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La Sombra En La Niebla

La Sombra En La Niebla

Status: En proceso
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.

NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: FRÍO

​El frío de Altagracia ya no venía de la neblina que bajaba de las colinas; salía de las grietas de la propia ciudad.

​Tras la noticia del colapso del Juez Mendoza y su posterior traslado al pabellón de custodia psiquiátrica de San Cayetano, un silencio sepulcral se había apoderado de los círculos de poder. En los salones del club privado, en las salas de juntas del Banco Mercantil y en los pasillos del Palacio de Justicia, la élite ya no murmuraba sobre negocios ni sobre la bolsa: hablaban en susurros aterrorizados sobre el «efecto Vantress». Había cundido la certeza de que una sombra invisible estaba desmantelando, una a una, las piezas de la aristocracia local con una precisión espeluznante. Nadie se sentía a salvo. Todos esperaban, con el pulso acelerado y las persianas bajadas, la llegada del siguiente sobre o la siguiente orden de embargo.

​Mientras la ciudad se ahogaba en la paranoia, Adrián Vantress se había recluido en su mansión en las afueras.

​La enorme propiedad de arquitectura sobria y ventanales de suelo a techo permanecía a oscuras. Había dado orden a los empleados de servicio de no presentarse hasta nuevo aviso, y la gran puerta de hierro del garaje no se había abierto en tres días. En el interior, el único ruido que rompía el vacío era el goteo rítmico de un grifo mal cerrado en el baño de invitados y el crujido de la madera refinada dilatándose por la humedad de la noche.

​Adrián permanecía sentado en un gran sillón de terciopelo azul en la esquina del salón principal. Vestía una camisa blanca sin abotonar, con las mangas arremangadas de forma descuidada, y los pantalones oscuros manchados con una mancha seca de vino. Llevaba dos días sin afeitarse. La sombra de una barba crecida le cubría las mejillas, acentuando la palidez cadavérica de su piel y la profundidad de sus ojeras.

​Sobre la mesa auxiliar de mármol reposaban tres botellas vacías de whisky escocés de malta y un vaso de cristal bajo con dos dedos de un líquido ámbar que ya había perdido el hielo.

​Sostuvo el vaso entre los dedos. Sus nudillos, ásperos y aún ligeramente amoratados tras la noche de la emboscada en el arroyo seco, temblaban imperceptiblemente. Levantó la bebida y apuró el trago de un solo golpe. El alcohol le quemó la garganta, dejándole una sensación de calor efímero que se disipó a los dos segundos, reemplazada de inmediato por esa frialdad glacial y pegajosa que llevaba instalada en el centro del pecho desde hacía semanas.

​No funcionaba. El whisky no borraba nada.

​Cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de terciopelo, pero al apagar la luz de la estancia, su mente activó de inmediato una galería de fantasmas en alta definición.

​Vio la mirada humillada de Lucas Valeriano, tirado en la acera bajo la llovizna, llorando sobre su bolsa de lona sucia; vio los cascos amarillos de los obreros de la Constructora San Pedro, hombres de rostro cansado como el capataz Tomás, apretando sus herramientas inútiles mientras Samuel leía el acta de quiebra que los dejaba sin pan para sus familias; vio a Beatriz de Valeriano y a Carmen de Castillo petrificadas en el estrado del club de golf, expuestas ante las cámaras como esposas de estafadores; y, por encima de todo, volvió a escuchar el sollozo ahogado de Elena antes de abandonar su oficina: «Te has convertido en el mismo monstruo que te destruyó».

​Una punzada de asco y frustración le contrajo el estómago.

​Había pasado diez años en el exilio soñando con este momento. Se había matado de hambre, había vendido su cuerpo al trabajo extenuante, había aprendido la diplomacia de las sombras y el manejo quirúrgico de los mercados financieros con un único propósito: acumular el poder suficiente para ver a sus verdugos de rodillas. Imaginó que la coronación de su venganza vendría acompañada de una paz profunda, de una absolución divina que curaría la estocada en el pulmón que sufrió en San Cayetano y el recuerdo de su padre muriendo en la vergüenza de la bancarrota.

​Qué estupidez tan grande.

​El dinero acumulado en sus cuentas internacionales —cientos de millones de dólares repartidos en firmas fantasma— no servía para comprar ni un solo minuto de sueño reparador. El poder absoluto que ejercía sobre el destino de Altagracia no era más que un trono de cenizas edificado sobre las ruinas de vidas inocentes que se atravesaron en su camino. Los tesoros no borraban las pesadillas; solo las volvían más caras.

​Adrián volvió a abrir los ojos de golpe.

​La penumbra del salón se sintió opresiva, tétrica. Se incorporó despacio, soltando un gemido ahogado cuando el movimiento brusco le tiró del vendaje que sostenía sus costillas fracturadas. Caminó con pasos inciertos hacia el ventanal que daba al jardín trasero.

​Afuera, la lluvia caía en hilillos constantes sobre las hojas oscuras de los robles.

​Tomó la botella de whisky por el cuello y volvió a servir una dosis generosa en el vaso. La mano le temblaba con más fuerza. Intentó llevarse el cristal a los labios, pero el olor del destilado le produjo una arcada repentina. Con una maldición ahogada que resonó hueca entre las paredes altas, lanzó el vaso con violencia contra el marco de la chimenea de piedra.

​El cristal se hizo mil pedazos con un estruendo seco, desparramando el líquido sobre las losas heladas.

​Adrián apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa de mármol, dejando caer la cabeza entre los hombros. Respiraba de forma agitada, sintiendo cómo el sudor frío le bajaba por el cuello de la camisa.

​—Papá... —susurró hacia la penumbra.

​La voz se le quebró en la última sílaba. Era la primera vez en diez años que pronunciaba esa palabra en voz alta.

​Recordó la cara de su padre la tarde antes del arresto: un hombre sencillo que olía a jabón de afeitar y a libros viejos, un padre que le enseñó que el honor de una familia no se mide por la cuenta del banco, sino por la tranquilidad con la que se apoya la cabeza en la almohada al llegar la noche. ¿Qué diría ese hombre si pudiera verlo ahora? ¿Qué diría al ver al muchacho alegre que crió convertido en un ejecutor despiadado que dejaba niños sin orfanato y obreros sin sueldo para alimentar una sed de sangre que jamás terminaba de saciarse?

​Un destello de terror visceral le atravesó la espina dorsal.

​Se dio cuenta de que Bernardo Valeriano y Guillermo Castillo ya no necesitaban mandarle sicarios al arroyo seco para destruirlo. Ya le habían ganado la partida más importante. Al obligarlo a transformar su corazón en un pedazo de hielo para sobrevivir y cobrar venganza, le habían arruinado la existencia de forma definitiva. Habían conseguido que el hijo de Corvalán muriera exactamente el mismo día en que pisó la prisión juvenil, dejando en su lugar a esta cáscara vacía vestida de seda que ahora se ahogaba en alcohol para soportar su propio reflejo.

​La puerta de entrada de la mansión emitió un doble pitido metálico cuando la clave de acceso fue introducida desde el exterior.

​Adrián no se giró. Escuchó los pasos firmes y medidos de Mateo Rivas cruzando el vestíbulo hasta detenerse a tres metros de la entrada del salón. El viejo expolicía vestía su abrigo de cuero empapado por la lluvia y sostenía un maletín rígido bajo el brazo. Olía a cigarrillo mojado y a calle.

​Mateo contempló la botella vacía, los cristales rotos en la chimenea y la figura encorvada de Adrián sobre la mesa de mármol. No hubo juicio en su mirada, solo una amargura añeja y compasiva.

​—El consejo de administración del Banco Mercantil acaba de declarar la insolvencia técnica, Adrián —dijo Mateo con su voz baja y rasposa—. Bernardo Valeriano y Guillermo Castillo están atrincherados en la sede central. Tienen las maletas hechas para huir a la frontera a primera hora de la mañana.

​Adrián permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando el tamborileo de la lluvia contra la ventana.

​Lentamente, se erguyó. Pasó una mano pesada por su rostro descompuesto, limpiándose el sudor de la frente. La frialdad vacía de sus ojos volvió a instalarse sobre su mirada, una máscara pesada que se ajustó con la resignación de quien sabe que ya no hay vuelta atrás.

​—Prepara el auto, Mateo —dijo Adrián con un hilo de voz helado que no parecía pertenecer a un ser vivo—. La cacería tiene que terminar esta noche.

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celimar
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Celina Espinoza
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Fernanda
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Lobelia ❣️
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celimar
est buena
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