Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 5
Capítulo 5
La primera orden
Gracias a las cámaras, Valeria había escuchado cada comentario de los directivos sobre su llegada.
Tomás Reyes, el secretario del grupo, estaba sentado junto al conductor. Se puso rojo de indignación.
—¡Qué descaro! Usted es la única hija que el señor Duarte tuvo con su primera esposa. ¿Qué tienen en la cabeza esos idiotas?
—Ay, Tomás. ¿Ahora vamos a clasificar a los hijos según quién sea su madre? Eso ya pasó de moda. Si a mí no me importa, ¿por qué te pones así?
Valeria se inclinó y le pellizcó suavemente la mejilla. Él se sonrojó aún más.
—Vale, vas a dirigir el grupo algún día —le recordó Mateo, frunciendo el ceño—. Compórtate como una jefa y deja de molestar a Tomás.
—¿Qué pasa? ¿Los hombres pueden coquetear con sus secretarias y yo no puedo tocarle la mejilla a mi secretario?
Chasqueó la lengua.
—Con una jefa como yo, debería sentirse afortunado.
Mateo negó con la cabeza. Al final, solo pudo sonreír con cariño.
* * *
Los directivos acompañaron a los hermanos Duarte al interior del hotel.
González, el subdirector, intentó guiarlos hacia el elevador privado.
Valeria lo detuvo con una frase:
—Primero quiero ver el restaurante.
Ni discursos de bienvenida ni conversaciones de cortesía. La inspección empezaba en ese mismo instante.
González los llevó al restaurante de autoservicio, nervioso.
Mateo se mantuvo en segundo plano. Su presencia imponía, pero estaba decidido a dejar que su hermana actuara por su cuenta.
Todavía no empezaba el almuerzo y no había clientes. Los meseros estaban colocando la comida.
Valeria recorrió los platos con la mirada y se detuvo en la sección de mariscos.
Se arremangó, metió la mano en el tanque de vidrio y sacó un camarón muerto de entre cientos.
—Explíqueme esto.
—No… no creo que esté muerto —balbuceó González.
Valeria sonrió.
—Entonces se lo puedo servir a usted.
—Señorita Duarte, hay muchísimos. Es normal que alguno muera por falta de oxígeno…
La sonrisa desapareció.
—¿Y también le parece normal que un cliente se intoxique?
Señaló el tanque.
—Hay trescientos cincuenta y seis camarones. Solo con mirar vi cinco muertos y por lo menos treinta que apenas se mueven. No sé qué pensará un cliente que paga trescientos pesos por comer aquí. Yo sé lo que haría: no volver jamás.
Su voz no admitía discusión.
—Retiren de inmediato los productos de esta sección y busquen otro proveedor. Si mañana encuentro otro camarón muerto, lo guardaré para que usted lo pruebe.
A González le flaquearon las piernas. Los demás directivos la miraban, atónitos.
Solo Mateo y Tomás conocían la capacidad de Valeria: le bastaba una mirada para recordar lo que veía y podía leer a una velocidad extraordinaria. De niña, incluso había ayudado a la policía a resolver un caso importante.
Contar unos cuantos camarones no le suponía ningún esfuerzo.
En el área de habitaciones, le pidió a Tomás un pañuelo blanco. Lo pasó por una moldura de la pared y por el marco de un cuadro.
—Hay polvo. La limpieza está mal hecha. Que la repitan.
Los directivos empezaban a lamentar aquella visita.
—Seguro piensan que exagero y que estoy buscando problemas —dijo Valeria, serena—. Pero hasta un hotel con cien años de historia puede venirse abajo por descuidar los detalles. Estos dos problemas bastarían para que perdiéramos estrellas durante una evaluación.
Le hizo una señal a Tomás.
—Abran esta habitación —ordenó él.
El encargado del área se apresuró a sacar la llave, con las manos temblorosas.
Cuando llegaban otros gerentes, preparaban dos habitaciones impecables y les enseñaban únicamente esas. La nueva jefa no les había dado oportunidad de organizar la puesta en escena.
Valeria entró, revisó el baño y luego se sentó en la cama.
Su expresión se endureció.
No dijo nada. Dio por terminada la inspección y fue con Mateo a la oficina de la gerencia.
—¿Qué te pareció? —preguntó él.
—Un desastre.
Valeria se dejó caer en el sofá y se apoyó la frente en una mano.
—¿El viejo quiere ponerme a prueba o hacerme sufrir? Este hotel está peor de lo que imaginaba. ¿De verdad es nuestro?
—Lo fundó nuestro abuelo. La familia empezó con los hoteles y fue creciendo hasta construir el grupo que tenemos hoy.
Mateo suspiró.
—No es solo un negocio que va mal, Vale. Aquí está la historia de tres generaciones. Pero tenemos demasiadas empresas, el sector ha pasado dos años difíciles y cada uno de nosotros está ocupado con lo suyo. Lo descuidamos. Tendrás que trabajar mucho para recuperarlo.
Valeria miró hacia una esquina de la oficina.
Había un piano negro.
Se le cortó la respiración.
—Pedí que lo pusieran ahí —explicó Mateo—. Antes, cuando estabas de mal humor, tocabas el piano o te ibas a cabalgar. Imagino que estos meses vas a estar demasiado ocupada para ir al establo. Si te cansas, puedes tocar un rato. Siempre lo hiciste muy bien…
—Gracias. Pero hace mucho que no toco.
A Valeria le costó sacar las palabras.
Una herida que creía cerrada volvió a dolerle.
—¿Qué pasó?
—Me lastimé una mano mientras atendía heridos en una zona de guerra. Se me rompió un ligamento del meñique. No perdí el dedo, pero ya no funciona como antes. No puedo tocar los pasajes que requieren abrir mucho la mano. Así que… dejé de tocar.
Intentó explicarlo con calma.
Mateo le tomó la mano con cuidado. Se le encogió el corazón.
—¿Te pasó por salvar a Alejandro?
—Sí… y no.
El nombre todavía le dolía, pero sonrió.
—Me lastimé trabajando por la paz. Deberías estar orgulloso de tu hermana.
Cinco años antes, había vuelto a encontrarse con el hombre al que amaba en una zona de combate, cerca de la frontera de Kalia.
Ella era médica. Él formaba parte de una misión de paz.
Alejandro luchaba por proteger a otros. Y Valeria, para llevarlo malherido a un lugar seguro, había estado a punto de perder el uso de una mano.
Durante mucho tiempo se había sentido orgullosa de aquello. Ahora, cada vez que miraba ese dedo sin sensibilidad, le dolía el pecho.
Pero había quedado atrás. Valeria Duarte podía equivocarse de hombre. Eso no significaba que fuera a pasar la vida llorando por él.
Tomás llamó a la puerta y entró de prisa.
—Señorita Duarte, ya revisé lo que pidió. La ropa de cama y parte de los muebles vienen de Élite Hogar. González se encarga de tratar con ellos.
Valeria cruzó las piernas.
—Así que Élite.
Su mirada se volvió afilada.
—Pídele a Finanzas todos los registros contables del hotel de los últimos dos años. Y busquen de inmediato otro proveedor de ropa de cama. Vamos a reemplazar todo lo de Élite.
Mateo alzó una ceja.
—¿Todo?
—La empresa la fundó el hermano de la mujer por la que Alejandro me dejó.
—Ah. Venganza personal —dijeron Mateo y Tomás al mismo tiempo.
—¡No! Nos están vendiendo productos baratos como si fueran de calidad. Por eso voy a tomar medidas.
Solo recordar aquel colchón duro la enfurecía. Si los clientes no podían descansar, ¿cómo iban a salir satisfechos? No era de extrañar que hubiera tantas reseñas negativas.
—Hay algo más —añadió Tomás—. El señor Mateo me pidió que estuviera pendiente de los Montenegro. Acaban de avisarme que el abuelo de Alejandro sufrió otro derrame y lo hospitalizaron. Está en uno de nuestros hospitales.
Valeria se levantó de golpe.
—¡¿El abuelo está en el hospital?!
La preocupación le quemó el pecho.
Entonces sonó el teléfono de Mateo.
Él miró la pantalla y esbozó una sonrisa.
—Vale, es tu ex.
Que extraño Mateo Duarte quiere ser pastor de una iglesia y Nicolás es Fiscal 🤔🤔🤔❓❓❓