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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:272
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Cap 9 — Mamá tiene dinero

Nodi entró a la Casona Salazar con un maletín de cuero en una mano y una bolsa de regalo en la otra. Era alto, rubio, con ojos verdes y una sonrisa que se le veía desde la puerta.

—¡Ángel! —gritó al ver a Isabel, y cruzó el vestíbulo en tres zancadas para abrazarla.

Isabel lo recibió con los brazos abiertos.

—Nodi, qué gusto. ¿Cuándo llegaste?

—Hace dos horas. Del aeropuerto vine directo para acá. No podía esperar. —Le agarró la cara con las dos manos y la miró de cerca—. Estás igual. Exactamente igual. Quince años y ni una arruga. Es absurdo.

—Tú tampoco has cambiado mucho.

—Yo engordé diez kilos y me salió una cana. No me compares.

Detrás de ellos, parado en la puerta del estudio con los brazos cruzados, Emiliano miraba la escena con la mandíbula tan apretada que se le marcaban las venas del cuello.

Don Refugio, que iba pasando con una bandeja, vio la cara de Emiliano y decidió tomar el camino largo por la cocina.

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Nodi era Nodi Hassler. Suizo-argentino, treinta y ocho años, dueño de la casa de subastas Nodi International, con oficinas en Zúrich, Buenos Aires y Singapur.

Isabel lo había conocido antes de casarse con Emiliano. En esa época, Nodi era un chico de veintitrés años que acababa de perder a su padre y que sus tíos habían echado del negocio familiar. Estaba quebrado, sin contactos, durmiendo en un hostal en Buenos Aires.

Isabel le prestó dinero de sus propios ahorros. Le ayudó a armar un plan de negocios. Le consiguió sus primeros clientes en el mundo del arte. Y cuando él quiso pagarle, ella le dijo: "No me pagues. Dame el veinte por ciento de la empresa. Y no me preguntes por qué. Solo acepta que vales la pena."

Nodi nunca olvidó esa frase. Se la tatuó en el antebrazo en inglés: "You're worth it."

Quince años después, ese veinte por ciento valía una fortuna. Nodi había convertido una casa de subastas pequeña en una de las más importantes de América Latina. Y durante todo ese tiempo, él mantuvo la parte de Isabel intacta. Cada centavo de ganancias, reinvertido.

—Te traje los estados financieros —dijo Nodi, abriendo el maletín sobre la mesa del comedor—. Todo está aquí. Dividendos acumulados, inversiones, propiedades. Quince años de rendimientos.

Isabel hojeó los papeles. Sus ojos se abrieron un poco.

—¿Esto es correcto?

—Cada número. Lo revisé tres veces antes de venir.

Isabel miró la cifra final. Se quedó callada un momento.

—Nodi, esto es mucho dinero.

—Es tu dinero, ángel. Tú lo creaste. Yo solo lo cuidé.

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Emiliano entró al comedor con paso firme. Se sentó al lado de Isabel, tan cerca que prácticamente estaba encima de ella, y miró a Nodi.

—Emiliano Salazar —dijo, extendiendo la mano.

—Ya nos conocemos, Emiliano —dijo Nodi con una sonrisa tranquila—. Nos vimos en la boda. Yo fui el que te dijo que si algún día la hacías llorar, yo iba a venir personalmente a romperte la cara.

—Lo recuerdo —dijo Emiliano sin sonreír.

—Y mira, aquí estoy. Quince años después. ¿La hiciste llorar?

—Nodi —dijo Isabel en tono de advertencia.

—Es una pregunta legítima, ángel.

—No me llames ángel —dijo Emiliano.

—No te estoy llamando ángel a ti. Le estoy diciendo a ella.

—Ya sé. Y no me gusta.

Isabel los miró a los dos. Emiliano estaba tenso como una cuerda de guitarra. Nodi estaba sonriendo como si estuviera disfrutando cada segundo.

—Nodi, gracias por traer los documentos. Emiliano, deja de mirar a Nodi como si quisieras enterrarlo en el jardín. Los dos se van a llevar bien porque yo lo digo. ¿Quedó claro?

—Clarísimo —dijo Nodi.

Emiliano no dijo nada. Pero dejó de apretar el puño debajo de la mesa.

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Santiago estaba bajando las escaleras cuando escuchó la voz de un hombre desconocido en el comedor. Se detuvo a mitad de la escalera y escuchó.

—...entonces tu parte asciende a esto —decía la voz—. Sin contar las propiedades en Buenos Aires y la participación en la galería de Singapur.

Santiago bajó los últimos escalones y se asomó al comedor. Vio a un hombre rubio sentado frente a Isabel, mostrándole papeles. Emiliano estaba al lado de Isabel con cara de querer morder algo.

—¿Quién es? —preguntó Santiago desde la puerta.

—Santiago, él es Nodi Hassler —dijo Isabel—. Es mi socio. Maneja mis inversiones.

Santiago miró a Nodi. Luego miró los papeles. Luego miró a Isabel.

—¿Tus inversiones?

—Sí. Tengo una participación del veinte por ciento en Nodi International. Y algunas propiedades.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de casarme con tu padre.

Santiago se quedó procesando eso.

—Entonces... ¿tienes dinero propio?

—Bastante —dijo Nodi.

Isabel le lanzó una mirada. Nodi levantó las manos.

—Solo estoy siendo preciso, ángel.

Emiliano soltó un sonido que parecía un gruñido.

Santiago miró a su padre, luego a Isabel, luego a Nodi. Y por primera vez desde que Isabel había llegado, Santiago la miró con algo diferente. No era afecto. Todavía no. Era curiosidad. Real, profunda.

No necesita el dinero de papá. Está aquí porque quiere estar.

—Mucho gusto —dijo Santiago, y le extendió la mano a Nodi.

—El gusto es mío. Tu madre me habló mucho de ti cuando eras bebé. Decía que eras el más serio de los tres. Veo que no se equivocó.

Santiago no respondió a eso. Pero tampoco se fue. Se sentó en la mesa y empezó a leer los documentos con la misma atención que le ponía a sus libros de la universidad.

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Esa tarde, Isabel y Emiliano fueron a un evento social organizado por la Cámara de Comercio de Ciudad Brisa. Nodi los acompañó.

Emiliano no quería que Nodi fuera. Isabel le dijo que iba a ir. Emiliano no discutió.

El evento era en un salón del centro de la ciudad. Había unas cien personas: empresarios, políticos, abogados. La clase alta de Ciudad Brisa en su hábitat natural: copas de vino, trajes caros y conversaciones sobre dinero.

Isabel llevaba un vestido negro sencillo. Nodi llevaba un traje gris que le quedaba como si se lo hubieran cosido encima. Emiliano llevaba su traje de siempre y una expresión que decía: "Si alguien se acerca demasiado a mi esposa, lo compro y lo despido."

Todo iba bien hasta que apareció Gonzalo Mejía.

Gonzalo era un empresario de cincuenta y tantos años, pelo engominado, reloj de oro, y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo. Era socio de Mariposa Durán y uno de los inversionistas principales de Cosméticos Estrella del Norte, la empresa que Mariposa le había robado a Isabel.

—Emiliano, qué gusto —dijo Gonzalo, acercándose con su copa—. Y esta debe ser la famosa señora Salazar. La resucitada.

Isabel lo miró.

—Isabel Montero. Mucho gusto.

—El gusto es mío. Mariposa me ha contado mucho de ti. Dice que fueron grandes amigas.

—Fuimos socias. La amistad es otra cosa.

—Claro, claro. Pero dime, ¿es verdad lo que dicen? ¿Que vienes a reclamar tu parte de Estrella del Norte?

—No vengo a reclamar nada. Lo que es mío, es mío. No hace falta reclamarlo.

Gonzalo soltó una risita.

—Bueno, legalmente hablando, después de quince años...

—Legalmente hablando, mis abogados ya están preparando la documentación. Pero no vine a esta fiesta a hablar de abogados. Vine a comer canapés y a conocer gente. ¿Hay algo más que quieras saber, Gonzalo?

Gonzalo dejó de sonreír. Miró a Emiliano, buscando respaldo. Emiliano lo miró de vuelta con la misma expresión que usaba antes de destruir una empresa rival.

—No, no. Solo quería saludar —dijo Gonzalo, enderezando la corbata. Se fue con su copa a buscar conversación en otro lado, caminando un poco más rápido de lo necesario.

Nodi, que había observado todo desde dos metros de distancia, se acercó a Isabel.

—Ese tipo es socio de la mujer que te robó la empresa, ¿verdad?

—Sí.

—¿Quieres que investigue sus finanzas?

—Ya las estoy investigando. Pero gracias.

Nodi la miró con admiración.

—Ángel, no has perdido el toque.

—No me digas ángel enfrente de Emiliano. Le va a dar algo.

—Por eso lo hago.

Isabel le dio un golpe en el brazo. Nodi se rio.

Emiliano, que estaba a cinco metros hablando con el presidente de la Cámara, giró la cabeza al escuchar la risa de Nodi. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Todo bien, Emiliano? —preguntó el presidente de la Cámara.

—Perfecto —dijo Emiliano, sin dejar de mirar a Nodi.

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De vuelta en la Casona, Valentina estaba en la sala viendo televisión cuando Isabel y Emiliano entraron.

—¿Cómo les fue? —preguntó sin despegar los ojos de la pantalla.

Era la primera vez que Valentina les preguntaba algo sin que le preguntaran primero. Isabel lo notó. Emiliano también.

—Bien —dijo Isabel—. Conocí a un tal Gonzalo Mejía. Socio de Mariposa.

Valentina volteó.

—¿La Mariposa que te robó la empresa?

—Esa.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dejé claro que voy a recuperar lo que es mío.

Valentina la miró un momento.

—Bien —dijo, y volvió a ver la televisión.

Pero Isabel vio que estaba sonriendo. Apenas, solo con la esquina de la boca, pero estaba sonriendo.

Emiliano subió las escaleras. Isabel lo siguió.

—Emi.

—¿Qué?

—¿Sigues enojado por lo de Nodi?

—No estoy enojado. ¿Por qué estaría enojado?

—Te pasaste toda la noche mirándolo como si fuera una cucaracha en tu sopa.

—Exageras.

—Le diste la mano tan fuerte que le dejaste los dedos blancos.

Emiliano se detuvo a mitad de la escalera. Se dio la vuelta.

—Ese hombre te llama "ángel". Te abraza. Te besa la mejilla. Te mira como si fueras lo más hermoso del mundo. ¿Y esperas que yo esté tranquilo?

—Nodi es mi amigo, Emi. Mi socio. Nada más.

—Lo sé. Lo sé. Pero no me gusta.

—Lo sé. Pero vas a tener que acostumbrarte. Porque Nodi va a estar en mi vida. Es una persona importante para mí. Y si tú eres importante para mí y él es importante para mí, los dos van a tener que aprender a convivir.

Emiliano la miró. Luego suspiró.

—¿Puedo dormir en la cama hoy?

—No.

—Isa, ya van cinco noches en el sofá.

—Y van a ser seis. Buenas noches, Emi.

Emiliano bajó las escaleras arrastrando los pies hacia el sofá.

En su cuarto, Valentina sacó su teléfono y buscó: "Nodi International casa de subastas." Los resultados la dejaron con la boca abierta. Oficinas en tres continentes. Ventas millonarias. Artículos en revistas de negocios.

Y en la sección "Acerca de", una línea que decía: "Fundada con el apoyo de la inversionista Isabel Montero Ríos."

Valentina miró esa línea un rato largo.

No necesita a papá para tener dinero. No necesita a nadie.

Entonces... ¿por qué está aquí?

Cerró el teléfono y apagó la luz. Pero no durmió en un buen rato.

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