Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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17
La sala se había quedado casi completamente a oscuras, con la última luz de la tarde ya extinguida detrás de las cortinas y ninguno de los dos con la voluntad de levantarse a encender una lámpara. Paulo sentía el peso de todo el día encima, un cansancio que le llegaba hasta los huesos, denso y pegajoso, como si cada hora transcurrida desde esa mañana se le hubiera acumulado físicamente sobre los hombros.
Henry seguía sin soltarle las manos, con la respiración todavía agitada de la conversación anterior. En algún momento se había acercado más, lo suficiente como para que Paulo sintiera su calor corporal incluso a través de la distancia mínima que quedaba entre los dos, y esa cercanía, que en cualquier otra noche hubiera sido un consuelo automático, ahora se sentía como una presión que no sabía bien cómo nombrar.
—No te vayas —repitió Henry, con la voz cada vez más quebrada—. Por favor, Paulo. No puedo perderte. No puedo perder esto.
—Necesito espacio, Henry. Necesito pensar sin que estés tan cerca.
—No puedo dejarte ir así. No esta noche.
Paulo intentó ponerse de pie, buscando distancia física que le permitiera pensar con algo más de claridad, pero las manos de Henry se cerraron alrededor de las suyas con más fuerza, sin dejarlo levantarse del todo. Algo en el tono de su voz cambió entonces, de una forma que Paulo tardó un segundo en registrar, la desesperación pura empezó a mezclarse con algo más denso, más físico, un cambio casi imperceptible en el aire mismo del cuarto.
El olor familiar de Henry, ese aroma que Paulo conocía de memoria después de tantos años compartiendo la misma cama, se intensificó de golpe, más pesado, más envolvente, cargado de una autoridad de alfa que Henry rara vez dejaba salir así, sin ningún control consciente sobre ella.
—Henry, ¿qué estás—?
—Shh. —Se acercó todavía más, con una mano subiendo hasta el cuello de Paulo, justo sobre la marca vieja que llevaba ahí desde hacía años—. Solo necesito que me escuches. Solo eso.
Paulo sintió el efecto antes de entender del todo qué estaba pasando, un calor extraño subiéndole por el cuerpo, una pesadez en los miembros que no tenía nada que ver con el cansancio emocional acumulado, una nube empezando a instalársele en la cabeza que le dificultaba mantener claro el hilo de sus propios pensamientos. La luz que quedaba en la sala parecía difuminarse un poco más con cada segundo, o quizás era su propia percepción la que empezaba a nublarse, ya no podía distinguir bien la diferencia.
—Henry, para. —La voz le salió más débil de lo que hubiera querido, luchando contra la nube que se le espesaba por dentro—. No hagas esto.
—No voy a hacerte daño. Nunca te haría daño.
—Esto ya es hacerme daño.
Pero las palabras le costaban cada vez más, con el cuerpo empezando a traicionarlo de una forma que le provocaba un asco visceral incluso mientras lo sentía suceder, el instinto viejo y profundo de su propia naturaleza omega respondiendo a la presencia dominante de su alfa marcado, algo tan arraigado en lo más biológico de sí mismo que ninguna cantidad de rabia consciente lograba apagarlo del todo. Intentó apartarse, empujando contra el pecho de Henry con las pocas fuerzas que le quedaban, pero el movimiento se sintió lento, torpe, como moverse dentro de agua espesa, cada gesto llegando medio segundo tarde respecto a lo que su mente le ordenaba hacer.
—Confía en mí —murmuró Henry, con los labios rozándole la sien, la voz cargada de esa autoridad que Paulo sentía instalársele en el pecho como una orden que su propio cuerpo no lograba desobedecer del todo—. Solo confía en mí, como siempre.
—No es justo. —Paulo sintió las lágrimas juntársele en los ojos, mezcla de rabia y de un miedo profundo hacia lo que sentía sucediendo dentro de su propio cuerpo—. No puedes hacer esto solo porque tienes miedo de perderme.
Henry no contestó a eso, o si lo hizo, Paulo ya no logró procesar las palabras con claridad, con la nube instalada por completo, envolviéndolo en una sumisión que no había elegido, que cada fibra consciente de su ser rechazaba incluso mientras el resto de su cuerpo cedía sin poder evitarlo.
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Lo que siguió, Paulo lo recordaría después solo en fragmentos borrosos, protegido de algún modo por su propia mente de la claridad completa del recuerdo, el peso de Henry contra él, la voz repitiéndole palabras que no eran preguntas sino órdenes disfrazadas de ternura, la marca en su cuello ardiendo bajo el contacto de una forma que no era dolor físico sino algo mucho más profundo, algo que le tocaba directamente ese instinto ancestral que ninguna voluntad consciente lograba controlar del todo.
—Dime que eres mío —susurró Henry, en algún momento que Paulo ya no lograba ubicar con precisión en el tiempo—. Dime que me perteneces.
Y Paulo, atrapado en esa nube espesa que ahogaba cualquier resistencia consciente, sintió las palabras salírsele de la boca sin haberlas decidido, arrancadas de algún lugar biológico que no respondía a la razón sino a la marca, al vínculo, a años enteros de una conexión que Henry estaba usando ahora como arma.
—Te pertenezco.
Escuchó a Henry suspirar contra su piel, con algo parecido al alivio, y esa fue la última cosa clara que Paulo logró registrar antes de que todo se difuminara en una nebulosa espesa de la que ya no saldría del todo hasta bien entrada la madrugada.
...***************...
Despertó con la luz gris del amanecer filtrándose apenas por la ventana, y lo primero que registró, antes incluso de abrir los ojos del todo, fue el peso de un brazo cruzado sobre su cintura, la respiración pareja de Henry contra su nuca, el calor de un cuerpo que conocía de memoria pegado al suyo como cualquier otra madrugada de los últimos años.
Se quedó completamente inmóvil, con el corazón golpeándole fuerte contra las costillas, mientras las piezas de la noche anterior se acomodaban despacio en su cabeza, cada recuerdo llegando con una claridad que le revolvía el estómago más que el anterior. Sintió el asco treparle por la garganta antes de terminar de reconstruir del todo lo que había pasado, y se movió con un cuidado extremo, milímetro a milímetro, para deslizarse fuera del brazo de Henry sin despertarlo, aterrado de una forma que no sabía nombrar bien de que él abriera los ojos y actuara como si nada hubiera cambiado entre ellos.
Llegó al baño con las piernas temblándole, cerró la puerta sin hacer ruido, y apenas alcanzó a arrodillarse frente al inodoro antes de vomitar, con el cuerpo entero sacudiéndose en arcadas que no parecían tener fin. Se quedó ahí un rato largo, con las manos apoyadas contra el piso frío, llorando de una forma silenciosa y agotada, mientras del otro lado de la puerta escuchaba, apenas perceptible, el sonido de Henry moviéndose en la cama, todavía dormido, todavía ajeno, con una tranquilidad que a Paulo le pareció, en ese momento, la crueldad más grande de toda esta historia.
No volvió a la habitación. Se quedó sentado en el piso del baño hasta que el sol terminó de salir del todo, con una mano apoyada, casi sin pensarlo, sobre su propio vientre, pensando en el bebé que llevaba adentro, en Lucas dormido en casa de Karla sin ninguna idea de lo que había pasado esa noche, y en la certeza fría y devastadora de que, a partir de ahora, ni siquiera su propia cama iba a volver a sentirse completamente segura otra vez.
Y sin embargo, cuando finalmente salió del baño, con la cara lavada y los ojos todavía hinchados, y encontró a Henry despierto, preparando el desayuno en la cocina como si esa mañana pudiera ser cualquier otra mañana, Paulo no dijo nada de lo que sentía por dentro. Se sentó a la mesa. Aceptó el café que Henry le sirvió con manos que todavía no confiaba del todo. Y se quedó, esa mañana y muchas otras que vendrían después, sin ninguna certeza clara de estar quedándose por amor, por costumbre, o simplemente porque no encontraba, todavía, la fuerza necesaria para irse.