Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 1: Cristal y Pólvora
Capítulo 1: Cristal y Pólvora
Bajo la seda negra del vestido de noche confeccionado en los talleres parisinos de su madre, Sienna Keller escondía dos cicatrices de metralla en el omóplato izquierdo y un moratón amarillento en las costillas que su hermano Gael le había dejado tres días antes durante una sesión de combate cuerpo a cuerpo sobre el tatami del sótano.
Para la alta sociedad de Washington y las esposas de los diplomáticos en el Pentágono, Sienna era una joya de porcelana. La menor de la dinastía Keller; la consentida de un General de cuatro estrellas que hacía temblar senadores con un carraspeo; la protegida de cuatro hermanos que vestían el uniforme de las fuerzas especiales y la heredera natural del imperio de alta costura de Vivienne Keller. Decían que a Sienna nunca la había rozado el viento. Decían que sus hermanos le allanaban el suelo para que sus tacones no pisaran barro.
La realidad era que, desde que cumplió ocho años, sus hermanos le habían enseñado a desarmar una pistola automática con los ojos vendados, a escapar de bridas de plástico dislocándose el pulgar y a rastrear direcciones IP gubernamentales antes de aprender a maquillarse. «Si el enemigo te captura para quebrar a papá o a nosotros, no esperes rescate», le había dicho Liam, el mayor, cuando la encerró en un cobertizo a oscuras durante seis horas en pleno invierno para medir su umbral de pánico. «Te haces dura o te rompen. Aquí no criamos víctimas».
Y no se había roto. Jamás.
Pero esa noche, Sienna no llevaba ropa táctica. Acababa de cumplir dieciocho años y, por primera vez en su vida, usaba un vestido de satén negro con escote en la espalda que desafiaba cada uno de los reglamentos del club de oficiales de la Base Andrews. La fiesta privada de graduación de la nueva promoción de tenientes de operaciones encubiertas era territorio vedado para civiles y familiares, pero infiltrarse por las salidas de emergencia de un hangar militar era un juego de niños para alguien que había hackeado el sistema de cámaras del Pentágono a los catorce por puro aburrimiento.
Sienna avanzaba entre la penumbra del salón privado del piso superior, donde el humo de los puros caros, el olor a bourbon y las risas roncas de los nuevos oficiales llenaban el aire.
Buscaba a Liam, pero sus ojos, traicioneros e involuntarios, escanearon la sala hasta encontrarlo a él.
Dante Cruz.
Estaba apoyado contra la barra de madera noble con la chaqueta del uniforme de gala abierta, la corbata aflojada y un vaso de whisky en la mano izquierda. Tenía esa envergadura pesada, atlética y letal de los hombres entrenados para matar sin hacer ruido, la mandíbula cuadrada sombreada por una barba de dos días y esa mirada oscura y arrogante que durante cinco años le había quitado el sueño a Sienna. Dante no era solo el mejor amigo de Liam; era su sombra, su rival y el único idiota que insistía en tratarla como si estuviera hecha de azúcar soplada.
Sienna se ocultó detrás de una columna de ladrillo visto cuando vio a Liam alejarse del grupo para hablar con una abogada de la fiscalía militar. El círculo alrededor de Dante quedó despejado: cuatro tenientes de su misma promoción, bebiendo y alardeando de sus futuros destinos en el extranjero.
Sienna dio un paso para acercarse, con el corazón martilleándole la garganta. Quería que la viera. Quería que Dante, por una maldita vez en su vida, dejara de mirarla como a la mocosa que corría tras ellos en el campo de tiro y viera a la mujer que tenía enfrente.
—Hablando de bajas colaterales, Cruz —dijo Miller, uno de los tenientes, dándole un codazo a Dante mientras señalaba con el mentón hacia la entrada del reservado—. La hermanita de Keller estuvo merodeando por el patio de armas toda la tarde. La vi mirándote durante el desfile como si fueras el mismísimo dios de la guerra.
Un par de oficiales soltaron carcajadas cómplices.
—Esa chica está obsesionada contigo desde los doce años, Dante —añadió Briggs, bebiendo de su copa—. Y ahora que cumplió los dieciocho... joder, la genética de Vivienne Keller hizo un milagro. Ya no es una cría. Yo en tu lugar aprovecharía que el General no está mirando para cobrarme los favores de la academia.
A Sienna se le congeló la sangre. Esperó la respuesta de Dante. Esperó que cortara el comentario con la ferocidad con la que defendía a su familia, o al menos con la lealtad que le debía a Liam.
En su lugar, Dante soltó una risa seca, baja y cargada de un desprecio que cayó como plomo hirviendo sobre el pecho de Sienna.
Hizo girar el hielo en su vaso de whisky, inclinando la cabeza con una mueca de fastidio burlón.
—¿Cristalito? Por favor. No digan estupideces.
El apodo. El maldito apodo con el que la reducía a la nada desde que era una niña.
—Tiene dieciocho, pero sigue siendo la misma mocosa mimada de siempre —continuó Dante, alzando la voz con una arrogancia desmedida para ganarse la aprobación de sus camaradas—. Una niña rica que llora si se le rompe una uña y que cree que la vida militar es una película romántica. Es la hermana de Liam, nada más. Bastante tengo con aguantar que me siga como un perro faldero cada vez que voy a su casa. No tocaría a esa muñequita de trapo ni aunque fuera la última mujer con vida sobre la tierra. Me aburre la debilidad.
Los hombres rieron, chocando sus vasos.
Detrás de la columna, el aire abandonó los pulmones de Sienna.
No hubo lágrimas. Las lágrimas se las habían arrancado a golpes sus hermanos en el barro hacía años. Lo que sintió fue una fractura limpia, fría y quirúrgica en el centro exacto del pecho. El amor ciego, infantil y devoto que había alimentado en secreto durante media vida se desintegró en un segundo, dejando en su lugar un vacío gélido y afilado como una hoja de afeitar.
Dante Cruz la veía como una muñeca inútil. Una carga. Una molestia que se arrastraba tras él.
Sienna enderezó la espalda. La postura impecable que su madre le había enseñado para la pasarela se fusionó con la frialdad militar que corría por sus venas. Dio dos pasos fuera de la sombra de la columna.
No gritó. No montó una escena.
Simplemente se quedó de pie bajo la luz tenue de los apliques del salón, sosteniendo la mirada directamente hacia la barra.
Dante debió sentir la presión en el aire, porque levantó los ojos distraídamente. Su sonrisa burlona se congeló en el acto.
La vio.
Vio el vestido negro ceñido que dejaba al descubierto la piel dorada de sus hombros y la línea peligrosa de su cintura. Vio el cabello castaño recogido en un peinado pulido que resaltaba sus pómulos afilados. Pero, sobre todo, vio sus ojos: ya no había en ellos la admiración brillante y tímida de la niña que le guardaba sitio en la mesa o que le vendaba los nudillos después de una pelea clandestina.
Eran dos témpanos de hielo.
El vaso de whisky en la mano de Dante vaciló milimétricamente. Dio un paso involuntario hacia adelante, abriendo la boca para decir algo, pero Sienna no le dio el privilegio de una sola palabra.
Curvó los labios en una sonrisa mínima, letal y absolutamente vacía de afecto.
Luego, dio media vuelta sobre sus tacones de aguja y caminó hacia la salida de emergencia con la precisión de un soldado abandonando un campo de batalla que ya no merecía la pena ser defendido.
Afuera, la noche de primavera en Maryland era fría y despejada.
Sienna bajó la escalinata metálica del hangar, sintiendo el viento nocturno golpear su espalda desnuda. Se quitó los pendientes de diamantes que le había prestado su madre y los apretó en el puño hasta que las facetas le cortaron la palma.
Durante meses, su padre le había insistido en que ingresara a la escuela de diseño en Milán. Sus hermanos bromeaban con que se quedaría en casa dirigiendo desfiles mientras ellos iban a la guerra. Y Dante... Dante creía que era una muñeca que se rompería con un roce.
Todos la habían encasillado en el mismo papel de cristal.
Sienna sacó su teléfono móvil encriptado del pequeño bolso de mano, desbloqueó la terminal segura con un comando de código que saltaba tres cortafuegos federales y abrió el archivo que llevaba dos semanas esperando en su bandeja oculta.
Era el formulario de reclutamiento de la División de Operaciones Especiales y Ciberinteligencia Negra (SOCID) del Departamento de Defensa y el FBI. Una unidad que oficialmente no existía; el filtro más brutal, secreto y clasificado del país, donde el noventa por ciento de los veteranos de las fuerzas armadas fracasaban en las primeras cuarenta y ocho horas de pruebas de estrés físico y psicológico.
Sienna deslizó el pulgar sobre la pantalla.
Adjuntó su expediente de ciberseguridad, sus marcas de tiro registradas en polígonos privados y su firma digital sin vacilar un solo milisegundo.
—¿Querías una muñeca de cristal, Cruz? —murmuró al aire helado de la pista de aterrizaje, viendo cómo la barra de envío se completaba al cien por ciento—. Prepárate para ver cómo revienta tu maldito mundo.