Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 24: El refugio entre los pinos
Salí de la espesura del bosque acompañado por mis rastreadores, quienes arrastraban al capitán enemigo atado e inconsciente sobre la nieve.
A lo lejos, vi la estructura del carruaje volcado donde Kael y los guardias mantenían el perímetro. Elena permanecía junto a los comerciantes heridos, pero en cuanto mi figura emergió entre las sombras de los árboles, se puso de pie de inmediato.
Caminé hacia ella a paso firme. Elena dio varios pasos apresurados a mi encuentro, recorriendo mi cuerpo con una mirada frenética que denotaba una profunda angustia.
Sus ojos se detuvieron en la mancha carmesí que cubría el peto de mi armadura y el filo de mi espada. Su rostro se volvió pálido.
—Alexander... ¿estás herido? —preguntó con la voz entrecortada, alzando una mano temblorosa hacia mi pecho.
—No es mi sangre, Elena —la tranquilicé de inmediato, sujetando su mano con suavidad para transmitirle firmeza—. Ninguno de mis hombres resultó herido. El peligro en este sector ha sido neutralizado.
Ella dejó escapar un largo suspiro de alivio, aunque la tensión no abandonó su semblante. Miró hacia el bosque y luego hacia la caminata que nos aguardaba.
—¿Qué fue lo que encontraste allá atrás? —inquirió en un murmullo, procurando que Theo, quien jugaba más lejos con Kael, no escuchara nada—. Esto no eran simples bandidos, ¿verdad?
La tomé del brazo y la guié unos pasos al margen del grupo para hablar con total privacidad, lejos de los viajeros y de la guardia.
—Eran exploradores del Imperio del Este —le revelé con voz baja y grave—. Están infiltrando pequeños grupos por estos pasos de montaña para quemar nuestras reservas de alimentos y preparar emboscadas.
Elena apretó los labios, procesando la gravedad de la situación. Su mirada reflejaba una mezcla de rabia y preocupación por el destino del ducado.
—La situación en el frente es más inestable de lo que pensaba —continué—. No podemos darnos el lujo de demorarnos. Necesitamos llegar al norte en un plazo máximo de nueve días en total.
—Debo asumir el mando operativo cuanto antes para frenar estas Infiltraciones —añadí mirándola fijamente—, pero no daré un solo paso en el campo de batalla hasta saber que tú y Theo están bajo un techo seguro.
—Haremos las paradas estrictamente necesarias —asintió Elena sin dudar, demostrando una entereza admirable—. No seré un obstáculo para tus deberes militares, Alexander.
Ordené a parte de la guardia que escoltara a los comerciantes rescatados hacia la aldea más cercana, asegurándome de que recibieran atención médica adecuada.
Con el capitán enemigo bajo custodia y el camino despejado, emprendimos nuevamente la marcha por los senderos de la cordillera. Los siguientes siete días se convirtieron en una travesía de resistencia, cautela y devoción mutua.
Durante el segundo y tercer día, aceleramos el ritmo dentro de los márgenes de seguridad. Theo cabalgaba conmigo en la montura, resguardado del viento helado entre mis brazos.
Elena demostró una tenacidad increíble. Aunque las largas jornadas sobre el caballo le provocaban un agotamiento físico evidente, jamás escuché una sola queja salir de sus labios.
En cada pausa de dos horas para estirar las piernas, me aseguraba de atenderla personalmente. Le ofrecía agua tibia, revisaba que sus mantas estuvieran secas y ajustaba las riendas de su montura.
El cuarto y quinto día nos adentraron en los pasos más elevados de la cordillera, donde las ventiscas de nieve volvían el terreno resbaladizo y traicionero.
Avanzábamos por rutas secundarias poco transitadas para evitar cualquier otra patrulla enemiga o espías que pudieran reportar nuestra presencia a la capital.
Por las noches, el refugio en la tienda nos brindaba los momentos más cálidos del viaje. Mientras Theo dormía plácidamente entre las pieles, Elena y yo hablábamos en voz baja sobre el futuro.
Esa cercanía forjada en la adversidad quebró los últimos remanentes de distancia que existían entre nosotros. Ya no éramos dos extraños unidos por un deber, sino dos esposos compartiendo el mismo destino.
Al sexto día, el paisaje comenzó a descender paulatinamente. Las cumbres nevadas dieron paso a densos bosques de pinos centenarios que anunciaban las cercanías de la frontera norte.
El aire olía a tierra húmeda y pino, y el eco distante de los cuernos de caza de nuestros puestos de avanzada comenzaba a resonar en los valles.
Al término del séptimo día de marcha continua desde el ataque al carruaje, llegamos finalmente al límite de la zona militarizada del ducado.
Desde la cima de una colina, se divisaba a lo lejos el enorme campamento principal y las murallas de piedra de la fortaleza, iluminadas por cientos de antorchas.
Sin embargo, no nos dirigimos hacia la fortaleza principal ni hacia el campamento abierto. Exponer a Elena y a Theo a un entorno militar lleno de miradas indeseadas era un riesgo innecesario.
Tomamos un desvío secreto que serpenteaba a través de un bosque tupido y reservado, conocido únicamente por los altos mandos de la Casa Ashford.
Al cabo de media hora de marcha silenciosa, emergió entre la arboleda una majestuosa mansión de piedra oscura y tejas de pizarra.
Era la residencia oculta del ducado, un refugio fortificado rodeado por murallas altas y custodiado por la guardia de élite más leal de mi familia.
Las pesadas puertas de madera de la propiedad se abrieron de par en par al reconocer nuestra comitiva. Los sirvientes y guardias de la residencia se inclinaron con absoluto respeto a nuestro paso.
Desmonté de inmediato y tomé a Theo en mis brazos, mientras ayudaba a Elena a descender de su caballo.
Ella contempló la mansión con una mirada de alivio indescriptible. El calor que salía de la entrada principal y la seguridad de las murallas marcaban el fin de nuestro peligroso viaje.
—Están en casa —le susurré al oído, rodeándola con mi brazo mientras caminábamos hacia el interior del vestíbulo.
Habíamos cumplido el plazo pactado. Elena y mi hijo estaban finalmente a salvo en nuestro territorio, bajo la protección de mi espada y de mis hombres más fieles.
Con mi familia resguardada en este refugio oculto, ya no había nada que frenara mi poder. Era el momento de ponerme al frente de mis tropas, aplastar a los invasores en la frontera y preparar la caída de los traidores en la capital.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello