En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
NovelToon tiene autorización de Mariangel Suarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Prólogo
...
*Hay criaturas que se alimentan de sangre. Otras necesitan algo mucho más difícil de conseguir: una razón para seguir existiendo*....
La última noche de los hombres.
En las montañas del norte, donde la nieve caía incluso cuando el calendario anunciaba primavera, existía una mansión que no aparecía en los mapas modernos.
Los habitantes del pueblo más cercano la llamaban Blackthorn.
Tenía torres de pizarra negra, ventanales estrechos y una fachada de piedra tan antigua que las raíces de la hiedra parecían venas extendidas sobre un cadáver. Por las noches, sus ventanas permanecían iluminadas hasta el amanecer. Sin embargo, nadie recordaba haber visto salir humo de sus chimeneas, ni haber escuchado las voces de los sirvientes que supuestamente trabajaban allí.
La propiedad pertenecía a los Vane.
Una familia de coleccionistas, mecenas y benefactores de las artes. Aristócratas discretos. Herederos de una fortuna inexplicable. Personas que parecían no envejecer jamás.
La verdad era mucho más antigua que sus apellidos.
Balthazar Vane había nacido cuando los imperios todavía se conquistaban con espadas. Evangeline, su compañera y la mente detrás de cada fortuna familiar, llevaba más de un siglo negociando con hombres que creían tener el poder de destruirlos.
Y Julian Vane…
Julian llevaba doscientos veinte años muerto.
O, al menos, eso era lo que su padre insistía en recordarle.
Aquella noche, Julian contemplaba la tormenta desde el salón principal, sosteniendo una copa de cristal que no contenía vino.
—Estás aburrido otra vez —observó Evangeline desde el otro extremo de la habitación.
Julian sonrió sin apartar los ojos de la ventana.
—Qué desagradable debe de ser vivir con alguien que puede reconocer el aburrimiento a través de una pared.
—Puedo reconocerlo porque llevas tres semanas intentando provocar a tu padre.
—¿Y está funcionando?
—No. Está considerando encerrarte en la cripta durante un siglo.
Julian soltó una carcajada baja.
Era hermoso de una manera que incomodaba. Tenía el rostro delicado de una escultura renacentista, el cabello oscuro cayéndole sobre la frente y unos ojos que, bajo determinadas luces, adquirían el color rojizo del vino derramado sobre mármol blanco.
Pero su belleza no inspiraba confianza.
Inspiraba la sensación de que algo terrible podía suceder si uno se quedaba mirándolo demasiado tiempo.
—¿Sabes qué es lo peor de la eternidad, madre? —preguntó.
Evangeline cerró el libro que leía.
—Que los hombres continúan haciendo preguntas cuyas respuestas ya conocen.
—No. Lo peor es recordar cómo era sorprenderse.
Por primera vez en mucho tiempo, su voz perdió la ironía.
—Recuerdo el miedo. El hambre. La primera vez que vi morir a alguien a quien amaba. Recuerdo incluso el rostro del hombre que me convirtió en esto. Pero ya no recuerdo cómo se sentía esperar algo bueno.
Evangeline lo observó en silencio.
Había visto a Julian enamorarse una vez, hacía más de un siglo. Había visto cómo aquella emoción se convertía en duelo, y cómo el duelo se transformaba en una crueldad que ni siquiera Balthazar había conseguido corregir.
Desde entonces, Julian había coleccionado pinturas, libros, instrumentos musicales y amantes fugaces.
Nada permanecía.
Nada le importaba lo suficiente.
—Entonces procura no encontrar nada que vuelva a importarte —dijo ella finalmente—. Sería inconveniente.
Julian giró la copa entre los dedos.
—Tranquila, madre. Ya no creo en los milagros.
A kilómetros de Blackthorn, un joven acababa de llegar a la estación de tren de un pueblo cubierto de nieve.
Se llamaba Leo.
Llevaba un abrigo demasiado delgado, una maleta de cuero gastado y una carta de aceptación para trabajar en la restauración de una colección privada de arte.
No sabía que la mansión pertenecía a una familia de monstruos.
No sabía que la sangre que corría por sus venas había sido motivo de una guerra olvidada.
Y, sobre todo, no sabía que, en el preciso instante en que pusiera un pie en Blackthorn, un muerto de doscientos veinte años sentiría que el mundo acababa de devolverle algo que nunca debió perder.
Algo que quizá terminaría destruyéndolo.