Aurora lo perdió todo en una sola noche. Cinco años después, vuelve con cinco razones para no volver a rendirse.
La víspera de su compromiso, Aurora encuentra a su prometido en la cama con su propia hermana. Y sus padres, en vez de consolarla, eligen quedarse del lado de la hija «perfecta». Sin casa, sin familia y con el corazón hecho pedazos, acaba en un bar… y en los brazos de un desconocido: João Pedro de Andrade, uno de los hombres más ricos del país, frío, reservado y drogado sin saberlo.
Por la mañana, ella se marcha. Él despierta sin poder recordar su rostro.
Cinco años después, Aurora ya no es la joven que salió llorando de aquella casa. Es la dueña de una marca de joyas que se abre paso en el mercado y la madre de cinco pequeños genios: uno hackea computadoras, otro descubre malas inversiones en minutos, dos diseñan joyas y todos tienen más iniciativa que muchos adultos.
Hasta que el destino los pone frente a frente. João Pedro no deja de preguntarse por qué esa mujer le resulta tan familiar… y por qué esos cinco niños lo miran como si ya lo conocieran.
Entre secretos que creía enterrados, una hermana que no se resigna a perder y un pasado que vuelve a tocar su puerta, Aurora tendrá que decidir en quién confiar. Porque hay verdades que no se pueden esconder para siempre.
Traición, maternidad, lujo y un amor que empezó de la forma menos esperada.
Porque Aurora no volvió para pedir perdón. Volvió para demostrar quién es.
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Capítulo 22 — El primer día de la mudanza
La casa nueva seguía llena de cajas, pero para los cinco niños eso no era ningún problema. Era una aventura.
—¡Esta caja es mía! —gritó Theo.
—¿Tiene tu nombre escrito? —preguntó Davi.
Theo miró la caja.
—No.
—Entonces no es tuya.
Valentina empezó a reír.
—Davi siempre tiene la razón.
—Ya lo sé —respondió él, orgulloso.
Aurora entró a la sala cargando algo de ropa.
—Niños, nada de abrir cajas sin preguntar.
—Pero, mamá…
—Nada de «peros».
João Pedro apareció detrás con dos cajas apiladas.
—¿Dónde pongo estas?
Aurora señaló el pasillo.
—En el despacho.
—¿El despacho de la empresa o el mío?
—El nuestro.
Él sonrió. Esa pequeña palabra le aceleró el pulso. Nuestro.
La mudanza estaba avanzando más rápido de lo que Aurora había imaginado. Después de cinco años haciéndolo todo sola, compartir una casa con João Pedro y los niños todavía le parecía un sueño. Pero era real.
Miguel apareció con una fotografía en las manos.
—Mamá, ¿dónde ponemos esta?
Aurora la tomó. Era una imagen antigua de los cinco cuando eran pequeños. Se le humedecieron los ojos.
—En el cuarto de ustedes.
Miguel miró a João Pedro.
—¿Puedes poner también una foto de papá?
João Pedro se emocionó.
—Claro.
Poco después, los cinco estaban acomodando su cuarto. Valentina escogió un espacio para sus dibujos. Livia puso sus materiales de arte junto a la ventana. Theo empezó a armar su pequeño laboratorio de tecnología. Davi organizó los libros. Miguel quedó a cargo de decidir dónde irían las fotos de la familia.
Aurora lo observaba todo desde la puerta.
—Parece que ya viven aquí desde hace años —comentó.
João Pedro la rodeó con el brazo.
—Tal vez porque es exactamente donde deberían estar.
Aurora apoyó la cabeza en él.
—¿Estás feliz?
—Más de lo que imaginé que podría estar.
Ella sonrió.
—Yo también.
Esa tarde, después de horas ordenando, João Pedro decidió preparar el almuerzo. Aurora entró a la cocina y encontró una escena inesperada. Harina esparcida sobre la barra. Una olla en el fuego. Y João Pedro tratando de entender una receta.
—¿Qué estás haciendo?
Él se volvió.
—El almuerzo.
—¿Sabes cocinar?
—Sí.
Aurora miró la cocina.
—¿Seguro?
—Totalmente.
En ese momento entró Theo.
—Papá, se está quemando.
João Pedro miró la olla.
—No se está quemando.
Theo señaló.
—Sí se está quemando.
Aurora empezó a reír.
—Mejor me encargo yo.
—No.
João Pedro apagó el fuego.
—Yo puedo.
Valentina apareció en la puerta.
—Papá, puedes intentar con otra cosa.
—¿Con qué?
—Con sándwiches.
Todos empezaron a reír.
Al final, el almuerzo fue sencillo. Sándwiches, fruta y jugo. Pero nadie se quejó. Porque estaban juntos.
Después de comer, los niños fueron a jugar al jardín. Aurora y João Pedro se quedaron solos en la cocina.
—Hoy la pasé muy bien —dijo él.
—¿Incluso con el desastre del almuerzo?
—Sobre todo por eso.
Ella rio.
João Pedro se acercó.
—Yo nunca tuve una familia así.
Aurora se puso seria.
—Tuviste una familia.
—Sí. Pero nunca tuve esto.
Miró hacia el jardín. Los cinco jugaban juntos.
—Una casa llena de ruido. Niños corriendo. Alguien quejándose de que perdió algo. Alguien pidiendo comida. Alguien queriendo atención.
Aurora sonrió.
—Es agotador.
—Muchísimo.
—Pero te gusta.
—Me encanta.
Le sostuvo el rostro con delicadeza.
—Y te amo a ti.
A Aurora se le calentó el pecho.
—Yo también te amo.
João Pedro la besó. Esta vez, sin miedo al futuro. Cuando se separaron, oyeron a Miguel gritando:
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Vengan a ver!
Los dos salieron al jardín. Miguel había reunido a los cinco para una fotografía.
—Ahora faltan ustedes.
João Pedro se puso junto a Aurora. Los cinco niños se acercaron. El celular registró ese momento. Siete personas. Una familia.
Aurora miró la fotografía recién tomada. Durante mucho tiempo había creído que lo había perdido todo la noche en que Lucas la traicionó. Ahora entendía que esa pérdida había abierto espacio para una vida que jamás habría imaginado vivir.
João Pedro le tomó la mano.
—¿Lista para el siguiente capítulo?
Aurora sonrió.
—Con ustedes, siempre.
Y en esa casa nueva, entre cajas, risas y planes, empezaba oficialmente la vida de los siete juntos.