**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 13
—Haré que paguen por esta insolencia —dijo Adrián, con una furia tan fría que los hombres a su alrededor bajaron la mirada.
No levantó la voz. No lo necesitaba.
—Nicolás, trae hielo y pomada para la hinchazón.
—Sí, señor.
Nicolás desapareció entre los invitados y Adrián volvió su atención hacia mí. Yo seguía sin decir nada. Tenía la mejilla ardiendo, la garganta cerrada y una presión en el pecho que no sabía cómo aliviar.
Quería irme.
Quería dejar de ver aquellas caras, dejar de escuchar las voces de mi familia y, sobre todo, dejar de recordar la expresión de mi padre cuando se arrodilló para suplicar por mi hermana.
Ni siquiera me había preguntado si estaba bien.
Nicolás regresó poco después con una bolsa de hielo envuelta en una toalla y un pequeño tubo de pomada.
Adrián tomó ambas cosas.
—Puedes retirarte.
El hombre obedeció sin hacer preguntas.
Adrián se sentó frente a mí y extendió la mano.
—Dame la cara, mi amor.
Me aparté instintivamente cuando sus dedos se acercaron a mi mejilla. No porque creyera que fuera a golpearme, sino porque todavía estaba demasiado alterada. El ruido de los disparos seguía resonando en mi cabeza.
Él se detuvo.
No insistió ni intentó sujetarme.
Simplemente esperó.
Aquello me permitió respirar un poco mejor.
Después de unos segundos, fui yo quien se acercó.
Adrián colocó la toalla fría contra mi rostro con cuidado. El contacto me hizo estremecer, pero el frío alivió parte del ardor.
—Avísame si te duele demasiado.
Asentí.
No confiaba en mi voz.
Él mantuvo el hielo en su lugar mientras yo miraba un punto indefinido del suelo. Sus movimientos eran cuidadosos, casi extraños en un hombre que unos minutos antes había ordenado matar sin pestañear.
Cuando retiró la toalla, abrió la pomada y aplicó una pequeña cantidad sobre la zona hinchada.
Sus dedos rozaron mi piel con suavidad.
Y entonces las lágrimas empezaron a caer.
Una tras otra.
Intenté detenerlas, pero fue inútil. Me deslicé una lágrima con el hombro, avergonzada de que me viera así, aunque ya era demasiado tarde para fingir que no me dolía nada.
Adrián no preguntó por qué lloraba.
No me dijo que dejara de hacerlo.
Tampoco intentó convencerme de que todo estaría bien.
Terminó de ponerme la pomada y guardó el tubo. Después se quedó sentado a mi lado, en silencio.
Y, por alguna razón, eso me tranquilizó.
No necesitaba que me preguntara por mi padre. No quería explicar por qué me había dolido tanto escucharlo suplicar por mi hermana. Mucho menos quería contarle todas las veces que había esperado que aquel hombre me eligiera, solo para descubrir que siempre había alguien más importante.
No necesitaba palabras.
Solo necesitaba que nadie me obligara a hablar.
Adrián pareció comprenderlo.
—Voy a llevarte a casa —dijo finalmente.
Me limpié las mejillas y asentí.
Él se puso de pie y me ofreció la mano. La acepté, aunque todavía tenía las piernas débiles.
Antes de salir, se volvió hacia Nicolás.
—Quiero saber dónde están y con quién se reúnen. No hagas nada todavía. Primero quiero toda la información.
—Entendido, señor.
Adrián no añadió nada más.
Yo tampoco pregunté.
No quería saber qué pensaba hacer con mi padre, mi hermana o mi antiguo prometido. En aquel momento, no tenía fuerzas para preocuparme por las consecuencias de lo sucedido.
Solo quería volver a la mansión, encerrarme en mi habitación y llorar hasta quedarme dormida.
Sofía apareció poco después, acompañada por una de las empleadas.
En cuanto me vio, corrió hacia mí.
—¡Mami!
Me agaché para recibirla y la abracé con cuidado.
—Hola, mi amor.
La pequeña me rodeó el cuello con sus bracitos. Cuando se apartó, observó mi mejilla con los ojos llenos de preocupación.
—¿Todavía te duele?
—Un poquito, cariño.
—¿La señora mala te volvió a pegar?
Tragué saliva.
—No, princesa. Ya pasó.
Sofía frunció el ceño, disgustada.
—No me gusta esa señora.
Una sonrisa triste apareció en mis labios.
—A mí tampoco.
Ella volvió a abrazarme, esta vez con más fuerza, y yo cerré los ojos durante unos segundos.
No quería que me viera llorar otra vez.
Sofía no tenía la culpa de nada. Era una niña que había encontrado en mí el cariño que llevaba tiempo buscando, y yo no quería que cargara con mis problemas.
Le acaricié el cabello.
—Cariño, cuando lleguemos a casa, quiero que vayas a tu habitación con la niñera, ¿de acuerdo? Mami necesita estar sola un ratito.
Su sonrisa desapareció.
—¿Hice algo malo?
El corazón se me encogió.
—¡No, mi vida! —Me apresuré a tomarle las manos—. Tú no has hecho absolutamente nada malo. Eres la niña más dulce que conozco. Solo necesito descansar un poco, ¿sí?
Sofía me estudió el rostro, buscando alguna señal de que le estaba mintiendo.
Después asintió lentamente.
—¿Puedo darte un beso antes de irme?
Me incliné hacia ella.
—Todos los que quieras.
Me besó en la mejilla sana y después me abrazó una última vez.
—Te quiero, mami.
Cerré los ojos.
—Yo también te quiero, pequeña.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Y, cuando me di cuenta de lo que acababa de decir, sentí una punzada en el pecho.
Porque era verdad.
Aquella niña había conseguido abrirse paso hasta mi corazón sin pedirme nada a cambio. No sabía cuánto tiempo permanecería en su vida, pero no podía negar el cariño que había empezado a sentir por ella.
Adrián nos observaba desde unos pasos de distancia.
No hizo ningún comentario.
Solo me ayudó a incorporarme y me condujo hasta la limusina.
El trayecto de regreso transcurrió en silencio.
Sofía se quedó dormida apoyada contra mí, agotada por las emociones de la noche. Yo le acaricié el cabello mientras miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se deslizaban sobre el cristal.
Adrián no intentó iniciar una conversación.
De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia mí, pero no preguntó nada.
Se lo agradecí en silencio.
Cuando llegamos a la mansión, la niñera salió a recibirnos. Adrián cargó a Sofía con cuidado y se la entregó para que la llevara a su habitación.
Yo me quedé mirando a la pequeña hasta que desapareció por el pasillo.
Después me volví hacia las escaleras.
—Voy a acostarme.
—Está bien, mi amor —respondió Adrián.
No intentó acompañarme.
Subí sola, entré en mi habitación y cerré la puerta.
En cuanto escuché el clic de la cerradura, toda la fuerza que había reunido durante aquella noche desapareció.
Me apoyé contra la puerta y me cubrí la boca con una mano.
Entonces lloré.
Lloré por las bofetadas, por el miedo y por los disparos que todavía me hacían estremecer cuando los recordaba.
Pero, sobre todo, lloré por mi padre.
Por aquel hombre al que había esperado durante años, incluso cuando ya sabía que no vendría a buscarme.
Por la niña que fui, la que todavía creía que algún día él la miraría con el mismo cariño con el que miraba a mi hermana.
Por todas las veces que me pregunté qué tenía ella que yo no tuviera.
Me llevé las manos al rostro, procurando no hacer ruido.
—¿Por qué nunca fui suficiente? —susurré.
La habitación permaneció en silencio.
Nadie respondió.
Y quizá eso era lo que más dolía: que, en el fondo, ya conocía la respuesta.
No tenía que ver con mi valor.
Tenía que ver con las decisiones de un hombre que había elegido a quién proteger y a quién abandonar.
Pero saberlo no hacía que doliera menos.
Me quité los zapatos, caminé hasta la cama y me acurruqué entre las sábanas sin cambiarme de ropa.
Lloré hasta que me dolieron los ojos.
Hasta que la garganta me ardió.
Hasta que me quedé sin fuerzas para seguir recordando.
No sé cuánto tiempo pasó.
No sabía que, mientras yo lloraba, Adrián había subido las escaleras.
Adrián se detuvo frente a mi puerta.
Había pensado en entrar varias veces durante el camino de regreso. Quería comprobar que la hinchazón no hubiera empeorado. Quería preguntarme si necesitaba algo. Quería, incluso, decirme que nadie volvería a tocarme.
Pero cuando llegó al pasillo, escuchó mi llanto.
Se quedó inmóvil.
No era un llanto escandaloso ni una llamada desesperada de ayuda. Era un sonido ahogado, interrumpido por pausas largas, como si yo intentara contenerlo y fracasara una y otra vez.
Adrián apoyó una mano contra la puerta.
Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer.
Podía ordenar que sus hombres encontraran a cualquiera que me hubiera hecho daño. Podía comprarme todo lo que quisiera. Podía llenar aquella mansión de personas dispuestas a obedecerme.
Pero no podía obligarme a dejar de sufrir.
Y tampoco podía borrar con dinero los años de abandono que había escuchado en mis palabras aquella noche.
Bajó la mirada.
Sabía que necesitaba llorar tranquila.
También sabía que, si entraba y me encontraba así, probablemente intentaría secarme las lágrimas, fingir que estaba bien y volver a levantar una barrera entre nosotros.
No quería obligarme a hacer eso.
Así que permaneció unos segundos más frente a la puerta, escuchando en silencio.
Después retiró la mano.
No llamó.
No entró.
Ni siquiera dejó un mensaje para anunciarme que estaba allí.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.
Yo no lo vi.
No sabía que había estado tan cerca.
Pero, mientras el sonido de sus pasos se alejaba, algo en mi pecho se aflojó ligeramente.
No porque hubiera dejado de dolerme.
Sino porque, por una vez, alguien había entendido que no necesitaba que me salvaran de mis lágrimas.
Solo necesitaba que me permitieran derramarlas.
Y Adrián Volkov, el hombre que nunca aceptaba un no por respuesta, había elegido respetar mi silencio.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción