Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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LA GUARIDA DEL ESPÍRITU
Capítulo 16
Charlotte:
Aprovechando el estruendo y la columna de humo que distrajo a las criaturas del bosque, Zaeryn se deslizó como una sombra hacia el interior de la cueva. Sabía que disponía de poco tiempo antes de que la misteriosa figura regresara.
Al cruzar la entrada, sus ojos de ave nocturna se adaptaron al instante a la penumbra.
Lo que encontró no era la guarida de una bestia, sino un santuario de orden absoluto. Sobre la mesa de piedra descansaban frascos de vidrio pulido, instrumentos de metal fino que jamás había visto en el reino, un pequeño marco con un retrato de dos mujeres sonrientes y hojas de un papel extrañamente liso cubiertas por una caligrafía diminuta.
Zaeryn pasó la yema de los dedos sobre el microscopio y los mapas. La comprensión lo golpeó con fuerza: la "criatura" no solo poseía una inteligencia superior, sino que pertenecía a un mundo completamente ajeno a este continente.
Unos pasos apresurados y un quejido ahogado fuera de la cueva lo pusieron en alerta.
Sin tiempo para salir, Zaeryn desplegó un salto silencioso y se agazapó en una cornisa rocosa en el techo de la cueva, oculto entre las sombras y las estalagmitas.
Charlotte entró trastabillando. Soltó la mochila con torpeza y se quitó el pesado cráneo cornudo con un suspiro de puro agotamiento. Al liberarse de la máscara, su rostro quedó expuesto a la tenue luz de la tarde. Zaeryn contuvo la respiración desde la cornisa: no había garras, ni hocico, ni escamas. Era una mujer humana, de facciones firmes y hermosas pero exhaustas.
Se quitó el traje de fibras vegetales y la ropa de campo manchada de hollín, quedándose en una prenda ligera de tela suave para dormir.
Sus hombros y su brazo izquierdo estaban cubiertos de cortes sangrantes y quemaduras provocadas por las esquirlas de la explosión.
Acarreó un pequeño cubo de agua de río que había juntado por la mañana y mojó un trapo limpio.
Al presionar la tela húmeda sobre las heridas, ahogó un grito de dolor.
—Estúpida... eso fue demasiado arriesgado, Charlotte —se regañó a sí misma en voz alta, rompiendo el silencio del refugio—. Si la concentración de sulfuro hubiese sido mayor, no estarías aquí para contarlo...
Zaeryn la observaba sin pestañear desde las alturas.
Escuchar su voz —suave, vibrante, cargada de una profunda humanidad— hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
Charlotte continuó limpiándose la sangre en silencio durante unos minutos.
Su estómago lanzó un rugido sordo que resonó en las paredes de piedra. Observó la bolsa de provisiones vacía al lado de la mesa y suspiró con frustración.
—Y para colmo, ni siquiera pude juntar los tubérculos... —murmuró, pasándose la mano libre por la cara—. Otra noche sin cenar.
Genial, Charlotte, si no te matan las explosiones o los depredadores, te vas a matar de hambre tú sola, necesito encontrar una fuente de comida real y constante si pretendo sobrevivir a este lugar...
La soledad de sesenta días en un mundo desconocido terminó por quebrarla un poco.
Miró la fotografía sobre la mesa.
—Ari... si estuvieras aquí, seguro te reirías de mi torpeza antes de ayudarme a cocinar algo —agregó con la voz quebrada por la fatiga—. Un día a la vez, Charlotte. Un día a la vez.
Apretó los dientes, se aplicó un bálsamo de hierbas sobre la piel lastimada y se acostó en su improvisado camastro de pieles, con el estómago vacío y el cuerpo doliéndole a cada respiración. En cuestión de minutos, el agotamiento físico venció a la científica, dejándola sumergida en un sueño profundo.
Solo cuando su respiración se volvió pausada, Zaeryn descendió de la cornisa sin emitir el menor murmullo.
Se acercó lentamente al camastro.
Por primera vez la tenía a solo unos centímetros.
La miró en silencio: su rostro exhausto, la valentía desesperada con la que sobrevivía, el hambre que pasaba y la fragilidad de su piel expuesta.
Ella no era una amenaza; era una hembra sola luchando contra un mundo entero con la sola fuerza de su mente.
Un sentimiento de profunda admiración y compasión oprimió el pecho del príncipe Fénix.
Con infinita delicadeza, Zaeryn se inclinó sobre ella.
Concentró la energía tibia de su linaje en su mirada hasta que dos lágrimas doradas brotaron de sus ojos. Las gotas cayeron suavemente sobre los cortes sangrantes de Charlotte.
Al contacto con la magia de Fénix, la piel de la mujer emitió un tenue destello cálido. El tejido desgarrado se regeneró al instante, cerrando las heridas y dejando la piel suave y sana.
Charlotte dejó escapar un largo suspiro en sueños, relajando el rostro al sentir el alivio instantáneo del dolor.
Zaeryn le acomodó la manta sobre los hombros y miró su estómago.
Las palabras de ella sobre la falta de comida resonaban en su mente.
Sonrió con una mezcla de ternura y determinación en la penumbra.
Miró por última vez la cueva antes de deslizarse hacia la noche.
El misterio de la criatura no solo se había resuelto; ahora el príncipe Fénix tenía una nueva misión para antes de que saliera el sol.
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El calor del sol naciente apenas comenzaba a filtrarse entre las hendiduras del techo de piedra cuando Charlotte abrió los ojos.
Permaneció inmóvil sobre el camastro durante varios segundos, con la respiración contenida y el cuerpo tenso, esperando la punzada sorda y el ardor intenso que las esquirlas de roca caliente le habían dejado la tarde anterior en el hombro y el brazo izquierdo. Mentalmente se preparó para la molesta rutina de limpiar heridas abiertas, cambiar vendajes improvisados y lidiar con el riesgo de una infección en medio de la selva.
Sin embargo, el dolor no llegó.
Frunció el ceño. Con extrema cautela, deslizó la mano derecha por debajo de la tela ligera de su prenda de dormir hasta tocar la piel de su hombro. Esperaba encontrar una superficie inflamada, sensible al tacto y cubierta de costras. Lo que hallaron sus yemas fue una textura suave, tersa y firme.
Charlotte se incorporó de golpe en la litera, apartando las pieles de un tirón. Se examinó el brazo bajo la luz matutina: no había quemaduras, no había laceraciones, ni siquiera quedaba una ligera huella rosada o una cicatriz que indicara que el tejido se había desgarrado horas atrás. La epidermis lucía intacta, como si jamás hubiera estado a menos de diez metros de una detonación química.
—Esto... esto no tiene ningún sentido biológico —murmuró para sí misma, con la voz ahogada por la perplejidad.
Su mente analítica comenzó a procesar hipótesis a una velocidad frenética. ¿Acaso la explosión había sido un síntoma de agotamiento extremo? ¿Una alucinación provocada por la inhalación de esporas de algún hongo desconocido en los riscos? Se levantó a toda prisa y caminó hacia la esquina donde había dejado su atuendo de trabajo la noche anterior.
Allí estaba la prueba innegable. El traje de fibras vegetales pesadas mostraba varios jirones chamuscados y los bordes rígidos quemados por el impacto; la tela de su camisa de campo tenía aberturas limpias donde las esquirlas habían penetrado, manchada con manchas secas de su propia sangre.
El evento había ocurrido. Las heridas habían existido.
Se llevó una mano a la cabeza, apretándose la sien. Una regeneración celular completa en menos de ocho horas, sin dejar rastro de tejido fibroso cicatricial, desafiaba todas las leyes de la anatomía y la medicina humana. La tasa de mitosis necesaria para lograr semejante proeza requeriría una cantidad de energía metabólica que la habría dejado en un estado de inanición profunda. Evaluó los bálsamos de hierbas que había preparado sobre la mesa, pero sabía perfectamente que ninguna planta medicinal conocida —incluso en este planeta de anomalías— poseía semejante propiedad milagrosa.
—Piensa, Charlotte, piensa... —se dijo en voz baja, dando vueltas por la cueva—. Si la física y la biología no lo explican, falta una variable en la ecuación. Una variable externa.
El estómago le lanzó un rugido sordo y prolongado, recordándole con violencia que llevaba casi veinticuatro horas sin probar alimento sólido. La falta de cenar y el desgaste físico del día anterior estaban pasándole factura. Decidió postergar el enigma médico; primero necesitaba energía si pretendía seguir pensando.
Salió a la entrada de la cueva con la intención de encaminarse hacia una zona cercana donde semanas atrás había ubicado una pequeña colonia de arbustos con bayas comestibles. No obstante, al cruzar el umbral, sus pies se detuvieron en seco.
Sobre una amplia piedra plana, cuidadosamente dispuestas encima de dos hojas anchas y limpias, descansaba un manojo de frutas silvestres carnosas, de color violáceo y tono dorado, desprendiendo un aroma dulce y fresco.
Charlotte se inclinó despacio, sin quitarles los ojos de encima. Las analizó con la mirada como si se tratara de especímenes peligrosos. Eran frutos grandes, firmes, recolectados en su punto exacto de maduración y sin una sola marca de caídas o mordeduras de insectos.
—Yo no dejé esto aquí... —musitó.
Un suave chasquido entre la vegetación baja llamó su atención. La pequeña criatura de orejas emplumadas emergió de entre unas raíces retorcidas. Dio un par de saltos cautelosos sobre la tierra húmeda, deteniéndose a un metro de la piedra, mirando alternativamente la fruta y a la humana.
Charlotte miró el volumen de la recolección, luego el tamaño de la pequeña criatura, cuya altura apenas alcanzaba la de sus botas.
—Definitivamente tú no fuiste —dijo Charlotte con una mueca de asombro—. Ni siquiera podrías haber cargado uno de esos frutos sin rodar cerro abajo.
El animalito ladeó la cabeza, agitando las orejas con curiosidad. Charlotte, cediendo a la tentación del hambre, tomó una de las frutas violáceas, la examinó, la olió y mordió un trozo pequeño. La pulpa era jugosa, extraordinariamente rica en azúcares y agua. Dejó escapar un suspiro involuntario de satisfacción.
Tomó otra fruta más pequeña, la cortó a la mitad con los dedos y la colocó en la palma de su mano extendida, bajándola suavemente hasta el nivel del suelo.
—Ven... no te voy a hacer nada.
Durante los últimos dos meses, el acercamiento con la criatura había sido un proceso lento de paciencia y respeto. El animal olfateó el aire, dio dos pasos vacilantes, estiró el cuello y finalmente colocó sus pequeñas patas delanteras sobre los dedos de Charlotte. Con movimientos rápidos de sus incisivos, comenzó a devorar la pulpa, haciendo crujir la cáscara.
Charlotte permaneció inmóvil, apenas conteniendo la respiración para no asustarla. Con la otra mano, movió lentamente un dedo y rozó la suave capa de pelaje que cubría la cabeza del animal, acariciándola con delicadeza entre las orejas emplumadas. La criatura no huyó; al contrario, cerró ligeramente los ojos, disfrutando del calor del contacto mientras terminaba el alimento.
Para Charlotte, ese sencillo toque físico representaba una tregua invaluable. Tras sesenta días de aislamiento absoluto en un continente salvaje, acariciar a aquella criatura le devolvió un soplo de calidez y humanidad que creía perdido.
—Hola pequeña Mota... —sonrió suavemente, sintiendo que al fin sellaban una pequeña alianza silenciosa—. Y parece que a las dos nos viene bien un poco de compañía.
Mientras la criatura terminaba de limpiar los restos de fruta de su mano y se alejaba tranquilamente hacia los arbustos, Charlotte volvió a enfocar la mirada en el manojo que quedaba sobre la roca. La calidez del momento dio paso a una fría deducción.
¿De dónde habían salido esas frutas?
Levantó la vista hacia el denso follaje de los árboles gigantescos que rodeaban la entrada del refugio. El bosque permanecía sereno, envuelto en el murmullo habitual de los pájaros y el viento entre las hojas. Charlotte entrecerró los ojos.
Alguien había dejado ese alimento allí. Alguien con manos para cortar los frutos sin dañarlos, con la empatía o el propósito de alimentarla, y con la habilidad suficiente para acercarse a su refugio sin ser visto.
No dijo nada más. Recogió la fruta restante y regresó al interior de la cueva, pero una idea comenzó a echar raíces en su mente: la sombra que creía proyectar sola en las Rocas Negras no estaba tan desierta como pensaba.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭