El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 10
Capítulo 10. Algo había cambiado
Adrián supuso que Elena estaba en casa de su abuela.
Al entrar al baño recordó que, cuando iba de visita, casi siempre llevaba a los niños. Esa noche no lo había hecho.
Quizá no estuviera allí. O tal vez su familia tuviera algún problema.
Pensó en la queja de Sergio y se inclinó por esa última explicación.
No tuvo intención de averiguar más.
***
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Adrián habló con los mellizos. Lucía movía los pies debajo de la silla mientras terminaba una quesadilla. Mateo había puesto su mochila a un lado para preguntar por la escuela.
—Ya terminaron los trámites de la escuela. Mañana empiezan.
—¿Puedes llevarnos? —preguntó Lucía.
—No sé si tendré tiempo.
Mateo miró primero a su padre y luego a Lucía.
—¿Y si papá le pregunta a Marina?
—¡Sí! —Lucía se animó—. La voy a llamar.
Antes de que Adrián respondiera, sonó su teléfono.
Llamaban de la casa de su abuela.
—Me dijeron que ya volviste —dijo Carmen.
—Sí.
—¿También vinieron Lucía y Mateo?
—Sí.
—Hace mucho que no los veo. Esta noche vengan a cenar. Tú, Elena y los niños.
—Está bien.
—¿Y Elena? Quiero hablar con ella.
—No está.
—¿Cómo que no está a esta hora?
—Debe de estar con su familia.
—¿Debe de estar? ¿No sabes dónde está tu propia esposa?
Adrián no respondió.
—Tú...
Carmen suspiró. Su nieto siempre había tenido una voluntad difícil de torcer. Sabía que, para él, mantener ese matrimonio ya era una concesión.
Por mucho que creyera estar haciendo lo mejor, no podía obligarlo a ceder en todo.
Adrián suavizó la voz.
—¿Ya desayunaste?
—¡Con el disgusto que me has dado, se me fue el hambre!
Él sonrió apenas y siguió comiendo.
—En fin —añadió Carmen—. No tengo nada más que hablar contigo.
—Nos vemos esta noche.
La anciana colgó, molesta.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Quién era?
—Su bisabuela. Quiere que vayamos a cenar.
—¡Sí! —dijo Mateo—. Hace mucho que no la vemos.
Adrián ya estaba buscando el número de Elena.
Los niños querían a Carmen. Ella siempre los trataba con cariño y les alegraba visitarla.
***
Elena estaba desayunando en casa de su abuela cuando vio la llamada de Adrián. Había dejado el café con leche junto a un plato de fruta.
Ya no sintió la emoción que antes le provocaba su nombre en la pantalla.
Antes habría contestado en cuanto viera su nombre. Esa mañana dejó sonar el teléfono un par de segundos.
—Hola.
—Mi abuela quiere que vayamos a cenar.
Adrián no preguntó cómo estaba ni dónde había pasado la noche. Fue directamente al encargo.
Elena guardó un breve silencio.
—Está bien.
—Pasa por los niños al salir del trabajo.
No quería volver a aquella casa. Tampoco estaba segura de que sus hijos se alegraran de que fuera a buscarlos.
—Que los lleve el chofer. Yo voy directamente desde la oficina.
Era una opción práctica: a esa hora habría mucho tráfico.
Adrián se sorprendió.
Antes, Elena habría salido de la oficina, cruzado la ciudad para buscar a los niños y vuelto a salir con ellos. Lo habría hecho incluso si terminaba agotada.
Esta vez había pedido que los llevara el chofer.
Era una solución sencilla. Lo extraño, para él, era que ella la hubiera elegido.
No le dio más importancia.
—De acuerdo.
Colgó.
Lucía, que había escuchado parte de la conversación, lo miró.
—¿Era mamá?
—Sí.
—¿También va a ir con la bisabuela?
—Sí.
La niña frunció el ceño casi sin pensarlo.
No era que no quisiera ver a Elena. Llevaba semanas sin estar con ella y, por primera vez, su mamá había pasado más de quince días sin llamarlos. Un poco la extrañaba.
Mateo también llevaba varios días preguntándose por qué no tenían noticias suyas.
Pero habían llegado a México y les habían dicho que Elena estaba de viaje por trabajo. Al principio se habían alegrado: así podían pasar más tiempo con Marina.
Esperaban que tardara en regresar.
Si iba a cenar con ellos esa noche, seguramente ya había vuelto. Y, si estaba de vuelta, quizá no les permitiría ir a la escuela con Marina.
La noche siguiente también había una carrera en la que Marina participaría. Lucía estaba segura de que su mamá no los dejaría ir.
Mientras Adrián hablaba con Carmen, los niños habían aprovechado para llamar a Marina. Ella ya les había prometido llevarlos a la escuela.
Ahora no sabían qué hacer.
—Papá... —empezó Lucía.
—¿Qué?
Podían pedirle que convenciera a su mamá, pero quizá eso terminara en una discusión. La niña empujó un poco su plato.
Mateo la miró.
—A lo mejor mañana nos lleva mamá.
Lucía decidió que podían aceptar eso. La carrera era lo que no quería perderse.
—Pero nos prometiste que mañana iríamos contigo a ver a Marina —le recordó a Adrián—. Si mamá se entera, no nos va a dejar. No le digas, ¿sí?
Mateo miró a su padre.
—¿Entonces sí vamos? Tú dijiste que nos llevarías.
—Ya lo sé —respondió su padre.
Los niños entendieron que él se encargaría de mantenerlo en secreto. Volvieron a desayunar más tranquilos.
Poco después, Adrián se marchó.
***
Elena no se cruzó con él al llegar a la empresa.
Al mediodía, su abuela llamó para pedirle que comieran juntas en el Restaurante Buen Encuentro, a unos minutos de la oficina.
Elena fue caminando.
Al doblar la esquina, cerca de la entrada, oyó una voz que conocía demasiado bien.
—Adrián, sin tu ayuda no habría conseguido ese contrato. De verdad, te lo agradezco.
Se detuvo.
Miró con cuidado y reconoció a Álvaro Salazar, su padre.
—No tiene que agradecérmelo —respondió Adrián.
Elena cerró la mano sobre la correa del bolso.
Adrián estaba ayudando a su padre con un contrato. Había usado su tiempo y su influencia para conseguirlo.
Elena recordó los proyectos por los que su tío llevaba meses luchando sin recibir ese mismo apoyo.
La voz de su esposo era más cálida de lo habitual. Solo usaba aquel tono con personas que le importaban.
No creía que tratara así a Álvaro por consideración hacia ella.
Desde que él se divorció de su madre, apenas habían vuelto a verse. La hija a la que reconocía y de la que hablaba con orgullo era Marina.
Entre él y Elena casi no quedaba una relación de padre e hija.
Álvaro confirmó enseguida lo que ella estaba pensando.
—Marina está aquí sola y su mamá y yo nos preocupamos. Te agradecería que siguieras pendiente de ella.
Elena dejó de avanzar.
Su padre no había preguntado por ella. Había venido a agradecerle a Adrián lo que hacía por Marina.
Elena seguía al otro lado de la esquina, con la mano cerrada sobre el bolso.