Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 10. La Hermana del Espejo
El Bosque de Virelia los recibió como si supiera que venían.
Damián no era una persona supersticiosa.
Sin embargo, mientras observaba los árboles enormes que se alzaban a ambos lados del sendero, comenzó a reconsiderar su postura.
—No me gusta este lugar.
—Llevas diciendo eso desde que cruzamos el primer árbol —comentó Celeste.
—Porque el primer árbol ya me parecía sospechoso.
—Son árboles.
—Exactamente. Están actuando como si supieran algo.
Basilio observó el bosque.
—Debo admitir que tienen un aire amenazante.
—¿Ves?
—Aunque quizá eso se deba a que nos observan.
Hubo un silencio.
—¿Qué?
—¿Qué?
—¿Nos observan?
—Probablemente.
—Basilio.
—¿Sí?
—No ayudes.
Fulgor avanzaba unos metros delante de ellos.
Por extraño que resultara, parecía concentrado.
No estaba intentando perseguir ardillas.
No estaba mordiendo ramas.
Ni siquiera estaba destruyendo nada.
Aquello preocupaba a Damián más de lo normal.
—Fulgor está siendo responsable.
—Lo noto —dijo Celeste.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
El dragón se detuvo de repente.
Levantó la cabeza.
Olfateó el aire.
Y rugió.
No era un fuerte rugido.
Era uno corto.
Como una advertencia.
Todos se quedaron inmóviles.
—Encontró algo.
—¿Estás seguro? —preguntó Celeste.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no está intentando comérselo.
Caminaron varios minutos más hasta llegar a un claro.
Y allí la encontraron.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Elena Umbra estaba atrapada en el centro de un círculo de raíces blancas.
Las ramas crecían desde el suelo como cadenas.
La rodeaban.
La sujetaban.
La mantenían inmóvil.
Una marca plateada brillaba alrededor de su garganta.
Durante unos segundos nadie habló.
Damián tampoco.
Simplemente avanzó.
Más despacio de lo que Celeste esperaba.
Como si temiera que la imagen desapareciera.
—Elena...
La joven levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Y por un instante el tiempo pareció detenerse.
—Damián.
La voz salió cansada.
Lejana.
Pero real.
Absolutamente real.
Elena estaba viva.
Después de años.
Después de tantas búsquedas.
Después de tantas preguntas.
Estaba allí.
Damián dio otro paso.
Y las raíces reaccionaron.
Una onda de luz plateada recorrió el claro.
Las ramas se tensaron.
La marca del cuello brilló con fuerza.
—No.
Celeste extendió un brazo para detenerlo.
—Es una defensa mágica.
—Lo sé.
—Entonces no te acerques.
—Es mi hermana.
—Precisamente.
Damián se quedó quieto.
Le costó.
Muchísimo.
Pero se quedó donde estaba.
Elena intentó sonreír.
—Sigues siendo impulsivo.
—Y tú sigues haciendo comentarios inoportunos.
—Me alegra comprobarlo.
Aquella simple frase pareció aliviar algo dentro de ambos.
Duró poco.
La marca volvió a brillar.
Elena apretó los dientes.
Las raíces comenzaron a moverse.
—¿Qué está pasando? —preguntó Basilio.
Celeste observó atentamente.
—La magia está reaccionando.
—¿Porque nos acercamos?
—Porque ella está luchando.
Damián estudió el círculo.
Era una prisión.
Pero no una prisión normal.
No estaba diseñada para encerrar el cuerpo.
Estaba diseñada para obtener obediencia.
Y eso lo hizo enfurecer.
—Voy a romperlo.
—No —dijo Celeste.
—Sí.
—No.
—Celeste.
—Damián.
—Puedo hacerlo.
—Y probablemente matarías a Elena.
Silencio.
Damián no dijo nada.
Porque sabía que ella tenía razón.
Y odiaba cuando eso ocurría.
—Entonces ¿qué hacemos?
La caballera se acercó con cautela.
Observó la marca.
Las raíces.
Las runas ocultas entre la tierra.
Y recordó algo.
—La criatura de la deuda.
—¿Qué pasa con ella?
—Hablaba constantemente de consentimiento.
Damián frunció el ceño.
—¿Y?
—¿Y si la prisión no funciona porque las cadenas son fuertes?
—Continúa.
—¿Y si funciona porque Elena sigue siendo considerada una parte activa del pacto?
Elena levantó lentamente la mirada.
—Eso...
Todos se volvieron hacia ella.
—Eso es exactamente lo que ocurre.
Silencio.
—¿Lo sabes?
—La Corte me lo repitió durante años.
—Explícate.
Elena respiró profundamente.
—Estas raíces poseen mi autorización.
—¿Tu autorización?
—No voluntaria.
—Eso tampoco tiene sentido.
—La magia antigua sí lo entiende.
Celeste sonrió ligeramente.
—Entonces no necesitamos romper el hechizo.
Damián comprendió la idea.
Y por primera vez comenzó a tener esperanza.
—Necesitamos quitarle el permiso.
Elena observó las raíces.
Luego a su hermano.
Después a Celeste.
—¿Y cómo se supone que haga eso?
—Decidiéndolo.
—¿Así de simple?
—Las magias antiguas suelen ser absurdamente complicadas o absurdamente simples.
—Eso es frustrante.
—Mucho.
El bosque quedó en silencio.
Las raíces parecían escuchar.
Esperar.
Entonces Elena cerró los ojos.
Y habló.
No gritó.
No rogó.
Simplemente declaró:
—No doy permiso.
Nada ocurrió.
Durante un segundo.
Dos.
Tres.
Entonces la marca plateada se agrietó.
Una línea diminuta apareció sobre la luz.
Luego otra.
Y otra más.
—Está funcionando —susurró Basilio.
Las raíces comenzaron a temblar.
La prisión se estaba rompiendo.
La magia protestaba.
Intentaba sostenerse.
Pero algo había cambiado.
Su fundamento acababa de desaparecer.
—No doy permiso —repitió Elena.
La grieta se expandió.
—No doy permiso.
Las cadenas blancas comenzaron a quebrarse.
En ese momento apareció Fulgor.
Nadie sabía dónde había estado.
Probablemente haciendo algo cuestionable.
El dragón llevaba la enorme manta de viaje entre los dientes.
—¿Ahora qué hace? —preguntó Damián.
—No estoy seguro.
Fulgor caminó hasta Elena.
Le dejó la manta sobre las piernas.
Y después emitió un pequeño rugido.
Uno suave.
Extrañamente cuidadoso.
Elena lo observó sorprendida.
—Hola.
Fulgor movió la cola.
—¿Siempre es así?
—Normalmente es peor —respondió Damián.
—Gracias.
—Aún puede empeorar.
Como si quisiera demostrarlo, Fulgor abrió la boca.
Todos se tensaron.
El dragón lanzó fuego.
—¡Fulgor!
Pero no era fuego normal.
Las llamas doradas envolvieron las raíces.
No las quemaron.
Solo iluminaron las grietas.
La prisión completa se fracturó.
Y explotó en miles de fragmentos de luz.
Elena cayó hacia adelante.
Libre.
Damián llegó justo a tiempo para sostenerla antes de que tocara el suelo.
Durante varios segundos ninguno dijo nada.
No hacía falta.
Elena estaba viva.
Y libre.
Eso bastaba.
Sin embargo, la tranquilidad duró exactamente treinta segundos.
Una piedra cercana comenzó a brillar.
Todos levantaron la vista.
—No.
—Sí —dijo Basilio.
La superficie se transformó en una imagen.
El palacio.
La capital.
Y columnas de humo elevándose desde las murallas.
Celeste palideció.
—Están atacando.
Damián apretó los dientes.
La advertencia del reflejo era cierta.
La Corte había esperado exactamente ese momento.
—Tenemos que volver.
—Tardaríamos días —dijo Basilio.
—No tenemos días.
Silencio.
Todos giraron lentamente hacia Fulgor.
El dragón los observó.
Luego observó el cielo.
Y finalmente abrió las alas.
Muy despacio.
Como si estuviera orgulloso de sí mismo.
—No.
Fulgor movió la cola.
—Absolutamente no.
Más movimiento de cola.
—Eso no es una solución.
Elena observó las alas.
Luego a Damián.
Y sonrió por primera vez.
—¿Tienes miedo de volar?
—No.
—Mientes muy mal.
—No tengo miedo de volar.
—¿Entonces?
Damián miró al dragón.
Después el tamaño de las alas.
Después la altura de los árboles.
Y finalmente recordó todos los aterrizajes previos de Fulgor.
—Tengo miedo de aterrizar.
Basilio asintió solemnemente.
—Es una preocupación completamente razonable.
Y una hora después, para horror de Damián, la supervivencia del reino dependería exactamente de eso.