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PACTO DE PIEL Y SANGRE

PACTO DE PIEL Y SANGRE

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Venganza
Popularitas:571
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.

Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El fin del principio.

Hay cosas en la vida que uno nunca se imagina. Creces pensando que conoces a las personas, que los roles están bien definidos y que las sorpresas se reservan para las películas de ficción. Pero vivir en Nueva York te enseña rápido que la realidad siempre supera cualquier guion de medianoche.

Sentada en el borde de la cama del loft de Axel, con una taza humeante de café entre las manos y su sudadera gris extragrande envolviéndome como un capullo, me quedé mirando la placa oficial de policía y el porta credenciales de cuero que él había dejado descuidado sobre la mesa de noche.

Todavía me costaba procesarlo. El mismo chico que aparecía a las tres de la mañana con chocolate caliente, que me robaba besos en la cocina y que competía en celos y miradas con Noah, era nada menos que uno de los tenientes más jóvenes y brillantes del departamento de policía de la ciudad.

Un teniente.

Cada vez que intentaba encajar las piezas, mi mente hacía cortocircuito. Pasé los dedos por el borde metálico de la placa, sintiendo el relieve frío del emblema. ¿Cómo diablos lo hacía? ¿Cómo lograba mantener esa doble vida entre la presión asfixiante de operativos, patrullas y delincuentes pesados, y las madrugadas relajadas compartiendo pizza conmigo en la sala?

Y, sobre todo, ¿cuántas otras cosas más me estaba ocultando?

Los nuevos hallazgos sobre su vida no hacían más que sacudir mi mundo. No solo era el hecho de que portara un arma reglamentaria y diera órdenes a hombres el doble de grandes que él; era el peso de saber que, mientras yo me preocupaba por los dramas cotidianos y los celos de mis hermanos, Axel caminaba todos los días por la cuerda floja entre el bien y el mal en las calles más peligrosas de Manhattan.

Escuché el sonido del agua de la ducha detenerse en el baño principal. La puerta se abrió y el vapor comenzó a filtrarse hacia la habitación, acompañado por el crujido del piso de madera.

Dejé la taza sobre la mesa con cuidado y levanté la vista.

Axel salió envuelto apenas en una toalla baja de cintura, con las gotas de agua escurriéndose por sus hombros anchos y marcando cada línea de su abdomen. Su cabello castaño estaba alborotado y húmedo, dándole ese aspecto desenfadado que siempre lograba desconectarme el cerebro. Al verme con su placa en las manos, se detuvo un instante en seco antes de esbozar esa típica sonrisa torcida que bordeaba la arrogancia y la ternura a partes iguales.

—¿Inspeccionando la mercancía oficial, reina? —preguntó con voz ronca, cruzándose de brazos mientras se apoyaba contra el marco de la puerta.

Me puse de pie lentamente, sosteniendo el porta credenciales con ambas manos, mientras sentía cómo una mezcla de orgullo y travesura me recorría de arriba abajo.

—Estaba revisando si tu placa dice la verdad, oficial —respondí con una sonrisa desafiante, dando un par de pasos hacia él—. Porque hasta ahora, lo único que me consta es que eres un peligro público... aunque debo admitir que el uniforme táctico que me imaginé anoche se debió ver bastante bien.

Axel soltó una carcajada profunda y divertida, cerrando la distancia entre nosotros en dos zancadas antes de arrebatarme las credenciales y lanzarlas de nuevo sobre la cama. Sus brazos me rodearon la cintura con fuerza, pegándome contra su pecho húmedo y tibio.

—Te prometo que el uniforme es lo de menos, Natalia —murmuró contra mis labios, con una intensidad que hizo que se me olvidaran todas las preguntas—. Lo verdaderamente peligroso es lo mucho que necesito tenerte cerca cada maldito día.

Y en ese momento, con el eco de su doble vida resonando en mi mente y sus brazos sosteniéndome en medio de la gran ciudad, supe que no importaba cuántos secretos descubriera; estaba dispuesta a seguir jugándomela toda por este teniente improvisado que se había convertido en mi mayor certeza.

El vapor del baño seguía flotando ligeramente en la habitación, pero el calor que sentía en las mejillas no tenía nada que ver con el agua caliente. Tener a Axel tan cerca, con ese aire despreocupado y la mirada fija en mí, lograba desordenarme los pensamientos de la forma más deliciosa posible.

Mientras sus manos acariciaban mis brazos, Axel se quedó en silencio un momento, observándome con una intensidad inusual. Sus ojos oscuros, que normalmente destellaban travesura, ahora tenían un brillo de seriedad que me hizo contener el aliento.

—Natalia —comenzó, con su voz volviéndose más grave y profunda—. He estado pensando mucho en estos últimos días. En cómo el tiempo se nos escapa cada vez que tienes que volver a tu hogar, en cómo odio que el sol salga y tengamos que despedirnos, aunque sea por unas horas.

Sentí un vuelco en el corazón. Él se apartó ligeramente para mirarme a los ojos, tomándome de las manos con una firmeza suave pero definitiva.

—Ya no quiero que vivas a medias, repartida entre dos casas y huyendo de la seguridad de tus hermanos para estar conmigo —continuó, mientras una sonrisa tierna se dibujaba en sus labios—. Quiero que este lugar sea tuyo tanto como lo es mío. No solo para pasar la noche, sino para compartir los días, los lunes por la mañana, los cafés a medianoche y todo lo que viene después.

Axel soltó una de mis manos, se estiró hacia la mesa de noche y tomó un pequeño llavero metálico que dejó caer suavemente sobre la palma de mi mano. El metal frío chocó contra mi piel, pero el efecto fue eléctrico.

—Quiero que te mudes conmigo, Natalia —dijo, pronunciando las palabras con una seguridad que me dejó sin palabras—. Quiero que hagas de este loft tu hogar. No necesito que te presiones, ni que decidas todo hoy mismo, pero quiero que sepas que la puerta de esta casa, y la de mi vida, están abiertas de par en par para ti. ¿Qué dices, reina? ¿Te vienes a vivir conmigo?

Un nudo cálido y apretado se formó en mi garganta. Sentí que el pecho se me inflaba de una felicidad tan absoluta que apenas cabía en la habitación. Miré la llave, luego lo miré a él, viendo reflejado en su rostro ese deseo genuino de construir algo nuestro, lejos de las tensiones y las distancias.

—¿Estás seguro, teniente? —pregunté, con la voz ligeramente temblorosa por la emoción, aunque sabía perfectamente cuál sería mi respuesta—. ¿Sabes lo que significa convivir conmigo 24/7? Te vas a arrepentir cuando veas mis mil tarros de cremas en el baño y mis dramas matutinos sin café.

Axel soltó una carcajada profunda, esa que solo lograba sacar cuando estaba verdaderamente feliz, y se inclinó para besar mi frente con una devoción que me hizo suspirar contra su piel.

—Pago con gusto el precio de tus cremas y tus dramas con tal de tenerte aquí, a mi lado, cada maldito día —murmuró contra mi mejilla antes de volver a besar mis labios con una ternura infinita—. Ya no quiero un segundo más lejos de ti.

Apreté la llave en mi mano y me fundí en sus brazos, sabiendo que el futuro, con todas sus sorpresas y desafíos, acababa de encontrar su lugar seguro entre nosotros dos.

Había pasado una semana desde aquella madrugada en el loft de Axel, una semana donde la idea de dar el paso definitivo se había convertido en nuestra pequeña meta secreta. Entre risas, cajas de cartón apiladas en la entrada de la imponente mansión familiar y las protestas exageradas de mis hermanos, por fin había llegado el día: el momento de trasladar mis cosas definitivamente a la que sería nuestra nueva vida.

El sol de la tarde iluminaba las calles de Nueva York cuando el último lote de maletas y cajas bajó por las escaleras principales. Axel estaba cargando el maletero de su auto con esa calma y eficiencia que lo caracterizaban, bromeando sobre cómo mis mil tarros de cremas iban a requerir un permiso especial del departamento de policía para caber en su baño. Noah y Fabián se encontraban en el pórtico, cruzados de brazos y con cara de pocos amigos, vigilando cada movimiento como si Axel estuviera a punto de contrabandear algo ilegal.

—Listo, reina. Con esto oficialmente cerramos capítulo aquí —dijo Axel cerrando la cajuela con un golpe seco y girándose hacia mí con una sonrisa radiante—. Súbete al auto, nos vamos a casa.

Le devolví la sonrisa, sintiendo una mezcla de emoción y vértigo hermoso en el estómago. Di un par de pasos hacia la puerta del copiloto, dispuesta a subir.

Pero en cuestión de segundos, el aire cambió de golpe.

El chirrido violento de unos neumáticos frenando en seco contra el asfalto cortó la tarde. Antes de que pudiera girarme por completo, una camioneta negra polarizada bloqueó el paso del auto. Las puertas traseras se abrieron con estrépito y de su interior saltaron dos hombres vestidos de negro, con los rostros completamente cubiertos por pasamontañas oscuros.

—¡Natalia, atrás! —gritó Axel con una voz autoritaria y helada, cambiando de inmediato al modo táctico de policía, mientras Noah y Fabián se lanzaban desde el pórtico con furia.

Axel intentó abalanzarse hacia mí, pero uno de los encapuchados se interpuso en su camino con una rapidez aterradora, mientras el otro me tomaba por la fuerza de los brazos antes de que pudiera dar un solo paso para huir.

—¡Suéltame! ¡Axel! —grité con desesperación, pateando el aire e intentando zafarme, pero la fuerza del hombre era abrumadora.

—¡Déjala ir, maldita sea! —bramó Axel con una furia desatada, derribando al primer sujeto al suelo mientras Noah y Fabián corrían para alcanzar la camioneta.

Sin embargo, el segundo encapuchado ya me había arrastrado hacia el interior del vehículo y me empujó sin contemplaciones contra los asientos traseros. Alcancé a ver a Axel y a mis hermanos corriendo hacia la puerta abierta, gritando mi nombre con una desesperación que me desgarró el alma, justo antes de que la camioneta acelerara a fondo, perdiéndose a toda velocidad entre el tráfico de Manhattan y dejando atrás las cajas de mi mudanza tiradas en la acera.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Paula Nuñez: ¡Muchísimas gracias por tu apoyo! Me alegra un montón que te esté gustando la historia. Si te atrapó, te invito a pasar por mi perfil para que le eches un vistazo a mis otras novelas. ¡Seguro que también te van a encantar! ❤️✨
total 1 replies
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