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El Detective Del Sistema: Hilos De Honor

El Detective Del Sistema: Hilos De Honor

Status: En proceso
Genre:Aventura / Mafia / Hijo/a genio
Popularitas:214
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

En un mundo donde la justicia se vende al mejor postor, un héroe se forja en el dolor y la integridad.
Leonardo solo buscaba aliviar la pobreza de su hogar al ingresar a la Academia de Policía. Sus padres, guiados por una honestidad inquebrantable, le enseñaron que la dignidad no tiene precio, mientras su hermana menor, Mia, soñaba con vestir al mundo con sus propios diseños. Pero cuando un sistema misterioso de recompensas despierta en él para guiar su camino, la tragedia golpea sin piedad: una red de trata le arrebata a Mia, dejando una herida imposible de cerrar. Entre conspiraciones de poder, un amor sanador y una cacería sin tregua, luchará por aplastar la corrupción desde la raíz y convertir los sueños de su hermana en un legado inmortal.
¿Podrá un solo hombre derribar a todo un imperio criminal sin perder su propia alma?

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La huella de las sombras

La llovizna helada de la medianoche comenzaba a cubrir los asfaltos agrietados de los barrios periféricos. Leonardo avanzaba a toda velocidad a bordo de una motocicleta negra, serpenteando entre los callejones con la destreza y precisión que solo los atributos mejorados del sistema le permitían desplegar. Su corazón latía con una fuerza despiadada, pero bajo el dominio de la desesperación, el instinto de persecución se mantenía frío, enfocado y quirúrgico.

El tiempo corría en su contra. Cada segundo de retraso en los trámites burocráticos y las evasivas deliberadas del comisario Rivas abría una distancia peligrosa entre él y Mia.

Sabiendo que no obtendría auxilio de las patrullas corruptas del sector, Leo decidió internarse en el corazón del Distrito Sur, la zona donde convergían los talleres clandestinos y los centros de acopio nocturnos del crimen organizado. Se estacionó a tres calles de distancia, ocultó la motocicleta tras unos contenedores de basura metálicos y se deslizó por las paredes de ladrillo visto con la agilidad de un fantasma.

Su mente, potenciada por las recompensas acumuladas en la academia, funcionaba como un procesador táctico. Las luces de los faroles intermitentes proyectaban sombras alargadas, pero los ojos de Leo distinguían cada relieve en el suelo húmedo. Al cruzar la esquina de una fábrica abandonada, activó la habilidad pasiva Rastro Forense.

En su campo de visión, el entorno se tiñó de un tono azulado y los detalles invisibles para el ojo humano se volvieron deslumbrantes:

[ANÁLISIS DE ENTORNO ACTIVO]

Rastro detectado: Fricción de caucho reciente sobre asfalto irregular.

Partículas de pintura sintética: Azul medianoche (Coincidencia con furgón sospechoso: 99.8%).

Huellas de pisadas: Tres pares de calzado pesado en dirección al taller clandestino de repuestos.

Leo apretó los dientes. Las huellas eran recientes; los neumáticos habían dejado marcas marcadas por un frenado brusco apenas una hora atrás. Siguió el rastro invisible a lo largo del pasaje estrecho, escalando por la tubería de gas externa de un edificio colindante hasta alcanzar la estructura metálica del techo del taller.

El olor a aceite quemado, soldadura y alcohol barato ascendía entre las rendijas de las láminas de cinc. Leo se tendió cuerpo a tierra sobre la superficie de lata y pegó el oído a la grieta. Activó la habilidad Oído Absoluto, aislando el zumbido de los generadores eléctricos para enfocar las voces que resonaban en la trastienda.

—El encargo estuvo limpio, te lo digo —hablaba una voz gruesa y rasposa, acompañada del chasquido de una botella de cerveza al abrirse—. La muchacha del uniforme escolar no dio problemas después de que le pusimos el trapo. La llevamos directo al punto de acopio en los viejos almacenes de la zona franca.

—¿El Turco ya dio el visto bueno? —preguntó un segundo sujeto, de tono más agudo y nervioso.

—Sí. Pagó la tarifa completa por ella. Dice que mañana a primera hora la suben al barco que sale hacia el sur con el resto del cargamento. Rivas ya cobró su parte para mantener a las patrullas fuera del perímetro de los muelles. Nadie la va a buscar allí.

Una descarga de fuego helado recorrió la espina dorsal de Leo. Escuchar el nombre de su hermana en boca de aquellos mercenarios y confirmar la complicidad directa del comisario Rivas convirtió su angustia en una resolución feroz. Mia estaba viva, pero el reloj marcaba las últimas horas antes de que la hicieran desaparecer para siempre en las redes de trata internacional.

Leo no esperó a pedir refuerzos ni a reunir más evidencias. Se puso de pie sobre la lámina del techo y, aplicando todo su peso reforzado por el atributo de fuerza física, atravesó la estructura metálica, cayendo ruidosamente en medio del taller.

El impacto del techo al ceder generó una nube de polvo y esquirlas de hierro. Los tres hombres que bebían alrededor de una mesa de madera saltaron de sus asientos, desenfundando navajas y armas cortas entre maldiciones.

—¡¿Qué demonios...?! —alcanzó a gritar el líder de la voz rasposa.

Antes de que pudiera alzar el cañón de su pistola, Leo cruzó la distancia que los separaba en una fracción de segundo. Movido por la técnica de Tácticas de Combate Avanzado, le sujetó la muñeca, torciéndola en un ángulo imposible que hizo crujir la articulación y soltar el arma al suelo. Sin detener el vuelo de su impulso, Leo asestó un golpe con el codo directamente en el esternón del sujeto, dejándolo sin aire y derribándolo contra el piso de concreto.

Los otros dos agresores se abalanzaron sobre él simultáneamente. Uno intentó acuchillarlo por la espalda, pero Leo anticipó la trayectoria del ataque gracias a sus reflejos mejorados. Esquivó la hoja de acero por milímetros, atrapó el brazo del atacante y lo proyectó sobre el capó de un vehículo desmantelado, dejándolo inconsciente al instante.

El tercer individuo, presa del pánico al ver la velocidad inhumana del joven de ropas oscuras, intentó correr hacia la salida trasera. Leo recogió una llave inglesa pesada de la mesa de trabajo y la arrojó con una precisión matemática. El metal impactó de lleno en la pierna del fugitivo, haciéndolo rodar por el suelo con un alarido de dolor.

En menos de treinta segundos, la trastienda del taller quedó envuelta en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los gemidos de los hombres reducidos.

Leo caminó despacio hacia el líder, que se arrastraba desesperadamente hacia una esquina mientras se sujetaba el brazo fracturado. El joven cadete lo tomó del cuello del abrigo, levantándolo del suelo con una sola mano y estampándolo contra la pared de ladrillos. La mirada de Leo no contenía rabia descontrolada; era un abismo negro, frío y desprovisto de piedad.

—Los almacenes de la zona franca... —dijo Leo con una voz grave que hizo estremecer al criminal—. ¿En cuál de los galpones la tienen?

—¡No... no sé el número exacto! —chillo el hombre con el rostro pálido por el terror—. ¡Te lo juro, solo somos los transportistas! ¡Es el almacén que está al final del muelle tres, el que tiene el letrero de 'Carga Marítima del Sur'! ¡Allí tienen a las chicas encorraladas en los contenedores de transporte!

—Si me has mentido en una sola palabra, regresaré por ti —susurró Leo, soltándolo bruscamente.

El hombre se desplomó inconsciente por el impacto contra el piso. Leo recogió la pistola del suelo, comprobó el cargador y la guardó en la cintura de su pantalón. Salió del taller hacia la lluvia que arreciaba, abordó la motocicleta y aceleró el motor hasta el límite, rumbeando directamente hacia los muelles abandonados de la zona franca. La vida de Mia se medía en minutos, y Leo estaba dispuesto a arrasar con cualquier obstáculo que se interpusiera entre él y el rescate de su hermana.

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