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Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Mi exmarido no sabía que tuve a sus gemelos

Status: Terminada
Genre:CEO / Madre soltera / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:323
Nilai: 5
nombre de autor: StudioVM

Hace cuatro años, Isabella firmó los papeles del divorcio, empacó su vida en una sola maleta y se marchó de la casa de los Valença sin decirle a Leonardo lo único que habría cambiado todo.

Ahora tiene dos hijos, una carrera que levantó desde cero y la costumbre de no esperar nada de nadie.

Hasta que un proyecto de trabajo la obliga a cruzarse otra vez con su exmarido. Él sigue siendo el heredero que lo controla todo, y ella, la única que sabe lo que él ignora.

Entre juntas, reglas inquebrantables y niños que ven más de lo que deberían, Isabella tendrá que decidir si una segunda oportunidad es una trampa o la primera elección que de verdad hace por sí misma.

NovelToon tiene autorización de StudioVM para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

ADIÓS, SEÑORA VALENÇA

Leonardo subió dos escalones cuando me vio con las maletas.

—Yo las llevo.

—No hace falta.

—Isabella.

—Puedo sola.

Me ignoró. Tomó la maleta más grande antes de que pudiera impedírselo.

Estuve a punto de discutir.

No discutí. Quizá porque estaba demasiado cansada. Quizá porque esas eran las últimas escaleras que bajaríamos juntos.

Fui detrás de él. Cada escalón parecía más alto que el anterior.

En el vestíbulo, una empleada de la casa apareció en la puerta de la cocina.

Doña Celina.

Trabajaba para la familia Valença desde hacía más de quince años y me trataba con una amabilidad que nunca supe si nacía del cariño o de la lástima. Sus ojos fueron de las maletas hacia mí. Luego hacia Leonardo.

Entendió.

—Señora Isabella...

La voz se le quebró. Se me apretó el pecho.

—Todo está bien, Celina.

Era una mentira absurda. Aun así, asintió.

Leonardo dejó la maleta junto a la puerta.

Sonó el timbre.

Nadie tuvo que preguntar quién era. Leonardo cerró los ojos un segundo.

—Tu hermano.

—Sí.

Fui a abrir.

Rafael entró antes de que yo terminara de abrir la puerta. Alto, de hombros anchos, con una expresión que prometía problemas. Sus ojos me encontraron primero a mí. Después a las maletas. Después a Leonardo.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Sí.

—¿Segura?

—Segura.

Otra mentira.

Rafael miró a Leonardo.

—¿Qué hiciste?

—Rafa.

—Le pregunté a él.

Leonardo dio un paso al frente.

—No empieces.

—Ni siquiera he empezado.

—Rafael.

Mi voz salió más firme. Mi hermano me miró.

—Por favor.

Fue suficiente. Respiró hondo y tomó la maleta pequeña.

—Vámonos.

Leonardo me clavó la mirada.

—¿De verdad quieres irte así?

Rafael soltó una risa sin humor.

—¿Cómo querías que se fuera? ¿Con orquesta y todo?

—No estoy hablando contigo.

—Qué bueno.

—Basta.

Los dos callaron.

Yo odiaba aquello. Odiaba sentirme en medio de una disputa cuando lo único que quería era desaparecer.

—Rafael, lleva las maletas al carro.

Dudó un segundo.

—Bella...

—Por favor.

Mi hermano asintió. Cargó las dos maletas y salió.

Me quedé sola en el vestíbulo con Leonardo. Sola por última vez como su esposa.

El silencio se volvió pesado. Él se pasó la mano por la nuca.

—Me odia.

—Nunca le caíste muy bien.

—Lo sé.

—Y ahora tiene motivo.

Leonardo sostuvo mi mirada.

—No quiero que pienses que hago esto para lastimarte.

—Creo que esa parte ya quedó clara.

—No quedó.

Respiré hondo.

—Ya no importa.

—A mí me importa.

Casi pregunté por qué. No pregunté. Quizá porque tenía miedo de la respuesta. Quizá porque todavía quería oír algo que él no estaba dispuesto a decir.

Leonardo miró la puerta abierta. Luego a mí.

—Mañana hablo con los abogados. No se hará nada sin que tú lo revises.

—Bien.

—Y no tienes que renunciar a nada por orgullo.

—Bien.

—El departamento...

—Leonardo.

Se detuvo.

—No quiero hablar de dinero ahora.

Se le tensó la mandíbula.

—Solo estoy tratando de asegurarme de que estés bien.

Eso me alcanzó en un lugar extraño.

—Voy a estar bien.

—Lo sé.

—No lo parece.

—Porque te vas en medio de la noche.

Solté el aire.

—Sigues atorado en eso.

—Porque no quería que te fueras así.

—Entonces no debiste poner unos papeles de divorcio sobre la mesa mientras yo te preparaba la cena.

La frase quedó suspendida entre los dos.

Leonardo desvió la mirada hacia el comedor. La mesa seguía puesta. Las velas apagadas. La comida fría. Por primera vez, pareció fijarse en la escena completa.

—¿Era alguna ocasión?

El corazón se me detuvo. Solo un instante.

—¿Qué?

—La cena.

Señaló con discreción.

—Habías preparado todo.

Mi mano fue sola al bolsillo. La cajita. Seguía conmigo.

—No.

Mentira.

Leonardo volvió a mirarme.

—No sueles hacer esto un martes.

—Quizá estaba intentando ser una mejor esposa.

El dolor en su rostro apareció demasiado rápido como para que pudiera ocultarlo.

Me arrepentí en cuanto lo dije. No porque fuera mentira, sino porque no quería lastimarlo. Era ridículo. Él acababa de terminar nuestro matrimonio y yo todavía me preocupaba por no herirlo.

—Isabella...

—Olvídalo.

Fui hasta el aparador y tomé mi bolsa. Cuando me volví, Leonardo estaba cerca. Demasiado cerca.

—Estás pálida.

Se me revolvió el estómago.

—Estoy cansada.

—¿Comiste?

—No.

—Deberías...

—Voy a comer en casa de Rafael.

—¿Te sientes mal?

La pregunta me heló la sangre. Por un segundo pensé que podía darse cuenta. Que podía unir mi nerviosismo. La mano en el vientre. La cena. La caja.

Pero Leonardo no tenía por qué sospechar.

—Solo fue un mal día.

Soltó el aire en una exhalación corta.

—Sí.

Lo miré.

—Lo fue.

El claxon de Rafael sonó en la calle.

El momento se rompió.

Caminé hasta la puerta. Leonardo me siguió.

En el porche, Rafael ya había metido las maletas al carro. Estaba recargado en la puerta del conductor, observando.

Me detuve en el primer escalón.

Tres años. Era extraño pensar que había cruzado esa puerta por primera vez con un vestido blanco, tomada de la mano de un hombre al que apenas conocía.

Ahora salía sin anillo.

Miré mi mano.

Solo entonces me di cuenta de que aún lo llevaba puesto.

El corazón se me encogió.

Leonardo también lo vio.

Levanté los dedos. El anillo brilló bajo la luz del porche. Intenté quitármelo. No salió. Tenía los dedos ligeramente hinchados. Tiré de nuevo.

Nada.

—Déjalo.

Su voz llegó baja.

Lo miré.

—Luego te lo quitas.

Por alguna razón, esa frase casi me hizo llorar.

Asentí.

Bajé el primer escalón.

—Isabella.

Me detuve.

Parecía querer decir algo. Abrió la boca. La cerró.

Esperé. Una parte de mí todavía esperaba.

"Quédate."

"Me equivoqué."

"No te vayas."

Cualquier cosa.

Leonardo solo dijo:

—Avísame cuando llegues.

Sonreí. Fue una sonrisa pequeña. Triste.

—Ya no tienes que esperar mis mensajes.

Su rostro se endureció. No de rabia. De dolor.

Me di la vuelta antes de que apareciera el mío.

Subí al carro. Rafael arrancó. Por el retrovisor vi a Leonardo parado en el porche. No entró. Se quedó ahí mientras el carro se alejaba.

Seguí mirando hasta que la casa desapareció en la esquina.

Solo entonces habló Rafael:

—¿Quieres contarme qué pasó?

Mi mano apretó la bolsa.

—Después.

—¿Te fue infiel?

—No.

—¿Te humilló?

—No exactamente.

—Entonces, ¿por qué sales de tu casa a las once y media de la noche con dos maletas?

Cerré los ojos.

—Quiere el divorcio.

El carro quedó en silencio. Rafael tardó unos segundos en responder.

—Ese hijo de...

—Rafa.

—¿Por qué?

Miré por la ventana. Las luces pasaban borrosas.

—Bianca volvió.

Rafael conocía el nombre. Todos los cercanos a la familia lo conocían.

—¿Y la eligió a ella?

—Dijo que no sabe lo que siente.

—Entonces la eligió.

Mi hermano siempre había sido cruelmente bueno para resumir las cosas.

Recargué la cabeza en el vidrio. Se me revolvió otra vez el estómago. Respiré hondo.

No funcionó.

—Detén el carro.

Rafael me miró.

—¿Qué?

—Detente.

—¿Bella?

—Ahora.

Se orilló.

Abrí la puerta y casi no logré bajar antes de vomitar.

Rafael apareció a mi lado en segundos.

—¡Isabella!

Me sostuvo el cabello.

—¿Estás enferma?

No respondí. Llegó otra oleada de náuseas. Cuando por fin pasó, me senté en la orilla de la acera, respirando despacio.

Rafael se agachó frente a mí.

—¿Son nervios?

Lo miré. Después a mi bolsa. Ahí dentro, la caja negra parecía cargar una vida entera.

—No.

Su rostro cambió.

—¿Entonces qué es?

No respondí.

Pero Rafael me conocía demasiado bien. Sus ojos bajaron hasta mi mano, apoyada sobre el vientre. Luego volvieron a mi cara.

Y vi exactamente el instante en que entendió.

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