y para mí la felicidad de mi hijo es sagrada. Pero entre nosotros hay demasiadas cenizas.

—Con las cenizas se puede volver a encender el fuego, Sofía —susurró él, extendiendo una mano sobre la mesa, con la palma abierta hacia arriba, esperando que fuera ella quien decidiera si tocaba su piel o no.

Sofía miró la mano de Federico: fuerte, tibia, con cicatrices sutiles de la infancia y libre de anillos ostentosos. Por una fracción de segundo, sus dedos temblaron, tentados a cerrar la distancia.

De pronto, el teléfono de Federico vibró con una violencia inusual sobre la madera, quebrando el hechizo.

En la pantalla iluminada no aparecía un número comercial. Decía: MARTINA - URGENTE.

Federico frunció el ceño, retiró la mano y atendió al instante.

—Martina, estoy con...

—Federico, escucha bien —la voz de su hermana menor sonaba agitada, entrecortada por el viento y el eco metálico de un hangar—. El avión privado de papá acaba de aterrizar en el aeropuerto internacional. No vino solo; trajo a su equipo de auditoría de Zúrich y a los asesores de prensa. Se enteró de que rechazaste los viajes a Europa y viene directamente a exigir una junta con el Grupo Del Valle para ‘aclarar el sabotaje’. Tienes que salir de ahí ya mismo.

La sangre de Federico se congeló en las venas.

—¿Papá está en la ciudad? —preguntó él con un tono tan sombrío que Sofía se enderezó de inmediato en la silla, alertada por el cambio drástico en su semblante.

—Está en una caravana camino a la sede central de los Del Valle —añadió Martina con angustia—. Va a confrontar a don Roberto en su propia torre corporativa.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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