Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 13. tercer cambio parte 4.
Damián revisaba los informes de su trabajo cuando dio con unos archivos olvidados: pertenecían a una banda de asesinos de élite que durante años había acabado con la vida de numerosos oficiales. Pero lo más extraño era que la mitad de sus miembros habían muerto recientemente, todos a manos de una sola persona.
—Seguro fue una disputa entre bandas rivales —murmuró, pasándose una mano por el entrecejo con los ojos cerrados, tratando de calmar los sentimientos que lo carcomía. Sin embargo, la imagen de Isabella llorando volvía a su mente una y otra vez. "No quiero verte… y al mismo tiempo no puedo dejar de pensar en ti."
Un golpe suave en la puerta lo sacó bruscamente de sus pensamientos. Era uno de sus subordinados, el mismo que había estado presente en el banquete hacía tres días.
—Mi comandante… hemos encontrado algo más —dijo el joven, dejando los nuevos documentos sobre el escritorio—. Debería revisarlo usted mismo.
Damián hojeó los papeles sin prestarles apenas atención, aún con la cabeza en otra parte.
—¿Otra banda de asesinos aniquilada? —dijo con tono indiferente.
—No es eso, señor —aclaró el subordinado con voz seria—. Estos hombres estuvieron presentes en el cumpleaños de la señora Sarah. Y lo más importante: mantuvieron contacto directo con Roderick, esposo de la Marquesa Ladia… el mismo que es el principal sospechoso del ataque contra el señor Kael.
Damián se quedó helado, los dedos apretando el papel hasta arrugarlo. Todo encajaba demasiado bien para ser casualidad: la sustancia en la copa de Luca, la trampa tendida a Kael, esos asesinos que habían muerto de un solo golpe… y Roderick en el centro de todo. La rabia se mezcló con una culpa que le pesó en el pecho como una losa. "¿Y si me equivoque? ¿Y si todo este tiempo Isabella de verdad cambió y intentaba protegernos?"
Mientras tanto, en distintas partes de la mansión, esa duda empezaba a germinar también:
- Luca pasaba una y otra vez la mano por su garganta, donde no quedaba ni una marca. Sabía que esa curación no era obra de la suerte ni de la medicina común. Y recordaba la voz de Isabella, firme y temblorosa a la vez, ordenándoles para salvarle la vida.
—Tengo que investigar— murmuró para sí mismo— Isabella no tendría motivos para envenenarme.
- Mateo miraba sus cuadros inacabados y pensaba en ella. En cómo había cambiado su mirada, en la ternura con la que lo había tratado… y se preguntaba si realmente merecía que la rechazara así.
—Siempre hanele su cariño— susurró con pesadez —Y ahora que esta dispuesta a dármelo yo la estoy alejando.
- Kael, por su parte, intentaba convencerse de que su rencor seguía intacto, pero no podía. Una inquietud lo empujó hacia la habitación de ella: sabía que estaba agotada, que dormía, y una parte de él solo quería verla, aunque fuera desde lejos.
—Solo quiero ver como está— se decía en voz baja, antes de entrar —Antes parecía estar débil.
Dentro de la habitación, Isabella dormía profundamente, pálida y con rastros de lágrimas aún en las mejillas. El pequeño leopardo la observó unos instantes más y, al asegurarse de que nadie se acercaba, su figura comenzó a cambiar lentamente: la oscuridad lo envolvió, su pelaje se transformó en piel y su forma creció hasta convertirse en un hombre alto y de rasgos afilados, de mirada intensa y llena de un amor silencioso.
Se acercó despacio, casi sin tocar el suelo. Con una ternura infinita, pasó los dedos por su mejilla, apartando un mechón de cabello que le cubría el rostro. No pudo contenerse: se inclinó y depositó un beso muy suave en su frente, y luego otro en la comisura de sus labios.
En ese momento, la puerta se abrió con sigilo. Kael entró sin hacer ruido, pero al ver la escena se detuvo en seco, con los ojos desencajados por la ira y los celos.
—¡¿Qué haces tú con ella?! —soltó en un susurro furioso, lanzándose hacia él.
El hombre reaccionó al instante: lo apartó con un movimiento rápido, pero ninguno de los dos quería hacer ruido ni despertarla. Se empujaron, forcejearon en silencio, con los ojos fijos el uno en el otro, llenos de desafío. Kael intentaba golpearlo, pero el otro se defendía sin atacar de verdad, solo buscando evitar que la alarma sonara.
El roce de sus cuerpos y el movimiento sacudieron la cama lo suficiente. Isabella abrió los ojos confundida. En ese mismo instante, el hombre se apartó de un salto, volvió a transformarse en el pequeño leopardo en un parpadeo y se escondió en el rincón más oscuro, como si nunca hubiera sido otra cosa.
—¿Kael…? —murmuró ella, todavía adormilada, con el corazón latiéndole rápido—. ¿Estás aquí? ¿Me… me has besado?
Kael se quedó paralizado, con el puño aún levantado y el aliento entrecortado. La vio mirarlo con esa esperanza tan frágil, y no pudo decir nada. La rabia, la confusión y un dolor inmenso le cerraron la garganta. Solo dio media vuelta y salió de la habitación sin responder, dejándola con la duda y con el corazón latiendo por una mentira que ella misma había creído sin querer.
—¡Fue Kael! Él fue quien me cuidó y curó mis heridas —exclamó con una sonrisa llena de esperanza, con los ojos brillando de alegría.
El leopardo salió despacio de su rincón, mirando la puerta cerrada con una tristeza inmensa. Sabía que tendría que esperar mucho más tiempo para poder estar a su lado sin ocultarse.
—Aún no todo está perdido —dijo Isabella abrazándolo con fuerza, con una chispa nueva en la mirada—. Kael sí me quiere… solo le da vergüenza demostrarlo.
"No fue él… fui yo," pensó el leopardo en silencio, sin atreverse a romper su ilusión. "Ellos ni siquiera se acercaron a verte en estos tres días. Pero pronto cambiará todo. Cuando me deshaga de quienes me persiguen, te diré la verdad. Y haré que esos cuatro ingratos se arrodillen ante ti y te pidan perdón con el corazón en la mano."
Fuera, en el pasillo, Kael apretaba los puños con tanta fuerza que sus garras dañaron su mano.
—Me muero de ganas de entrar y arrastrarlo fuera de ahí —masculló con rabia contenida—. No me importa si me ayudó o no… ¿Cómo se atreve a besarla?
De pronto, una advertencia de su padre vino a su mente y le heló la sangre: Si la hembra se siente sola y rechazada, buscará consuelo en otro macho. Recuerda Kael, no nos hagas perder la cara. ¡Como tu hermano!
—No… no permitiré que eso pase —susurró aterrado—. Ya somos cuatro y casi no hemos podido estar cerca de ella. Si llega otro que la trate con dulzura y la proteja… ¿qué lugar me quedará a mí? ¿Qué lugar nos quedará a nosotros?