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Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

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Capítulo 22

Capítulo 22: La liga desaparecida

La liga del pelo desapareció un martes.

No era una liga especial. Era negra, elástica, del tipo que viene en paquetes de veinte y que se compran en cualquier tienda por diez pesos. La usaba para recogerme el cabello cuando estudiaba, porque el pelo me caía sobre los ojos y me distraía.

Ese martes, durante la clase de literatura, me solté el pelo para masajearme la cabeza —el profesor llevaba cuarenta minutos hablando de Sor Juana y mi cerebro necesitaba oxígeno— y dejé la liga sobre el pupitre.

Cuando la clase terminó, la liga ya no estaba.

No le di importancia. Las ligas se pierden. Es una ley universal, como la gravedad o como que los calcetines desaparecen en la lavadora. Saqué otra del bolsillo de la mochila y seguí con mi vida.

Lo que no supe —lo que no sabría hasta mucho después— es que la liga no se perdió. Fue recogida.

Por unos dedos largos, precisos, que la tomaron del pupitre con la discreción de un prestidigitador, que la guardaron en el bolsillo interior de una mochila, y que esa noche, en la soledad de una habitación al otro lado de la pared medianera, la examinaron bajo la luz de una lámpara de escritorio como si fuera un objeto de museo.

Y que esa liga terminó dentro de una caja de madera. Junto a un recorte de periódico escolar con mi foto del día del torneo deportivo. Junto a un envoltorio de caramelo de mango que tiré en clase sin darme cuenta de que alguien lo recogió detrás de mí.

Una colección.

Su colección.

Porque resulta que yo no era la única que coleccionaba cosas del otro.

Implementé el plan de los tres meses.

La idea era simple: darle espacio a Lisandro para que se concentrara en el examen departamental. No desaparecer, eso habría sido cruel y contraproducente, sino modular. Bajar la intensidad. Pasar de ser un sol que le quemaba los ojos a ser una luna que lo acompañaba sin cegarlo.

En la práctica, significaba cosas concretas: no ir a su casa todos los días. No buscar excusas para hablar. No mirar su ventana antes de dormir, bueno, esa la rompí a las veinticuatro horas, pero al menos lo intenté. Seguir llevándole comida, porque la nutrición no era negociable, pero dejársela en la puerta en vez de entrar. Seguir caminando juntos a la escuela, pero sin provocar conversación.

Espacio. Aire. Distancia calculada.

Y durante ese espacio, yo tenía mi propia batalla.

—¡Cinco, seis, siete, ocho! ¡Plié! ¡Relevé! ¡Otra vez!

El estudio de danza comunitario estaba en el sótano de un centro cultural al sur de Santa Lucía. Paredes de espejo manchadas con huellas de dedos, un piso de linóleo que se despegaba en las esquinas, una barra de madera que se tambaleaba cuando le ponías demasiado peso. No era la Academia Nacional de Danza ni se le parecía. Pero tenía espacio, tenía espejos y tenía a una maestra de setenta años que había bailado con el Ballet Folklórico de México en los setenta y que ahora enseñaba a quien quisiera aprender por la cooperación voluntaria de lo que pudieras pagar.

—¡Estrada! ¡La espalda!

—Sí, maestra.

—¡Que la sientas recta, no que la pienses recta!

Mi cuerpo de diecisiete años recordaba más de lo que esperaba. Los músculos tenían memoria, y la memoria estaba oxidada pero no muerta. Los pliés me salían limpios. Los tendus, aceptables. Las piruetas eran un desastre, perdía el equilibrio después de la segunda vuelta, pero la base estaba ahí.

En la otra vida, dejé de bailar a los veintiuno. El matrimonio, la empresa de Lisandro, las responsabilidades de una esposa que no sabía ser esposa, todo conspiraba para robarme las horas de ensayo. Dejé de ir al estudio. Dejé de estirar. Dejé de sentir la música en el cuerpo. Y un día, sin darme cuenta, la bailarina murió y quedó solo la mujer.

No esta vez.

Esta vez, la bailarina y la mujer iban a coexistir. Porque yo no era la Solana de veintidós años que se casó creyendo que el matrimonio era su única opción. Tenía veintisiete años de perspectiva, diecisiete de cuerpo y toda una vida para construir algo que fuera mío.

Catalina me acompañaba a veces.

—No puedo creer que sepas hacer eso con las piernas —dijo un jueves, sentada en el piso del estudio con una bolsa de papitas, mirándome practicar—. Yo me caería de cara.

—Años de práctica.

—¿Años? Sol, empezaste hace tres semanas.

Once años, pensé. Pero quién cuenta.

—Tengo facilidad natural.

—Tienes facilidad antinatural. Eso no es normal.

No era normal. Pero mi vida entera había dejado de ser normal el día que desperté a los diecisiete con los recuerdos de veintisiete.

Después de la práctica, caminamos de vuelta a la escuela. Catalina iba a recoger un libro que olvidó en el salón. Yo iba porque necesitaba sacar algo de mi casillero.

Abrí el casillero.

Y ahí estaba.

Una hoja. Tamaño carta. Impresa. Con el encabezado de la Universidad de Santa Lucía y el título en negritas: "Requisitos de admisión —Examen artístico— Licenciatura en Danza Contemporánea".

La leí. Incluía todo: fechas del examen, documentos necesarios, tipo de audición, criterios de evaluación, información sobre la beca artística. Todo organizado, todo completo, todo relevante.

No tenía firma. No tenía nota. No tenía nada que identificara a quien la puso ahí.

Pero reconocí el tipo de impresora. Las letras tenían esa ligera inclinación hacia la derecha que solo producen las impresoras láser viejas, del tipo que ya nadie usa excepto la gente que las compró hace diez años y que no ve la necesidad de cambiarlas.

La impresora de Lisandro. La misma que estaba en su estudio, junto al escritorio donde estudiaba, en la casa al otro lado de la pared.

Buscaste los requisitos por mí.

Sin que te lo pidiera. Sin que supieras que los necesitaba. Sin que nadie te dijera que yo quiero estudiar danza en la Universidad de Santa Lucía.

¿O sí lo sabías?

Me detuve. Rebobiné.

Sí lo sabía. Se lo dije. Se lo mencioné una tarde, caminando a casa, cuando todavía estábamos en la fase de "yo hablo y él escucha sin confirmar que me escucha". Le dije que quería estudiar danza. Que era mi sueño. Que en otra escuela habría dicho "mi sueño de siempre" pero que en realidad era un sueño recuperado, reciclado, arrancado de las cenizas de una vida que no viví como quería.

No me respondió. Asintió una vez. Un movimiento tan sutil que podría haber sido una oscilación natural de la cabeza al caminar.

Pero no fue eso. Fue un "escuché". Y esa noche, mientras yo miraba la ventana y él miraba la pantalla de su computadora, buscó los requisitos, los imprimió y los guardó para ponerlos en mi casillero sin que yo supiera quién los puso.

Exactamente como en la otra vida.

Siempre actuando en silencio. Siempre detrás de escena. Nunca reclamando crédito. Nunca pidiendo agradecimiento.

La lonchera sacada de la basura. La liga guardada en secreto. Los requisitos impresos a medianoche.

Cada gesto un "te amo" que nunca aprendiste a pronunciar.

Catalina me alcanzó en el pasillo.

—¿Qué es eso?

—Los requisitos del examen de danza. Alguien los puso en mi casillero.

—¿Quién?

La miré. Catalina me miró. Las dos sabíamos quién.

—El chico sombrío —dijo Catalina, con una sonrisa que era mitad ternura y mitad exasperación—. Claro. Porque romper puertas con los puños no es suficiente. También tiene que investigar tu carrera y dejarte hojas impresas en el casillero como un Santa Claus de biblioteca.

Sonreí. Doblé la hoja y la guardé en mi mochila, junto al pañuelo con las iniciales y la nota del casillero anterior.

Sexto tesoro.

Esa noche, de vuelta en mi cuarto, abrí la ventana. La de Lisandro estaba abierta también, la cortina de par en par, la lámpara encendida, su silueta en el escritorio.

No podía verme. O quizás sí. Pero hablé de todas formas. En voz alta. Lo suficientemente fuerte para que la pared medianera no se comiera las palabras.

—Gracias, primer lugar —dije—. Algún día voy a devolverte todos estos favores.

Silencio.

El tipo de silencio que tiene forma, la forma de un chico sentado en su escritorio, con una caja de madera sobre las rodillas que yo no sabía que existía, cerrando los ojos mientras las orejas se le ponen rojas en la oscuridad.

No lo vi. No podía verlo.

Pero lo sentí.

Como se siente la lluvia antes de que caiga: en el aire, en la piel, en ese cambio de presión que te dice que algo viene.

Y lo que venía era inevitable.

Solo que ninguno de los dos estaba listo para nombrarlo todavía.

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