El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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capitulo 20
A la mañana siguiente
Luca llegó temprano a la empresa de Caius. Tenía asuntos urgentes que atender, pero su mente seguía en otro lugar. En Darian. En sus ojos llenos de lágrimas. En el mensaje que había recibido la noche anterior, esa pequeña grieta en el muro que Darian había construido.
Entró al edificio con el rostro serio, la mirada fría, tratando de concentrarse en el trabajo. Pero apenas puso un pie en el pasillo, una voz burlona lo detuvo.
—¿Ya volviste? —preguntó su compañero, un matón grande y arrogante llamado Marcos, con una sonrisa de suficiencia.
Luca no le hizo caso. Siguió caminando.
—¿Dejaste de espiar a ese Omega? —insistió Marcos, claramente buscando provocarlo—. ¿Ya te olvidaste de él?
Luca apretó la mandíbula, pero siguió caminando. No iba a caer en su juego.
Pero Marcos no se rindió.
—Es un Omega muy bonito a pesar de todo —dijo con malicia, saboreando cada palabra—. Justo soy un alfa. ¿Crees que tenga una oportunidad con él?
Luca se detuvo en seco.
El silencio se volvió pesado. Los otros hombres en el pasillo sintieron el cambio en el ambiente, el peligro que se acumulaba en el aire.
Luca se dio vuelta lentamente. Su rostro era una máscara de hielo, pero sus ojos ardían con una furia contenida.
—¿Acaso quieres morir? —preguntó con voz baja, peligrosa.
Marcos apenas tuvo tiempo de reaccionar. Luca se abalanzó sobre él con una velocidad felina, metiéndole una patada en el pecho que lo envió al suelo. Antes de que pudiera levantarse, Luca ya estaba sobre él, sujetando su cabeza contra el piso con una mano mientras con la otra apoyaba una navaja contra su garganta.
La hoja fría presionaba la piel de Marcos, que temblaba de miedo.
—Dime —susurró Luca—. ¿Quieres repetir lo que dijiste?
—N-no... —tartamudeó Marcos—. Solo bromeaba...
—No me gustan las bromas —respondió Luca, presionando un poco más la navaja.
Justo en ese momento, una voz firme y autoritaria resonó en el pasillo.
—Dejen de jugar.
Caius estaba de pie al final del pasillo, con los brazos cruzados y la mirada impasible.
Luca sostuvo la mirada de su jefe por un segundo, y luego, lentamente, retiró la navaja. Soltó a Marcos de golpe, dejándolo caer al suelo como un trapo sucio.
—Agradece que el jefe te salvó —dijo Luca, mirando a Marcos con desprecio—. La próxima vez no tendrás tanta suerte.
Se dio vuelta y caminó hacia Caius sin mirar atrás.
Caius lo observó un momento antes de hablar.
—¿Terminaste?
—Sí, jefe —respondió Luca, con la voz controlada—. Asuntos urgentes.
Caius asintió y ambos se dirigieron hacia la oficina, dejando atrás a un Marcos tembloroso y a los demás hombres en silencio.
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Mientras tanto, al otro lado de la ciudad
En una mansión lujosa, Félix estaba de pie frente a la ventana, con el teléfono en la mano y el rostro contraído por la furia.
—Lo siento, jefe —dijo uno de sus matones por el teléfono, con voz temblorosa—. Pero acabaron con todos nuestros infiltrados. No quedó ninguno.
Félix apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se blanquearon. Golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar los papeles y objetos que había sobre ella.
—¿A qué está jugando? —exclamó, con la voz llena de ira—. Evan es mío.
Respiró hondo, tratando de controlarse. Pero la rabia lo consumía.
Había pensado que Evan lo esperaría. Que después de dejarlo para casarse con la hija de los Rossi, el Omega estaría destrozado, esperando su regreso, suplicando su amor. Pero no. Evan había seguido adelante. Había conseguido trabajo. Y no en cualquier lugar, sino en la organización de su enemigo.
—Ahora trabaja en la organización de Caius —murmuró para sí mismo, con los dientes apretados—. Mi enemigo.
Se giró y miró por la ventana, con los ojos brillando de determinación.
—Voy a recuperarlo —declaró, con una voz que no admitía réplica—. Pase lo que pase.
Uno de sus hombres dio un paso adelante.
—¿Qué ordena, jefe?
Félix sonrió, una sonrisa fría y peligrosa.
—Prepárenme un auto. Voy a visitar a mi pequeño Omega. Es hora de recordarle quién es su dueño.
Y mientras el sol se ocultaba en el horizonte, una sombra comenzaba a extenderse sobre la ciudad.
La calma no duraría para siempre.