Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 13 El Cazador de Sombras
La noche había caído por completo sobre París cuando Ali encontró refugio en un ático abandonado de un edificio viejo en el barrio de La Chapelle.
Había tardado horas en encontrar el sitio: una escotilla oxidada en el tejado, una cerradura rota que había podido abrir con la punta de la navaja, un espacio pequeño y polvoriento con el suelo de madera podrida y una ventana sucia que daba a las chimeneas y los tejados negros de la ciudad. Olía a humedad, a excrementos de paloma y a tiempo olvidado. No tenía calefacción. No tenía agua. No tenía nada. Pero tenía cuatro paredes y una puerta que podía cerrar con un cerrojo viejo. Y por esa noche, eso era suficiente.
Se dejó caer contra la pared fría, con las rodillas pegadas al pecho, y se envolvió en sus propios brazos para intentar calentarse. Tenía tanto frío que le crujían los dientes. Tanta hambre que el estómago le dolía como si le estuvieran desgarrando por dentro. Pero no le importaba. Estaba a salvo. Por unas horas, al menos.
Sacó el papel doblado del bolsillo interior de la chaqueta. Lo desdobló despacio, con los dedos entumecidos por el frío. Miró los diez dígitos escritos con tinta azul por la luz pálida de la luna que entraba por la ventana. El número de Damián. Una puerta entreabierta. Había estado tentado de llamar tres veces en las últimas horas. Tres veces había sacado el móvil viejo y roto que tenía desde hacía dos años, que apenas tenía batería y no tenía saldo para llamadas normales. Tres veces lo había vuelto a guardar.
No podía confiar.
No podía arriesgarse.
Riven tenía razón. Todos tenían un precio.
Aunque Damián pareciera diferente.
Aunque Damián no le hubiera tenido miedo.
Guardó el papel otra vez. Cerró los ojos. Intentó descansar un poco. Solo un poco.
No duró ni media hora.
Lo sintió primero en la médula de los huesos.
Un frío que no venía de la ventana abierta, ni del invierno parisino. Un frío interno, helado, que le recorrió todo el cuerpo de golpe, como si alguien le hubiera vertido un cubo de agua con hielo por dentro de la ropa. El vello de sus brazos se erizó de golpe. Un nudo de terror puro y absoluto se le formó en el estómago, sin razón aparente, sin que hubiera visto nada, sin que hubiera oído ningún ruido.
Abrió los ojos de golpe.
El ático estaba en penumbra, iluminado solo por la luna. Todo parecía igual. La escotilla cerrada. El cerrojo echado. Las vigas de madera encima de su cabeza. Las cajas viejas apiladas en una esquina.
Pero no estaba solo.
Lo sabía.
Con una certeza absoluta que no podía explicar. Alguien más estaba ahí con él. Alguien que no hacía ruido. Alguien que no se dejaba ver.
—¿Quién está ahí? —preguntó, poniéndose de pie de un salto, temblando, las manos cerradas en puños, la marca del cuello encendiéndose de golpe como una advertencia. Las dos llamas rugieron dentro de su pecho, alerta, listas para salir.
Nadie respondió.
Solo el silencio.
Y luego… un susurro.
Muy bajito. A su espalda.
—Miedo tan dulce… tan puro…
Ali se giró de golpe.
No había nadie.
Pero el susurro sonó otra vez, esta vez a su derecha, más cerca, como si la persona estuviera susurrando directamente en su oído:
—Huelo tu terror, niño. Llevo días oliéndote. Desde que rompiste tu baño. Desde que peleaste en la plaza. Sabes que eres un monstruo. Sabes que todos te abandonarán. Eso es lo que más me gusta.
Un golpe fuerte le dio en la espalda.
Ali salió volando por los aires. Se golpeó el pecho contra el borde de una caja vieja de madera, que se hizo añicos con el impacto. Cayó al suelo, tosiendo, con el aire cortado, un dolor blanco y cegador en las costillas que ya estaban rotas. Intentó levantarse, pero otro golpe le dio en el costado, invisible, sin que viera de dónde venía, lanzándolo otra vez contra la pared. Su cabeza chocó contra la madera. Vio puntos negros delante de los ojos.
—¿Dónde estás? —gritó, desesperado, levantando ambas manos, invocando la magia roja. Una luz tenue salió de sus palmas, iluminando el ático con un brillo enfermizo. Pero no reveló a nadie. El espacio seguía vacío a sus ojos—. ¡SAL, COBARDE! ¡MUESTRATE!
Se oyó una risa seca, ronca, que venía de todas partes a la vez y de ninguna.
—No puedes verme, pequeño —dijo la voz, divertida, cruel—. Soy el Cazador de Sombras. Me alimento de tu miedo. Cuanto más miedo tienes… más fuerte me hago. Y más difícil me ves.
Otro golpe.
Esta vez en la cara.
Ali sintió cómo se le rompía el labio. La sangre caliente le llenó la boca. Cayó de rodillas, aturdido. Intentó crear un escudo rojo a su alrededor, como había hecho en la plaza. La luz se formó, brillante, pero antes de que pudiera cerrarse del todo, algo invisible lo atravesó como si fuera papel mojado. El escudo se desvaneció. Un puño invisible le agarró del cuello y lo levantó en el aire, cortándole la respiración.
Ali pataleó en el vacío. Sus manos arañaron el aire, buscando a su agresor, sin encontrar nada. Solo notó la presión fría y fuerte alrededor de su garganta, apretando cada vez más. Las dos llamas rugían dentro de él, descontroladas, queriendo salir, pero el miedo le paralizaba, le bloqueaba la mente, no le dejaba concentrarse lo suficiente para usarlas bien.
Iba a morir ahí.
Asfixiado por un fantasma.
Sin siquiera haber podido ver la cara de quien le mataba.
—Némesis te manda saludos, pequeño —susurró la voz cerca de su oído, fría como la muerte—. Quieren tu poder. Quieren desarmarte vivo. Pero yo… yo solo quiero tu miedo. Me quedaré con un poco antes de entregarte. Me hará más fuerte.
La presión en el cuello aumentó. Ali sentía cómo la vida se le iba. Los ojos se le cerraban solos. El mundo se volvía oscuro.
Y entonces…
La luz del ático cambió.
Se tiñó de un violeta profundo y brillante que no venía de Ali.
El aire se heló todavía más, tanto que la humedad de las paredes se convirtió en escarcha en cuestión de segundos. La presión invisible alrededor del cuello de Ali desapareció de golpe. Cayó al suelo de rodillas, tosiendo, tragando aire a pulmones abiertos, con la garganta ardiéndole.
—Vete de aquí, parásito.
La voz de Vespera.
Fria. Antigua. Terrible.
Ali levantó la vista, llorando por la falta de aire, la sangre bajándole por la cara.
Vespera estaba de pie en el centro del ático, con su abrigo negro largo ondeando a su alrededor sin que hubiera viento, sus ojos brillando de un violeta cegador que iluminaba todo el espacio. Tenía una mano levantada, con los dedos extendidos hacia un rincón oscuro de la habitación.
—¡Tú no puedes estar aquí! —gritó una voz, esta vez con miedo, la voz del Cazador—. ¡No te metas en esto, vieja bruja! Es mío.
—Tuyo? —Vespera soltó una risa corta, seca, que heló la sangre de Ali—. Este chico no es de nadie. Mucho menos de un perro faldero de Némesis que solo sabe atacar por la espalda. Si quieres seguir con vida… desvanece tu tontería de invisibilidad y vete. Ahora.
Hubo un silencio tenso.
Luego, el aire del rincón empezó a temblar. Una figura se hizo visible poco a poco, como si se estuviera materializando de la sombra misma.
Era un hombre alto, delgado, con la piel de un color grisáceo pálido como la ceniza, los ojos completamente negros sin blanco ni pupila, las uñas largas y afiladas como garras. Llevaba ropas negras ajustadas que parecían hechas de sombra misma. Estaba temblando. No de ira. De miedo. Tenía miedo de Vespera.
—Sabes quién soy —dijo el Cazador, con la voz quebradiza—. Sabes que Némesis no te dejará hacer esto. Si le dejas ir… si te lo llevas… vendrán por ti también.
Vespera sonrió. Una sonrisa cruel, sin piedad.
—Déjalos que vengan —dijo, muy bajito. Levantó la mano un poco más. Un remolino de energía violeta oscura empezó a girar alrededor de sus dedos, crujiendo como mil truenos contenidos—. He sobrevivido a imperios enteros que querían mi cabeza, niño. Tu pequeña organización de cobardes con batas blancas no es ni un mosquito para mí.
El Cazador lo pensó dos segundos.
Luego supo que no tenía oportunidad.
Su cuerpo empezó a desvanecerse otra vez en sombra, dispuesto a huir.
—La próxima vez te encontraré solo —gritó, antes de desaparecer del todo—. Y entonces sí te comeré todo el miedo que llevas dentro.
Silencio.
El Cazador se había ido.
El frío terrible empezó a desaparecer poco a poco. La luz violeta de Vespera se apagó suavemente, dejando el ático otra vez en penumbra lunar.
Ali seguía de rodillas en el suelo, temblando de pies a cabeza, tosiendo sangre, con la garganta morada y dolorida, todo el cuerpo hecho pedazos. No podía creer que estuviera vivo.
Vespera caminó hacia él despacio. Se agachó para quedar a su altura. Lo miró fijamente a los ojos. No había lástima en su mirada. Solo una especie de aprobación fría.
—Ya ves —dijo ella, con su voz antigua y calmada—. Te han localizado. El Cazador de Sombras es solo el primero. Vienen por ti. Némesis no se detendrá hasta tenerte. Si sigues escondiéndote en áticos como un ratón asustado… la próxima vez no llegaré a tiempo. Y te desarmarán vivo en un laboratorio antes de que puedas pronunciar mi nombre.
Ali miró sus manos temblorosas. Sangraban. Estaban rotas. Él también lo estaba.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, con la voz rota, casi un susurro. No tenía fuerzas para luchar. No tenía fuerzas para huir. Estaba agotado.
Vespera se levantó. Dio un paso hacia la escotilla que daba al tejado. Se giró una última vez para mirarlo.
—Deja de ser la víctima —dijo, clara y dura—. Aprende a usar lo que llevas dentro. Aprende a pelear. O muere. Esas son tus únicas opciones.
Y entonces desapareció, como siempre, sin hacer ruido, dejando a Ali solo otra vez en el ático oscuro y frío, rodeado de escombros y de su propia sangre.
Ali se quedó quieto mucho rato.
Luego, muy despacio, sacó el papel doblado del bolsillo.
Miró el número de Damián.
Miró la escotilla cerrada.
Sabía que Vespera tenía razón.
No podía seguir escondiéndose.
No podía seguir siendo el chico que aguantaba golpes en silencio.
Tenía que aprender a controlar su poder.
Tenía que aprender a luchar.
Tenía que dejar de ser la presa.
Se metió el papel otra vez en el bolsillo.
Se levantó con dificultad, gimiendo de dolor.
Se acercó a la ventana. Miró hacia París, toda iluminada y hermosa allá abajo, ajena a todo lo que le había pasado esa noche.
La marca del cuello le ardió con fuerza.
Rojo y violeta.
Crear y destruir.
Ali cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y tomó la decisión.
Iba a buscar a Vespera.
Iba a pedirle que le enseñara.
Y cuando terminara…
…nadie volvería a hacerle daño sin pagar el precio.