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Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Quedé embarazada de mi abogado de divorcio

Status: En proceso
Popularitas:760
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Cap 3 — El abogado

La recepcionista la miró de arriba abajo sin disimular.

Valentina lo entendía. Estaba ahí parada en el vestíbulo de Montero & Asociados —mármol blanco, luz fría, un arreglo de orquídeas que probablemente costaba más que su renta— con el pelo recogido en una cola torcida, unas ojeras que le llegaban a los pómulos y una bolsa de plástico del hospital todavía colgada del hombro.

Parecía una paciente que se había equivocado de edificio.

—¿Tiene cita? —preguntó la recepcionista con una sonrisa tan perfecta que parecía pintada.

—No. Necesito un abogado de divorcios. El mejor que tengan.

La mujer arqueó una ceja. Apenas un milímetro. Pero Valentina la vio.

—Todos nuestros licenciados están ocupados en este momento. Si gusta dejarme sus datos, podemos agendar una consulta para la próxima semana...

—No tengo una semana.

—Señora, el proceso es...

—No me interesa el proceso. Me interesa un abogado que pueda destruir a mi marido en un tribunal. Hoy.

La recepcionista parpadeó. Tomó el teléfono y marcó una extensión interna, murmurando algo que Valentina no alcanzó a escuchar. Colgó y señaló hacia el pasillo.

—Sala tres, al fondo a la derecha. El Licenciado Montero la va a atender en diez minutos.

Valentina caminó por el pasillo de baldosas brillantes sintiendo que cada paso resonaba demasiado fuerte. Las paredes estaban cubiertas de diplomas enmarcados, fotografías en blanco y negro, reconocimientos de la Barra de Abogados. Todo olía a madera pulida y a dinero viejo.

La sala tres tenía una mesa de conferencias para ocho personas, pero solo había dos sillas dispuestas en una esquina, frente a frente. Como si alguien hubiera entendido que este tipo de conversaciones necesitan cercanía, no protocolo.

Se sentó. Se alisó la blusa con las manos —un gesto inútil que no arregló nada— y esperó.

A los siete minutos exactos, la puerta se abrió.

El hombre que entró no la miró de inmediato. Cerró la puerta con la mano izquierda mientras con la derecha terminaba de hojear un expediente. Lo cerró de un golpe seco y lo dejó sobre la mesa.

Solo entonces levantó la vista.

—Siéntese —dijo, y luego se dio cuenta de que ella ya estaba sentada—. Bien. Soy Sebastián Montero, su abogado a partir de este momento, si decide contratarme. ¿Nombre?

—Valentina Solano.

Sacó un bolígrafo del bolsillo interior del saco —un traje gris oscuro, impecable, sin una sola arruga— y abrió una libreta de cuero negro.

—Cuénteme.

Valentina respiró hondo. Había ensayado mentalmente lo que iba a decir durante todo el camino en taxi. Pero frente a ese hombre de mandíbula apretada y ojos que parecían escanearla como un documento, las palabras se le atropellaron.

Empezó por el principio. El matrimonio con Martín. Los tres años de convivencia con Gladys. La empresa que fundaron juntos con los ahorros de ella. El embarazo. La caída. El hospital. El bebé que no sobrevivió.

Y luego lo que escuchó detrás de la puerta.

Cuando llegó a esa parte, la voz se le quebró. No mucho —apenas una fractura fina, como una grieta en un cristal— pero lo suficiente para que tuviera que detenerse y tragar saliva.

Sebastián Montero no la interrumpió. No le ofreció agua ni un pañuelo. No le dijo que todo iba a estar bien.

Simplemente la escuchó. Con el bolígrafo inmóvil sobre la libreta y la mirada fija en ella. Sin parpadear. Sin asentir. Sin dar ninguna señal de lo que estaba pensando.

Cuando Valentina terminó, guardó silencio unos segundos. Luego dijo:

—Lo que usted me está describiendo no es solo un caso de divorcio. Si lo que escuchó es cierto, su marido y su suegra conspiraron para provocarle la pérdida del embarazo. Eso es un delito. Lesiones graves agravadas por el parentesco. Podrían ir a prisión.

Valentina abrió los ojos.

—¿En serio?

—No acostumbro decir cosas que no sean en serio, señora Solano. —Lo dijo sin calidez pero sin frialdad. Como quien enuncia un hecho climático—. Ahora bien, el problema es que usted no tiene pruebas. Lo que escuchó detrás de una puerta es su palabra contra la de ellos, y en un tribunal eso no vale nada. Necesitamos evidencia.

—¿Qué clase de evidencia?

Sebastián trazó tres líneas en la libreta.

—Primero, la financiera. Usted dice que fundaron la empresa juntos, pero que él cambió la representación legal a su solo nombre. Eso se puede verificar en el registro público. Si lo hizo sin su consentimiento, es ocultamiento de bienes.

Valentina asintió.

—Segundo, la infidelidad. Necesita un investigador privado que documente los encuentros entre su marido y esa mujer. Fotos, videos, registros de hotel. Todo sirve.

—¿Y tercero?

Sebastián la miró directo a los ojos.

—Tercero, usted va a volver a esa casa y va a actuar como si no supiera nada.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Volver?

—Si su marido descubre que usted ya sabe la verdad, va a destruir pruebas, mover dinero, blindarse legalmente antes de que podamos hacer nada. La única ventaja que tenemos es que él la subestima. Piensa que usted es... —hizo una pausa, buscando la palabra con precisión quirúrgica— ingenua. Vamos a usar eso.

Valentina se quedó callada un momento.

—¿Quiere que finja que no sé que mi marido mató a mi hijo?

Sebastián sostuvo su mirada sin pestañear.

—Quiero que finja el tiempo suficiente para que nunca pueda volver a hacerle daño a nadie. ¿Puede con eso?

Valentina pensó en el sueño. En el niño que se deshacía entre sus dedos. En la risa de Camila Vargas resonando detrás de la puerta. En Gladys diciendo pedí que la dejaran morir con la misma voz que usaba para quejarse del precio del pollo.

Apretó los puños debajo de la mesa. Las uñas se le clavaron en las mismas marcas que se había hecho el día anterior.

—Puedo con eso.

Sebastián asintió una sola vez. Breve. Como un militar que recibe confirmación de una orden.

—Bien. —Sacó un formulario de un cajón—. Este es el contrato de representación legal. Léalo, fírmelo, y a partir de mañana usted y yo empezamos a trabajar. Le voy a dar el contacto de un investigador privado de confianza. Todo lo que encuentre, me lo envía a mí directamente. Nada por teléfono, nada por mensaje de texto, solo por el correo encriptado que le voy a dar.

Valentina tomó el bolígrafo que él le tendió. Pesado. Metálico. Frío al tacto.

Firmó.

Sebastián recogió el contrato y lo guardó en una carpeta.

—Una cosa más, señora Solano.

—¿Sí?

—Cuando vuelva a esa casa, no llore. No tiemble. No deje que la vean débil. Cada vez que sienta que no puede más, recuerde una cosa: usted ya sobrevivió lo peor. Lo que viene ahora es solo burocracia.

Valentina lo miró.

Algo en la forma en que lo dijo —sin compasión pero sin crueldad, como una instrucción técnica que también era, de alguna manera, un acto de respeto— le aflojó un nudo que llevaba días apretándole la garganta.

No le estaba diciendo que fuera fuerte. No le estaba diciendo que dejara de sufrir. Le estaba diciendo que el sufrimiento ya había pasado y que lo que quedaba era un trabajo por hacer.

Por alguna razón, eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Gracias —dijo.

Sebastián no respondió. Ya estaba abriendo otro expediente, como si la conversación que acababan de tener fuera un trámite más en una jornada de trámites.

Pero Valentina notó algo. Cuando se levantó para irse, él la acompañó hasta la puerta de la sala y la abrió él mismo. Un gesto mínimo que no encajaba con su tono de autómata.

No supo qué hacer con eso. Asintió y caminó hacia la salida.

Afuera, el sol seguía ahí. Brutal. Indiferente. Pero algo había cambiado. No sabía si era ella o el mundo, pero las cosas se veían distintas. Más nítidas. Más duras. Más reales.

Levantó la mano y paró un taxi.

—A la casa de los Reyes —le dijo al conductor.

Iba a volver a la casa donde vivía el hombre que había matado a su hijo. Iba a sentarse frente a él, sonreírle, preguntarle cómo le fue en el día.

Y mientras él creyera que seguía siendo la misma Valentina dócil y obediente de siempre, ella iba a desarmarlo pieza por pieza hasta que no le quedara nada.

El taxi arrancó. Se recostó contra el asiento y cerró los ojos.

Piensa que soy ingenua, se dijo. Bien. Que lo siga pensando.

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Vergara M. Carmen
quien es??? será el papá de Sebastián
Vergara M. Carmen
😂😂
Vergara M. Carmen
no puedo parar de leer 🔥🔥
Vergara M. Carmen
me perdí?? no entendí, no fue Sebastián quien los presento
que le consiguió ese trabajo?
Vergara M. Carmen
como, acaso no fue ella q le dijo de la invitación?
Vergara M. Carmen
claro, tenía q ser una amiga alocada😂
Vergara M. Carmen
ay Valentina!!!
Vergara M. Carmen
está muy buena está novela☺️
Vergara M. Carmen
que?? comooo🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
😂😂😂🔥🔥
Vergara M. Carmen
bien🔥🔥🔥
Vergara M. Carmen
que gente más despreciable, ya les llegará el karma
Vergara M. Carmen
uyyy pero🤬🤬🤬
Vergara M. Carmen
primer capítulo: atrapador, me gusta☺️
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