Isabela y João estuvieron juntos durante ocho años y comprometidos durante seis.
En cada discusión, siempre era ella quien tenía que tragarse el orgullo y dar el primer paso para hacer las paces.
Hasta que Isabela vio a João engañándola con otras mujeres, sin el menor respeto por su dignidad. Solo entonces se dio cuenta de que, para él, nunca había sido realmente respetada.
Decidida, Isabela puso fin a la relación y se casó con Thiago, heredero de una de las familias más poderosas del país.
Fue solo en ese momento que João entendió lo que había perdido: un arrepentimiento y un dolor que ni dando todo de sí podría recuperar.
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Capítulo 23
Lucas terminaba de fijar la nueva gasa con cinta adhesiva médica, movimientos precisos y silenciosos. Acababa de guardar la pomada en el maletín cuando Thiago habló, voz baja y neutra.
—Continúa.
Lucas se detuvo. Miró al patrón.
—¿Continuar qué?
—La foto. ¿Qué más viste? —preguntó Thiago, sin alterar el tono—. No necesitas esconderlo. Te oí dudar.
Lucas suspiró. Colocó el maletín en el suelo y se sentó en el sillón al lado.
—Fue solo eso. Marcelo publicó una selfie. En el fondo, desenfocado, pero se ve que Isabela está ahí. Con una amiga. Y João… él está en la misma mesa. O cerca. Pero no están juntos. No se sentaron en la misma mesa. No hay foto de ellos conversando, ni tocándose. Es solo… coincidencia. Se encontraron en el bar.
Thiago se quedó inmóvil. Sus dedos reposaban en los brazos de la silla, inmóviles. La respiración era lenta, controlada. Pero Lucas conocía a Thiago desde hacía años. Sabía leer las señales sutiles: la mandíbula ligeramente tensa, la sien palpitando despacio, el modo en que los hombros se endurecían incluso cuando el rostro permanecía impasible.
—Coincidencia —repitió Thiago, voz baja.
Lucas asintió.
—Sí. Ella ni siquiera lo miró. Por lo que se ve en la foto, ella estaba mirando a su amiga todo el tiempo. No hay interacción. Nada.
Thiago no respondió inmediatamente. Se quedó mirando a la nada —o mejor dicho, al punto vacío donde sus ojos se fijaban cuando la mente estaba lejos. Su pecho subía y bajaba con más fuerza ahora. Un dolor diferente al físico. Uno que quemaba por dentro, como ácido lento.
Ocho años atrás, él ya había sentido algo parecido. No eran celos exactamente —en la época, era indiferencia fingida, una muralla contra cualquier cosa que pudiera distraerlo del trabajo, del imperio, del futuro que construía solo. Pero ahora… ahora era diferente. Ahora era posesión. Ahora era miedo de perder algo que ni siquiera sabía que quería hasta tenerlo.
Respiró hondo. Forzó a su voz a salir calmada.
—Los negocios en la filial de Singapur —dijo él, cambiando de tema abruptamente—. El informe de ayer mostró una caída del 4% en el margen. El director regional está escondiendo números. Necesito que te pongas en contacto con la oficina de auditoría externa. Quiero un análisis independiente antes del fin de semana.
Lucas parpadeó, sorprendido por el cambio repentino.
—Claro… lo agendo ahora mismo. Pero… ¿estás bien?
Thiago ignoró la pregunta.
—Y sobre mi condición —continuó él—. ¿Cuánto tiempo más conseguimos esconderlo? Los accionistas ya están preguntando por qué no aparezco en vídeo en las reuniones. Si continúan insistiendo, van a desconfiar. Y la desconfianza genera inestabilidad.
Lucas pensó por un momento. Después, surgió una idea.
—Tal vez… podamos usar a Isabela para eso.
Thiago giró el rostro en dirección a él.
—¿Cómo?
—Dentro de un mes, mándala a Singapur. O a Tokio. Deja que ella te represente en algunas reuniones presenciales. Ella es inteligente, aprende rápido. Puede ser presentada como tu asistente personal o esposa —lo que sea más conveniente. Eso desvía la atención de los accionistas. Muestra que estás “delegando” por elección, no por incapacidad. Y… —Hizo una pausa—. …ella estaría segura. La oficina de Singapur tiene protección total. Rong Hao y Hoshino se encargan de todo allí. Nadie osaría tocarla.
Thiago se quedó en silencio por largos segundos.
Después, voz firme.
—No.
Lucas frunció el ceño.
—¿Por qué? Es una buena solución. Ella estaría lejos de los reflectores aquí, y tú ganarías tiempo para recuperarte sin presión.
—No —repitió Thiago, tono más duro—. El mercado externo es caótico. Singapur puede ser segura, pero el camino, los aeropuertos, los hoteles… hay variables demás. No voy a ponerla en riesgo.
Lucas abrió la boca para argumentar. Después la cerró. Sabía que, cuando Thiago usaba ese tono, no había negociación.
—Entendido —dijo él solamente—. Voy a preparar el informe de auditoría entonces.
Thiago asintió una vez.
Lucas se levantó. Agarró el maletín. Antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Ella está bien, Thiago. Por lo que vi en la foto… ella ni siquiera lo miró.
Thiago no respondió.
La puerta se cerró.
Thiago se quedó solo. El dolor físico volvía en ondas lentas, pero él apenas lo notaba. El dolor en el pecho era peor. Más profundo. Apretó los brazos de la silla hasta que le dolieron los dedos.
Mientras tanto, en el clear bar, Isabela y Gabriela habían acabado de pagar la cuenta. Se levantaron, agarrando las bolsas.
—¿Vamos al centro comercial? —preguntó Gabriela—. Hay una tienda de artesanía indígena que quiero ver. Y después cenamos.
Isabela asintió.
—Vamos.
Salieron. El aire de la noche ya estaba fresco, oliendo a sal y asfalto caliente. Caminaron por la acera arbolada, conversando sobre planes para el fin de semana.
El celular de Isabela sonó.
Era Carlos.
Ella atendió.
—Buenas noches, señora Marcos.
—Buenas noches, Carlos. ¿Aconteció algo?
—Nada grave —respondió él, voz educada—. Pero el señor Thiago pidió que le recordara la cláusula 64 del contrato. La señora debe retornar a la residencia antes de las 21h. Para no interferir en el horario de reposo de él. Ya son las 20h35.
Isabela miró el reloj en su pulso. Sorprendida.
—¿Ya? Dios mío… perdí la hora.
—El coche está en camino —dijo Carlos—. El chofer debe llegar en cinco minutos. Él la llevará directo a casa.
Isabela respiró hondo.
—Entendido. Gracias, Carlos.
Ella colgó. Se volteó hacia Gabriela.
—Perdón, amiga. Necesito irme. El horario… es regla de la casa.
Gabriela alzó una ceja.
—¿Regla de la casa? Tipo… toque de queda?
Isabela rió.
—Algo así. Pero es por causa de él. La salud. Yo entiendo.
Gabriela la abrazó fuerte.
—Todo bien. Mañana continuamos. Mándame un mensaje cuando llegues.
—Claro.
El coche negro se detuvo en la acera. El chofer abrió la puerta trasera.
Isabela entró. Saludó a Gabriela por la ventana.
El coche partió.
Ella apoyó la cabeza en el vidrio. Miró la ciudad pasar —luces, edificios, el mar a lo lejos.
Por primera vez, no sintió el retorno como prisión.
Lo sintió como… hogar.
digo si de una 🤣🤣🤣🤣
y le pido a Dios que el muchacho sea un mangazo jajajaaj así aprovecho y Melo como también 🤭🤣🤣🤣
Entonces la mamá de Isabella la alejo por su enfermedad o la encontró y no es su madre verdadera y quiso sacar provecho de ella... Hay que misterio, casi resuelto 🤔☺️